
1.Engaño. Los planos casi turísticos –pornográficos en su expresión desembozada como publicidad- de la ciudad de Buenos Aires, que recuerdan otros similares en su intención en Mi obra maestra y que abonan el comienzo de La casa, son seguidos por la naturalidad de un desayuno en la cocina de esa casa a la que alude el título, y que se opone claramente a esas avenidas rodeadas de grandes edificios. El hombre que despierta, que desayuna, que deja dinero a su empleada doméstica para el paseador de perros, vive en un espacio luminoso, rodeado de verde. Tiene un trabajo en la administración contable de una empresa –Vestoizen, de la que no sabemos a qué se dedica-, a la que se sumó hace cinco años, dejando atrás los veinte anteriores en una petroquímica por un sueldo considerablemente menor. Los rumores y un llamado telefónico en esa mañana son el inicio de la inestabilidad. La venta de Vestoizen a una empresa de capitales chinos implica que los empleados a cargo de ese hombre, Hugo Vaca (Diego Peretti), serán despedidos. Incluso él mismo corre el riesgo de perder su trabajo. El engaño proviene del dueño de la empresa: una ética y un compromiso que Hugo reclama y que en su negación, devengarán furia liberada, violencia ejecutada sobre el cuerpo del otro.
2.Engaño (parte dos). La película, en ese inicio, parece delinearse como un drama recurrente de las formas que asume el capitalismo en el Tercer Mundo. Una empresa que prescinde de una parte –aunque sea mínima- de sus trabajadores, desentendiéndose de las consecuencias, y el protagonista que se ve en dificultades para encontrar un nuevo trabajo en un mundo que ha cambiado rápidamente. Ha pasado de los 50 años, no tiene un título profesional, no habla idiomas. Ese devenir parece apuntar en un sentido similar al que aparecía en otra película protagonizada por Peretti –Showroom (Fernando Molnar, 2014)-, en la que el protagonista, precarizado, hacía del showroom de un proyecto inmobiliario, su espacio “hogareño”. Aquí hay otra perspectiva, y eso que apuntaba hacia el drama social se transforma en otra cosa, en la obstinación de Hugo por mantener esa casa, que está a punto de escapársele de las manos por los gastos que conlleva.
3. Tiempo (parte uno). Esa es la casa de los sueños de Hugo, la que siempre quiso tener. Tiene una historia arquitectónica y también recuerdos –los pisos eran los de la casa de sus padres. Hugo antepone esas características, las que a él le resultan relevantes, incluso ante su amigo cuando lo insta a venderla. La casa, que en lo explícito es un espacio, en verdad es tiempo. Tiempo pasado que acumula las etapas en las que los dos arquitectos, padre e hijo, la construyeron. Y tiempo acumulado en los pisos de la otra casa. Y también está allí el tiempo que le llevó a Hugo para ahorrar y poder comprarla y es tiempo futuro en la proyección de ese subte que pasará cerca para darle más valor a la propiedad. Y sobre todo, es el tiempo que hay que ganar para mantenerla, para no perderla.

4. Tiempo (parte dos). El contacto con el Negro Bernal (César Troncoso) habilita otras nociones del tiempo, que van a entrar en colisión con los de Hugo. Previamente, dos indicios aparecen de ese desfasaje. El tiempo que necesitaría para aprobar las materias que le faltan para recibirse; y esos meses en los que pasa sin encontrar trabajo –que se pone de manifiesto también en esa escena donde se advierten los distintos tiempos personales en la productora Cacodelphia- y se van consumiendo sus ahorros. La propuesta que le trae Bernal como intermediario de unos inversionistas es, en apariencia, la venta de la casa. En verdad se trata de vender y comprar el tiempo. El tiempo es dinero y en ese territorio, la casa termina valiendo menos de lo que correspondería –lo mismo que el tiempo de trabajo, como se lo advierte uno de sus amigos en el galpón de su empresa.
5. Tiempo (parte tres). Lo que ocurre es que ese dinero que no está, implica que para Hugo los tiempos se modifican. Se transforman en urgencia, se acortan los plazos. Esos tiempos, en verdad, oscilan. Son urgentes cuando va a entregar los sobres para Bernal en el almacén de Celia (Marta Lubos) –el relato posterior de Bernal sobre las batallas personales del personaje es notable porque involucra algo más que el tiempo. Se aceleran fuera de lo esperado en cada aparición de Bernal en su casa. Se revelan lentos ante Polastri (Mariano Argento) –anunciando su propuesta se maneja entre la ambivalencia de la inversión a un futuro que no puede calcularse y la rapidez con que ejecutará el pacto una vez que Hugo no esté. Y reafirma esa lentitud cuando se firma la escritura y cuenta parsimoniosamente todo el dinero que hay en los sobres. Hay una ajenidad en Hugo respecto de esos desfasajes de tiempos que va a explotar en el tramo final, después del accidente de Polastri. No hay tiempo, le advierte Bernal, y Hugo se ve arrastrado, tal vez por primera vez, a los tiempos que le impone el otro.

6.Ética. El otro tema de La casa son las decisiones éticas que debe tomar el personaje ante los hechos en los que se va involucrando. En su primera película, De martes a martes, Triviño ponía a su personaje central en una disyuntiva que resolvía en la prescindencia inicial seguida de un accionar posterior: elegía no evitar –y observar a la distancia- la violación contra una mujer para intentar actuar como redentor posterior. Aquí, Hugo está sometido al mismo tipo de elecciones, y desde el momento en que termina golpeando a su jefe, su ética termina claudicando. De los pequeños actos de desconfianza que logra ir corrigiendo, derivará a una claudicación final, cuando deba elegir entre ayudar a Bernal o arriesgarse a la posibilidad de ser atacado por los perros y eventualmente morir. Esa ética inicial queda clausurada en el momento en que se convierte en cómplice de Bernal para recuperar los papeles que le permitan seguir teniendo la casa en su poder. El camino hacia la quinta de Polastri es un camino sin retorno, aunque físicamente pueda regresar al hogar.
7.Coda temporal. El desenlace cifrado en esa coda del llamado telefónico reinstala la idea de un tiempo en el que Hugo Vaca se permitió el desfasaje. El llamado lo devuelve al punto de partida, lo recompone, pero señala que esa imposibilidad de seguir confiando en sus tiempos, lo lleva a traicionar y traicionarse, a quedarse con todo lo puesto en juego, a costa de su claudicación. El tiempo, en efecto, es dinero, medido en dólares, guardados en unos sobres adentro de una mochila.
La casa (Argentina, 2026). Dirección y guión: Gustavo Triviño. Fotografía: Gastón Constantino. Edición: Alberto Ponce. Elenco: Diego Peretti, César Troncoso, Fabián Arenillas, Mariano Argento, Mario Alarcón, Marta Lubos. Duración: 107 minutos.
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