21. The Inmigrant, de James Gray: Las ciudades cubiertas de niebla, los paisajes melancólicos, las lealtades y las traiciones constituyen a esta altura la marca registrada del universo de James Gray. Desde Little Odessa hasta Los amantes, pasando por Los dueños de la noche y La traición todas sus películas han sabido definir una propuesta estética y crear un mundo cinematográfico con sello propio. Los lazos de sangre son decisivos e inquebrantables parece querer decir Gray a lo largo de su no tan extensa pero contundente filmografia. The Inmigrant lo reafirma: allí están la trágica relación entre los primos y el inclaudicable vínculo entre las hermanas ocupando el primer plano de esta historia de una inmigrante polaca que llega a los Estados Unidos huyendo de los estragos de la guerra. La tierra prometida parece haberle reservado, sin embargo, sus mejores horrores. Pero Gray sabe darle sustancia anímica a sus villanos, y Joaquin Phoenix, operístico y desbordado, desgarradoramente triste, víctima y victimario, dueño de la noche y esclavo de sus circunstancias tanto como Eva, logra convertirse en el verdadero protagonista de esta historia, una historia que debería asumir un plural extensivo a todos sus taciturnos ángeles caídos. Gray despliega magistralmente una vez más su característico romanticismo de los bajos fondos, y una visión confortablemente sombría que hace de la familia o el gueto o el territorio cobijo y al mismo tiempo prisión. Por Marcela Ojea.

22. Kundo: Age of the Rampant, de Jong-bin Yun.

 23. 7500, de Takashi Shimizu: Hay un subgénero nada extraordinario, bastante acotado y acaso sin ninguna obra maestra, por lo menos que yo recuerde (y mi memoria es tan económica como suele ser la producción de este tipo de películas). Me refiero a las de terror aéreo, que no son las de catástrofes aéreas como las que componen la vieja saga Aeropuerto, que tranquilamente podría ser reflotada a la luz de lo que está pasando a los vuelos de líneas orientales, ni tampoco a una como Unidad 93 sobre el ataque terrorista del 11-S, sino a las que introducen lo sobrenatural en el aire. Debe haberlos, pero a mí casi no se me ocurre ningún ejemplo; aunque del par que recuerdo no guardo siquiera la precisión de sus títulos, en su momento me asustaron mucho: un capítulo de La dimensión desconocida en que alguien divisa una presencia imposible en el ala del avión, y un telefilm con Ernest Borgnine y Kim Basinger nueve semanas y media antes de llegar a la fama en el que el reflejo con vida de las caras de gente ya muerta se les presentaba primera e imprevistamente a las azafatas en la tapa de un horno, luego al resto de la tripulación en enseres varios y creo que finalmente al capitán (era Borgnine, así que imagínense la confianza en llegar a salvo que podía tener la tripulación). Si en las primeras uno esperaba el accidente y que todo explotara, en estas no es posible siquiera tener esa fatal liberación. Atrapados en el cielo –cerca de los dioses, en los alrededores del planeta donde extraterrestres o ángeles caídos traman sus tentaciones o conquistas- a los personajes y nosotros sólo nos queda la desesperación y la locura. Shimizu es el director de Ju-on, una de esas películas de terror japonesas tan extendidas hace más de diez años que alguna que otra, como la susodicha, llegó a estrenarse en el país y al tipo le permitió filmar en -o con- EEUU, como en este caso. 7500 es chiquita, barata y respetuosa: la cámara no se mueve al cuete, la muerte repentina de un pasajero instala el Mal a bordo durante el primer acto, el decorado recuerda el de las series de televisión primitiva, y hasta la resolución tiene una pretensión reflexiva algo chapucera pero también anacrónica, como corresponde a este homenaje explícito a las fabulas morales de la pantalla chica original. Por Marcos Vieytes.

24. Housebound, de Gerard Johnstone: Una joven malechora atrapada in fraganti cumple prisión domiciliaria en la casa de su madre. El mejor de los castigos, especialmente porque, para decirlo sin ambajes, la madre «le come la cabeza». Es el retorno a lo reprimido y allí, en una de las tenebrosas escaleras, cuelga irónicamente el popular retrato de un sonriente Sigmund Freud. La imagen es sepia y cada rincón reviste la pátina del pasado. Está de más aclarar que la referencia psicoanalítica es apenas un guiño humorístico: la casa está embrujada y la joven porta un dispositivo que le impide alejarse del horror. Parece una broma macabra y en efecto lo es. Johnstone hecha a rodar todos los tópicos del género con erudición y sarcasmo. Terror neozelandés con espíritu dark, ecos de Wes Craven, peluches siniestros, sangre y sudor a borbotones y un empleo desopilante y nunca visto de algunos utensilios de cocina. Por Marcela Ojea.

25. Kapringen, de Tobias Lindholm: Por Marcos Vieytes.

26. The Wind Rises, de Hayao Miyazaki: Cuando se anunció que Miyazaki se ponía al frente de un nuevo proyecto, después de varios años sin dirigir, se generó la expectativa que acompaña a todos los lanzamientos del Estudio Ghibli. Cuando en agosto de 2013 un comunicado apuntó que ésta era, además, la despedida del director de Mi vecino Totoro (1988), fue inevitable para todos los fans de Ghibli hacer el ejercicio mental de preguntarse cuándo vio por primera vez una de las películas de Miyazaki, o cuál es la que atesora con preferencia. Es que sus mejores películas, como también las de Isao Takahata (La tumba de las luciérnagas, 1988, Recuerdos del ayer, 1991), generan un lazo muy especial, permiten restablecer la memoria de un tiempo mejor, aún cuando el tono predominante es el de la pérdida y la melancolía. El proyecto de esta película de Miyazaki se corresponde con esa tonalidad. De una factura absolutamente preciosista -quizás ésta sea la película en la que la línea del dibujo determina el lenguaje visual en mayor medida-, remite con una cadencia onírica y al mismo tiempo intensa al modernismo y al esteticismo del primer tercio del siglo XX. El sueño infantil y recurrente del protagonista, de poder ver con nitidez y sin sus anteojos los grandes y hermosos aviones imaginados por él, es seguido a través de su formación como ingeniero hasta llegar a ser el diseñador de la carta maestra en la batalla aeronaval durante la Segunda Guerra Mundial, el caza Zero. La suerte de los sueños, como lo advierte el maestro en sueños de Jirō, el duque Giovanni Caproni, puede ser desigual y hasta pueden ser arrastrados por la pesadilla de la destrucción. El viento es un elemento narrativo central y juega de continuo con el poema de Paul Valéry de 1920, El cementerio marino, de donde sale el título de esta verdadera joya. Uno de sus últimos versos, repetidos como leit motiv en la película, es tan cierto como doloroso, fruto amargo de ese viaje a una época mejor: “El viento se eleva… ¡hay que intentar vivir!”. Por Juan Rearte.

27. Praia do futuro, de Karim Ainouz.

28. La Venus de las pieles, de Roman Polanski: Luego de posarse en un cartel que convoca a una audición, la cámara de Roman Polanski atraviesa dos puertas que, casi reverencialmente, se abren a su paso. Una es la de ese clásico y acogedor teatro parisino que busca su musa y su diosa, su venus o afrodita, la otra, la de la sala vacía y silenciosa que espera que se desate el drama. Besa la bota de cuero brillante, brillante en la oscuridad, proclama The Velvet Underground en Venus in Furs aludiendo a los dulces tormentos que de tan dulces se confunden con placeres fácilmente. Venus in Furs o La Venus de las Pieles es la obra de Von Sacher-Masoch que Thomas, el adaptador y director interpretado por Mathieu Amalric intenta poner en escena. Ya es tarde, y frustrado por una búsqueda infructuosa de la protagonista femenina, se dispone a retirarse. Pero en medio de la lluvia llega Vanda, la atropellada y volcánica Vanda (Emmanuelle Seigner), la que casualmente lleva el mismo nombre que la protagonista de la obra de Masoch, la que inexplicablemente enuncia el texto a la perfección aunque declara haberlo leído apenas unas horas antes, la que azarosamente trae consigo un vestuario de asombrosa y mágica verosimilitud. Pues lo que sucede a partir de entonces, y no es casual ni fortuito ni azaroso, es el cautivante y siempre efectivo juego entre realidad y ficción. Es que como en un hechizo que se hace y se deshace a cada instante, Vanda resulta tan vulgar para Thomas como excelsa su capacidad expresiva sobre el escenario. Y como el mayor castigo para un hombre es quedar a merced de una mujer, según reza el especialista en sufrimientos Masoch, Polanski, con tono burlón, invierte las relaciones de fuerza entre la insistente actriz acuciada por conseguir el papel y el torturado e insatisfecho director. Como si el personaje femenino hubiera emergido en medio de la noche del parnaso de los textos –brillante en sus botas de cuero brillante- para darle una lección al intelectualizado Thomas. Y para seguir el sabio consejo que dictan las estrofas: Golpéalo querida señorita, y cura su corazónPor Marcela Ojea.

29. The Sacrament, de Ty West.

30. Computer Chess, de Andrew Bujalsky: Por Marcos Vieytes.

31. The Babadook, de Jennifer Kent: Por Paola Menéndez y Nuria Silva. 

Aquí puede leerse la primera y segunda parte.


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