La historia de Una cigüeña en apuros es sencilla: cuenta, en clave de humor, la crisis de identidad de un gorrión (Richard, para ser más precisos) con trastornos de personalidad, adoptado por una familia de cigüeñas que le hace creer que es una más de ellas. Esta coproducción europea de animación se sostiene en los efectivos gags que protagoniza el carismático y confundido gorrión, y en la intervención notable de un personaje secundario (la lechuza) que por momentos compite en eficacia y calidad con el protagonista, y que hasta podría aspirar, en alguna posible secuela, a un futuro de protagonista. La película codirigida por Toby Genkel y Reza Memari y construida a partir de una serie de viñetas humorísticas, no resigna por ello el relato y el desarrollo de sus personajes. Cercana al cuento clásico, o a la fábula al estilo Disney (sobre todo en lo que hace al inicio trágico que marca al personaje), Una cigüeña en apuros pareciera dialogar más con ese clasicismo que opera como marca de origen, que con las innovaciones que se sucedieron en la industria del cine de animación los últimos 20 años (Pixar, Dreamworks, para mencionar los casos más representativos), aunque esa cercanía no tiene marcas de conservadurismo político sino que representa fundamentalmente una filiación estética.

El tema de la identidad y de la búsqueda definitiva de su configuración a lo largo de una serie de aventuras es una idea recurrente en el cine de animación moderno. Retomando quizás el espíritu viajero de la fundacional Buscando a Nemo, y con algún que otro guiño estético y argumental a Bolt, Una cigüeña en apuros no deja de ser un viaje iniciático. Un día, el gorrión amanece y descubre, para su sorpresa, que fue abandonado por su familia adoptiva. En realidad lo que sucedió fue que su padre decidió que Richard no se encontraba capacitado para emigrar a África junto al resto de las cigüeñas, al comienzo del otoño. Entonces el gorrión decide emprender el viaje en soledad aunque, a lo largo del camino, conocerá a una serie de personajes que lo ayudarán a encontrar a su familia. Será ese vínculo efímero y trascendente el que se erigirá finalmente como una de  las máximas virtudes de la película y serán esos improvisados amigos quienes lo asistan en la difícil travesía y lo ayuden a llegar a destino.

Esta anécdota sencilla y, ya muchas veces contada en el cine de animación clásico, se encuentra lejos de alcanzar la perfección de clásicos modernos  como Up o Toy Story (películas que también narran viajes iniciáticos y fundacionales) pero hace de la modestia uno de sus principales atributos, sin incurrir en demasiadas pretensiones y con un buen ritmo para la comedia visual, lo que ayuda a que el peso alegórico del relato no se transforme en una fabula moral que aplaste a sus personajes. La inteligencia para resolver las situaciones desde la comedia es lo que hace que la película de Toby Genkel  y Reza Memari no se transforme en una solemne lección de vida.

Una cigüeña en apuros (A Stork’s Journey, Alemania/Bélgica, Noruega/ Luxemburgo, 2016), de Toby Genkel y Reza Memari, 75′.


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