Un vestido que se dona se transforma en otra cosa. Sigue siendo un vestido que cuelga de una percha esperando que alguna clienta se lo pruebe y lo compre. Pero es una segunda oportunidad: eso que alguien ha dejado de lado, todavía puede ser recuperado y a la vez generar un ingreso para una institución benéfica que lo necesita. La segunda oportunidad del vestido que lleva una persona, se resuelve en el final del documental, cuando la joven que lo compra, lo usa en una reunión. Lo que era viejo, lo que se guardaba en un espacio cerrado, ahora tiene un nuevo uso.

El vestido en cuestión no está en cualquier lugar. Es donado a la Casa del Teatro, que tiene una de sus fuentes de ingreso en su boutique, que vende –y en algunos casos exhibe- ropa de artistas famosos o de personas comunes. El atractivo extra siempre aparece ligado a algún nombre, y la cámara lo detecta y releva cuando muestra las etiquetas de algunos de ellos, con nombres reconocidos –Mirtha Legrand, Nacha Guevara, entre otros). Pero justamente ese vestido, que permanece allí por más tiempo que algunos otros, no pertenece a ninguno de esos nombres reconocidos. Es un vestido de una persona sin famas escénicas, pero que no deja de guardar en sí mismo la personalidad de su propia constitución y el hecho de haber sido elegido por alguien en algún momento pasado.

Un actor puede ser como un vestido. Están allí, esperando que alguien los elija. Que un productor los llame, los convoque para una obra de teatro, para una película, para la televisión. Esperan. A diferencia de un vestido –cuyo problema principal puede ser que el tiempo vaya deteriorando sus colores o las telas con que está confeccionado-, los actores dependen de esa convocatoria para sobrevivir. Con el paso de los años y la imposibilidad de generar proyectos propios en la mayoría de los casos, es la única alternativa que tienen.

El punto donde los dos elementos terminan encontrándose es en la Casa del Teatro. En la planta baja, la boutique exhibe los vestidos que están en venta. En las plantas altas del edificio de la calle Santa Fe, ocultos de la mirada, viven los actores, los artistas que con el paso del tiempo se han quedado sin posibilidad de tener una casa y hasta de obtener ingresos por su trabajo. Las vidas de un vestido a pesar del título, decide exponer eso que no se ve y que circula entre pasillos y habitaciones del edificio.

Pero lo particular de esta exposición no es que se recorre el espacio buscando a sus habitantes para registrarlos como si se tratara de objetos que ocupan un lugar. Hay un proyecto, nacido como una derivación del Teatro Bombón –una iniciativa que tuvo su pico de popularidad hace unos años y que consiste en la realización de obras de duración breve que se suceden en diferentes espacios de un teatro-, y que se propone como una oportunidad para los actores que viven allí. “La gente quiere conocerlos” le dice una de las asistentes en medio de los ensayos, y el documental procede a duplicar esa búsqueda.

Un par de breves obras en las que se mezclan lo musical con breves momentos de actuación, incluyen a un puñado de esos actores y cantantes. El documental avanza entonces por dos caminos que se van trazando en forma paralela: por un lado, registra el avance de los ensayos y del trabajo sobre la forma y el texto que se va a llevar adelante; por el otro, encuentra a los actores individualmente y más que entrevistarlos, los deja que hablen a partir de la significación del proyecto actual en relación con sus vidas pasadas.

Una serie de elementos entonces aparecen para dar forma a la experiencia. En los ensayos, lo que surge es una continua tensión que no se produce entre los directores –Gastón Maroni y las hermanas Marull- y los actores, sino en estos últimos. La posibilidad del hacer se cruza con una puesta en primer plano –al menos desde la oralidad- de las limitaciones –físicas, pero también de capacidades-, como si en esa disputa estuviera cifrada la realización. Lo que parece estar poniendo en discusión esa situación es un ideal que el actor sostiene como forma y que proviene de las experiencias del pasado: desde la actriz que objeta los textos porque no dicen algo real sobre ella al cantante que señala que nunca tuvo que presentarse a sí mismo, el ejercicio se acerca a una especie de autoboicot no deliberado. Lo que hacen los directores, en todo caso, es romper con la noción de ideal: se trata de hacer con lo que hay y con lo que se puede. La decisión de ambientar las obras en espacios de la Casa del Teatro parece ir más en ese sentido: una desdramatización del acto de actuar, una puesta en un espacio otro que no implique la relación entre un escenario y lo que ocurre debajo.

En las entrevistas, lo que asoma es la historia. Un recuento que hacen algunos de ellos de sus trabajos en el pasado, épocas rutilantes y abundantes en shows y giras. En algunos casos incluso, sobreviven algo más que algunas fotos y posters: presentaciones televisivas, shows en otros países –como en el caso de Graciela Susana-, que complementan desde la imagen, el relato que cada uno de ellos hace. Pero también en esa narrativa lo que asoma son los motivos que los fueron llevando a ese lugar, a no tener nada propio. Malas decisiones, adicciones –al juego especialmente-, malas épocas laborales; elementos que conspiraron para que los momentos de éxito del pasado se hayan diluido en el presente.

El éxito de público que consiguen –que los lleva incluso a hacer algunas funciones en el Teatro 25 de Mayo- en todo caso se vuelve anecdótico. O mejor dicho, relativo. Lo que le interesa al documental es otra cosa, más que la posible masividad del público. Lo que importa está en la recuperación de una dinámica que excede lo laboral para recuperar la pasión. O lo que es lo mismo: narrar cómo es posible dar una segunda oportunidad a los viejos vestidos.

Las vidas de un vestido (Argentina, 2024). Dirección y guión: Paula Kleiman. Fotografía: Nicolás Mikey. Edición: Lucrecia Caramagna. Duración: 80 minutos.

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