Atención: Se revelan detalles del argumento.

La frenética vida del Queens nocturno, marginal, se retrata en base a personajes cuyo quehacer es el constante huir en busca de una libertad que, más allá de lograrse o no, bien puede no merecerse porque los héroes no existen en forma impoluta, y porque la línea que separa el bien del mal se borronea en la oscuridad que ampara tanto como oculta.

La anchura de la ciudad en movimiento enardecido se reduce al acercarse hacia un edificio para violentarnos con un plano que se cierra sobre los ojos idos de Nick Nikas (Benny Safdie), quien asiste incómodamente a su consulta con un profesional del instituto mental. La calma de la cámara se ve desasosegada por la irrupción de su hermano, Connie (Robert Pattinson), quien quiere liberarlo de esa prisión y, sin quererlo, termina sumergiéndolo en otra: una estatal. La primera necesidad que se les presenta a esos personajes es huir del claustro impelido por el sistema, y con ese motivo es que se busca un viaje hacia cualquier lugar. Es esa la promesa de salvación ante un universo hostil que no permite fuga.

La necesidad de escapar lleva a Connie a planear un asalto al banco, donde pierde a su hermano en manos de la policía. Ese golpe es el disparador para que el (anti)héroe comience su odisea a través de la ciudad, donde se encontrará con otros outsiders, en su mayoría afroamericanos, que pintan el universo de los inmigrantes al cual también pertenecen, por ascendencia, Nick y Connie, como su apellido griego lo denota. Los hermanos caucásicos están embebidos en la naturaleza de los inmigrantes afroamericanos ya desde el comienzo: cuando roban el banco, los protagonistas llevan máscaras que los encubren transformándolos en personas de dicha etnia y su disfraz se completa con trajes de obreros. La delincuencia, al suceder, se engalana no sólo de un pueblo en particular sino también de una clase en particular. En esa decisión que parece nimia existe una declaración por parte de sus realizadores.

Quien llevará la acción, Connie, no es un personaje del todo empático. Es un hombre que lucha por salvar a un hermano que fue abandonado por él durante la escapada. Pero, ante todo, es un hombre que lucha por desenvolverse en ese mundo que lo fagocita y cuya mejor arma es el carisma manipulador que le permite utilizar a la gente para su beneficio. Si bien muestra algunas virtudes -como el cariño hacia su hermano o la escena en que le da agua a la viejecita hospitalizada-, también muestra vicios que moralmente lo condenan -entre ellos, intimar con una menor-, evitando que el personaje sea bidimensional. Su anhelo de rescate fallido no lo convierte en un héroe ni en un mártir. Se juega, por el contrario, con dejar al espectador a cierta distancia del personaje, para apreciar su mundo, pero sin identificarnos desde lo patético con él.

La relación entre hermanos queda delimitada con unas simples y bien dadas pinceladas. Son personajes que accionan constantemente porque no hay tiempo para otra cosa en el ritmo vertiginoso de la vida de los bajos fondos neoyorkinos. La cámara se posa en planos siempre cortos sucumbiendo a movimientos rápidos y un tanto desprolijos porque la misma acción no permite el embellecimiento del encuadre, dado que dicha cámara encarna el nerviosismo de sus protagonistas al deambular por la ciudad. Poco de ese discurrir ocurre a la luz del día. Es la noche la que tapa y atestigua el ajetreo de los personajes, bañados en luces de neón, antinaturales, en ambientes que lastiman, pero que a la vez dan entidad a la ciudad como ente monstruoso, ayudadas por la música alarmante. La colorida fluorescencia se encuentra generalmente luchando con las sombras que envuelven todo y permiten, al haz de luz que resiste, manifestar las imágenes granuladas de lo que ocurre. Sólo en la primera escena y en la última, con el protagonista en el instituto mental, se nota un orden desde lo estético, incluso con iluminación natural y cálida, cosa que sucede también en la cárcel (por más que la imagen muestre violencia, la imagen es limpia).

Es ahí donde la cámara encuentra sosiego, donde permanece en quietud, y en donde la imagen brinda una limpidez acogedora. Es esa institución el refugio ante las calles violentas, y a la que Benny se adapta en tan sólo unos segundos de metraje sin la intervención de su hermano. Entonces se retrata la marginalidad, pero se consensúa, desde la dirección, que el lugar de refugio es interior al sistema, y es así porque no queda lugar al que correr ni forma de librarse de las garras que los persiguen, dejando un resabio a nihilismo activo: vivir requiere ciertas abnegaciones. No queda más que enfrentarlas.

Good Time retrata el mundo marginal, pero al hacerlo deja escapar ciertos estamentos morales que atraviesan a sus realizadores, quizá más allá de su poder consciente, tornando ese universo ambiguo. No es una película moralizante, sino que la falta de clausura de sentido la transforma en terreno de debate, en un campo de batalla tan oscuro como las calles que retrata, donde la intención no es una bajada de línea moral sino una invitación ética.

Good Time: Viviendo al límite (Good Time, EUA, 2017), de Benny y Josh Safdie, c/ Robert Pattinson, Benny Safdie, Jennifer Jason Leigh, 101’.

Acá se puede leer un texto de Hernán Gómez sobre esta película

 


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