
Dos hiatos puntuan el desarrollo inicial de Orphan. El primero se encuentra fuera del marco de la película pero es referido por el cartel inicial: son los 4 años que pasaron entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el momento en el que Klara (Andrea Waskovics) va a buscar a su hijo Andor (Bojtorjan Barabas) al orfanato. En esa distancia temporal no está cifrada la desaparición del padre de Andor, sino el enigma de lo que hizo su madre, cómo sobrevivió y por qué razones no volvió a buscarlo antes. El segundo es el que anuda esa primera secuencia de regreso al hogar con la siguiente, ocho años más tarde, cuando Andor ya es un adolescente. Tampoco hay indicios de lo que ocurrió en esos años, más que la referencia al sofocado levantamiento antisoviético en Hungría y la aparente normalidad que implica haber retornado a una vida social –Klara trabajando en una tienda, Andor y su amistad con Sari (Eliz Szabo)-. En uno y otro caso, las escenas implican un presente que se retrotrae sobre un pasado que retorna sin explicaciones, con una narrativa clausurada –como se percibe en el momento en que se intenta poner la placa tallada en el cementerio.
Esa narrativa es la que retorna y se impone a partir del momento en que Andor ve a su madre yéndose de la tienda con un hombre en una moto. Andor se sitúa en un lugar de resistencia: no acepta la posibilidad de que su padre no regrese –a pesar de los años transcurridos- y luego no aceptará su reemplazo por Berend (Gregory Gadebois), que incluye un cambio de identidad –hay que notar que su afirmación siempre proviene de su apellido, Hirsch, no por su nombre. Es el pasado de esos huecos históricos los que buscan que se los vuelva a narrar desde otra perspectiva, lo cual implica su puesta en presente. Lo notorio es que para Andor ese pasado que hay que sostener es el de la supervivencia de su padre y de su eventual regreso. Mientras que para Klara, el pasado se repite como continuidad de su propia supervivencia. Para ambos, es como si la guerra continuara sin posibilidad de darle un cierre, permanentemente actualizada desde un congelamiento de las relaciones.
Esa continuidad produce un desfasaje que puede resumirse en la imagen del lugar donde se esconde Tamas (Soma Sandor), el hermano de Sari. El edificio que está en plena reconstrucción, guarda en uno de sus espacios a un militante que permanece escondido y en la clandestinidad. Tiempo de refugio y tiempo de reconstrucción conviviendo en capas que se acumulan en la ciudad, en la sociedad húngara de la década del 50. Pasado y presente que entran en disputa en un mismo lugar. Mientras las calles y las casas siguen dominados por la palidez de los colores ocres, el interior de la tienda de ultramarinos –indicio de la presencia de lo extraterritorial- está dominada por colores definidos, claros. El signo del encierro en la reiteración del pasado lo aporta el cine que Andor visita para ver a su amigo Geza, que actúa en los intermedios: la película que vemos lateralmente es una de guerra.

“Le debemos todo”, dice Klara a su hijo en referencia a Berend, el hombre que la refugió en tiempos de guerra. El plural involucra a Andor, que sin embargo, sobrevivió esos años en un orfanato, alejado de su madre. Y que parece poder sobrevivir sin su ayuda, circulando entre las calles y sosteniendo la resistencia por su identidad. Mientras para él, el pasado es algo que intenta reconstruir desde lo ilusorio –por eso se lo llevan detenido de la puerta de lo que fue el negocio de su padre- para Karla solo puede recomponerse desde la aceptación de una deuda que nunca terminará de pagar –con su cuerpo, pero también con su alma- que la ata a su período de supervivencia. El choque entre esas perspectivas es notable: en Klara hay resignación y en Andor, un instinto liberador (de hecho, le dice a Tamas que si tuviera su edad, hubiera luchado junto a él en el levantamiento contra la URSS). Ese choque entre el pasado que vuelve y un presente que pretende librarse de él, deriva en el conflicto, en las consecuencias que el accionar de Andor va generando en el entorno en el que actúa –el trabajo de su madre, la situación de Tamas.

Y es que si hay algo a lo que apuesta Orphan es a la forma en que lo político se vuelve personal, y lo personal, político. Más que como consecuencias entre uno y otro, son elementos que confluyen en formulaciones similares. Un país ocupado que se refleja en la ocupación de los espacios en la posguerra –el nuevo dueño del negocio que era de la familia de Sari; Berend alquilando el negocio que era de Hirsch; los dos ligados al apoyo a las estructuras del comunismo soviético del momento. Un levantamiento popular fracasado que se espeja en el intento de Andor de rebelarse ante Berend. Los silencios en el pasado que se replican en la decisión de Berend de no revelar las acciones de Andor contra él. Una sociedad que no está habilitada a ver y que se especifica cada vez que vemos a Andor atisbando lo que ocurre entre hendijas y fisuras –en la calle, en el cine, en el orfanato. Un territorio con un nombre pero que se identifica por la fuerza con otro y que es parte de esa identidad desdoblada entre Hirsch y Berend. La cuestión en Orphan es, más que la historia individual, su reflejo como historia de una ocupación colectiva que implica una transformación de la identidad. Ese parque de diversiones –no casualmente a inaugurar un 1 de mayo- de la secuencia final es de un peso simbólico preciso. Señala el lugar de Berend en esa sociedad, pero también parece mostrarse como la muestra definitiva del intento de borrar el pasado a partir de nuevas luces y de distracciones. Pero el pasado resiste y esa rueda de la fortuna cuyas luces forman la estrella judía parece ser el indicio de que siempre habrá algo que resista a esos intentos.
Orphan (Arva, Hungría, 2025) Dirección: Laszlo Nemes. Guión: Laszlo Nemes y Clara Royer. Fotografía: Erdely Matyas. Edición: Peter Politzer. Elenco: Bojtorjan Barabas, Andrea Waskovics, Gregory Gadebois, Eliz Szabo, Soma Sandor. Duración: 132 minutos.
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