En el primer recorrido que hace la cámara después de la escena inicial entre Angélica (Cecilia Rainero) y su ex pareja, lo que vemos no es el prolijo empapelado que funciona como fondo de los títulos iniciales (y que luego reconoceremos como parte del dormitorio de la madre de Angélica), sino una pared en la que subsiste colgado un solo cuadro. El resto de esa pared exhibe las marcas que dejó un tiempo pasado, de otros cuadros o platos que han estado colgados. Lo que queda de ellos es una sombra que el tiempo proyectó en la pared y de la que ésta no puede deshacerse. Sombras que no pueden recomponer lo que estuvo, porque están desprovistas de un recuerdo que las reponga en ese lugar, al menos desde las palabras.

Lo que estuvo y no está aparece entonces como un eje central de Angélica. Como si toda la casa fuera otra cosa más que su propia constitución, lo que exhibe son los rastros de una ausencia que ya no tiene solución. La muerte de la madre de Angélica queda sugerida en ese primer tramo, no solamente en la habitación vacía y en la rotura del cielorraso: aparece en toda su contundencia en el llamado registrado en el contestador automático del teléfono y, por sobre todo, en esa peluca que sobrevive sobre el placard casi como único vestigio de su presencia en esa casa. La peluca y los vestidos que aún quedan en ese armario son como ese único cuadro que sobrevive en la pared: la única presencia en medio de las sombras que van invadiéndolo todo desde el olvido.

Si la casa empieza a funcionar para Angélica como única memoria posible de la madre (en un vínculo que acertadamente la película no termina de delinear más allá de algunas referencias como la que señala Angélica en la escena del juego de las cartas), es entonces que debe aferrarse a ella antes que desaparezca en su totalidad. El otro elemento que la película no revela sino hacia el final es que es la decisión que se ha tomado sobre el destino de la casa lo que lleva al personaje a aferrarse aún más. La llegada de los trabajadores de la constructora va mostrando un avance cada vez más contundente en relación con la casa: de allí que no sea casual que para representarlo el plano elija esa misma pared del comienzo, que es golpeada desde el lado opuesto. Las rajaduras iniciales van cediendo paso a la desaparición progresiva incluso de esas sombras que quedaban en la pared. Lo que vienen a hacer, en definitiva, es a borrar la memoria de la existencia.

Angélica se aferra al espacio, pero especialmente a ese altillo cuyo piso exhibe las marcas del deterioro que desde abajo se observa en la destrucción del cielorraso. En ese lugar sobreviven unos pocos objetos del pasado: un rifle, unos cuantos juegos de mesa, una luz de emergencia, un proyector y unas pocas diapositivas del pasado. Angélica desaparece del mundo exterior para refugiarse en ese espacio mínimo mientras existe la luz del día. La noche restituye el resto del espacio como propio aunque en un proceso de degradación continuo. La que sale a ese territorio, la que incursiona en otros espacios (la fiesta de disfraces, el juego de cartas) es otra: es una sombra de la Angélica que tal vez haya sido hace unos años, y también una sombra de su propia madre en tanto usa su peluca, sus vestidos, sus joyas y sus pinturas. Es como si ese momento en el que recupera los elementos de su madre le dieran una vida, una vitalidad de la que ella por sí misma carece.

No es entonces gratuito el uso recurrente de la sombra. En uno de esos primeros cambios a los que se somete Angélica la vemos transformarse frente al espejo, pero también vemos luego su contorno proyectado como una sombra en la pared. Proyección que se asemeja tanto a aquellos platos descolgados, como a la repetida ceremonia de pasar las diapositivas contra las paredes de la casa primero y del altillo después. Como si en esos retazos de luz estuviera cifrada la única posibilidad de subsistir en ese mundo que se resquebraja y tiene un destino de desaparición final. No es ocioso observar que la cena con Alfonso (Antonio Grimau) en la casa en ruinas es también una sombra que se reproduce: la luz que proyecta la lámpara de emergencia en el baile entre ambos parece llevar esa idea a su formulación más compleja. Porque es también el lugar que ocupa Alfonso el de una sombra que nunca sabrá el espectador si es real o apenas una imaginación de Angélica. Actor retirado de quien Angélica ve en la televisión algunas de sus películas de juventud, parece el objeto de una obsesión que tiende a desaparecer como si se tratara de un fantasma. Así parece afirmarlo tanto la elipsis que pasa de la situación posterior a la cena al momento en que ella despierta sola en el suelo a la mañana siguiente, como el momento en el que él le ofrece llevarla a su casa y ella le apunta con el rifle y en el corte de escena, cuando el plano se vuelve más lejano y amplio, él ya no está en el lugar.

Las sombras y los fantasmas, a diferencia de lo que buscaría el cine de terror tradicional, no están en la casa, sino en Angélica, para quien la casa de la madre -“Ella odiaba esta casa” dirá su hermana Amalia(Andrea Garrote)- es el único lugar donde esas sombras pueden persistir. Determinada en esa forma de resistencia que la lleva incluso a refugios cada vez más reducidos -como ocurre tanto cuando Aldo (Diego Cremonesi), el capataz de la obra como su hermana Amalia suben al altillo-, va asumiéndose a sí misma como una sombra. Ya no solo de esa madre de la que no pudo despegarse jamás, sino de sí misma, cada vez más degradada y reducida a expresiones mínimas. De allí que no intente escapar y que vuelva una y otra vez al mismo espacio, a esa especie de útero materno que es la casa y que es su única protección ante el mundo exterior. La escena final no es la de su muerte, sino la de la desaparición definitiva de esa madre que nunca vemos, pero que no es más que una casa con destino de derrumbe.

Calificación: 6/10

Angélica (Argentina, 2019). Dirección: Delfina Castagnino. Guion: Delfina Castagnino, Agustina Liendo, Martín Feldman, Martín Mauregui. Fotografía: Iván Gierasinchuk. Montaje: Delfina Castagnino, Andrés P. Estrada. Elenco: Cecilia Rainero, Antonio Grimau, Diego Cremonesi, Andrea Garrote. Duración: 103 minutos. Disponible en Cine Ar Play.


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