Por Marcos Rodríguez.

Los ojos. Unos ojos grandes, enmarcados por una vestimenta colorida y con un aro gigantesco en la nariz, nos miran desde un primerísimo primer plano largo, sostenido, frontal. Así empieza Vrindavana y nos mete de lleno, desde su primer plano, en la contradicción que significa esta película. Hay que reconocerlo: apuesta fuerte, se juega a fondo por su propuesta, y no busca nunca la demagogia de tratar de suavizar sus ideas para que sean más fáciles. No es poco mérito. Pero el problema sigue presente: unos ojos nos miran enormes desde una pantalla. Nosotros los estamos mirando, ellos miraron una cámara. ¿Qué es lo que estamos viendo?

En el fondo, los límites de Vrindavana son los límites de todo documental de observación, llevados hasta el extremo por la propuesta estética de esta película. No se trata simplemente de que en Vrindavana  no tenemos un narrador en off que guíe el sentido de la película, ni tampoco un protagonista o siquiera “personajes” que podamos reconocer a lo largo del metraje. Desde el montaje, Vrindavana se niega a construir cualquier tipo de relato: las secuencias son cortas y más bien impresionistas, no hay nunca un foco, no se construye un tiempo coherente, no hay un tema central o recurrente en las imágenes. Lo que tenemos son planos (en principio, según sabemos por información exterior a la película, capturados en la ciudad de Vrindavana) que intentan construir a través de la acumulación. Se suceden percepciones en una especie de ‘viaje sensorial’. El límite de esta idea tan placenteramente posmoderna es la suposición de que la superficie puede revelar algo. En términos de superficie, no se le podría pedir más a Vrindavana: cada plano es perfecto, las imágenes se encadenan con una enorme fluidez, todo es bello y elude los lugares comunes. Una cámara inquieta logra capturar detalles hermosos. El sonido está manejado de una forma muy interesante. Todo en esta película es interesante. Pero, ¿qué es lo que estamos viendo?

Una categoría que la película no puede eludir es la de lo exótico. Cada imagen de Vrindavana está atravesada por la idea de lo exótico, empezando por aquel primer primer plano que por momentos puede resultar intenso, pero que a la vez parece salido de una portada de National Geographic. Las imágenes de Vrindavana(que son lo que la película tiene para ofrecernos, ya que evita concientemente construir cualquier tipo de relato claro) son hermosas por su composición, por sus colores, pero fundamentalmente ponen en primer plano aquello que a nosotros (como al equipo de filmación argentino que se fue a filmar a la India) nos resulta atractivo por lo diferente. Esos ojos que nos miran son ojos hermosos, pero también son intrigantes por lo que sugieren de misterio, de ojos diferentes a los ojos que solemos ver (característica resaltada por la cuidadosa inclusión de la vestimenta colorida y el aro dorado). La belleza innegable de Vrindavana nace de la fuerza de sus imágenes y de la sabiduría de su montaje, pero también le debe necesariamente a la idea de lo exótico, que lo impregna todo.



Es claro que lo exótico no aparece nunca tratado con dejos peyorativos, con explicaciones condescendientes, con encasillamientos. Miramos esos ojos cara a cara, a la misma altura, libres incluso de un discuro políticamente correcto o new age, en la medida en que la película renuncia al uso de la palabra. Pero también es cierto que esa convivencia que supone este viaje impresionista a la India no puede nunca superar esa barrera inevitable: la de lo diferente. Gracias a Vrindavanapodemos acercarnos con una cotidianidad placentera a la vida de una ciudad que se desarrolla del otro lado del globo, pero no por eso estamos ni un ápice más cerca de entenderla. Vrindavana no nos permite acceder a nada. Quedan, entonces, dos opciones: o se trata de un viaje para iniciados, en el que aquel que ya conoce los códigos de la India puede descifrar lo que está mirando; o el proceso de acumular impresiones de lo diferente termina por consolidar un concepto más redondeado, más colorido, simpático, pero no por eso menos hermético, de lo exótico. Desde la época de los hermanos Lumiere sabemos que el cine puede acercarnos a lugares geográficamente distantes, pero eso no quiere decir que necesariamente nos permita conocerlos.
El problema de la superficialidad es particularmente evidente cada vez que se trata algún aspecto religioso, cosa que ocurre varias veces, en particular porque Vrindavana, al parecer, es un centro espiritual y de peregrinaje para el hinduismo. Una y otra vez vemos monjes, fieles, peregrinos, estatuas de deidades coloridas, flores y ríos. Vemos rituales. La película se construye en torno a una cierta idea de ritualidad. Pero los rituales se ven apenas fragmentados y, en cualquier caso, nos son ajenos. Después de tanto filmar rituales religiosos (la superficie de la religión) lo que queda en el mejor de los casos es una vaga idea panteísta; en el peor, una colección de costumbres raras. Lo que queda muchas veces (como en la secuencia de montaje sobre el sonido del tren) es la sensación de que todo esto es poco más que una excusa para componer cosas lindas. Posmodernindad y religión no suelen hacer una buena pareja.



La película se estrena ahora en el C.C. Borges. En las proyecciones: “el espectador deberá sacarse el calzado para ingresar a la sala y disfrutar de la proyección. Este gesto intenta acercar al público al universo espiritual que retrata el autor en su pieza audiovisual”. El gesto de ver cine descalzo es sintomático en más de un sentido: sugiere la idea de que el cine nos permite viajar en el espacio (cosa que es mentira); sugiere la idea de que ver actividades religiosas es una actividad religiosa (cosa que es mentira); sugiere la idea de que ver cine es una actividad religiosa (cosa que es mentira); sugiere la idea de que la superficie (descalza) de nuestros pies es importante para la espiritualidad (cosa que es discutible); y termina de sellar el concepto de una experiencia exótica: lo que vamos a ver es diferente.
Unos ojos grandes nos miran desde un primerísimo primer plano largo, sostenido, frontal. Nosotros miramos unos ojos. Pero esos ojos miraron una cámara. Esos ojos pueden resultarnos muy bellos, muy interesantes, hasta muy significativos. Pero, ¿qué significaba para esos ojos estar mirando esta cámara? Vrindavana se queda de este lado de lo diferente, donde no hay preguntas.

Vrindavana (Argentina, 2010), de Ernesto Baca, ‘90.

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