Cinco pibes se van a pasar el fin de semana en una cabaña en medio del bosque. Nada nuevo bajo el sol. Y mucho menos cuando vemos la cabaña tomada en plano frontal primero y desde el piso después, con la cámara desplazándose al ras. Imposible dejar de pensar en Evil Dead, de Sam Raimi. Pero el tema no es solamente con Raimi sino con el entero cine de terror, la mitología y la metafísica desde que el mundo es mundo -haya surgido por azar o creado por obra de una inteligencia- y hasta que colapse. El fantasma del Apocalipsis vuelve en esta película como en casi todo el mainstream estadounidense actual, ya sea como reflejo de la decadencia imperial del país del norte, de la licuación de las identidades individuales y regionales, de la circulación incesante de información y capitales, de la inseguridad psíquica y física, de la pérdida de toda noción respetable de lo sagrado. The Cabin in the Woods no es una película de terror sino una película sobre las películas de terror contemporáneas en particular y sobre la representación en general. Por eso se parece menos a otras películas de terror que a The Truman Show, de Peter Weir, por citar a una película que hace de la puesta en abismo su razón de ser. Los personajes que sobrevivan a The Cabin in the Woods tendrán acceso a algún tipo de revelación, pero lo más notable de esto es que no les servirá para casi nada, salvo asomarse al fin del mundo. Además del cosmos de ‘ficción’ en el que viven los protagonistas y del ‘real’ en el que se desempeñan los programadores de la primera ficción, finalmente se abre un tercero al que se le dedica un sólo plano, el último, y sólo accedemos nosotros.

Justo antes de ese plano aparece una figura de autoridad incitando mediante un discurso y luego tratando de obligar físicamente a los protagonistas a cumplir con el deber de sacrificarse para mantener a salvo el orden vigente, que podrá ser duro pero les garantiza la vida tal como la conocen y se propone como mucho menos terrible que el futuro, expuesto como primitivo y brutal, más bien como fin de todo orden. Más allá de las reacciones de los personajes en esa instancia, interesantes porque todos y cada uno de ellos responden a tipos, arquetipos y estereotipos (la hembra sexualmente activa, el macho alfa, el erudito ético, el loco y la virgen), es llamativo el modo en que la película especula a través de ellos entre creer o no en la palabra del poder como garante de la raza humana, para finalmente rechazarla mediante la intervención del ‘loco’, avatar del ‘sabio’ o del ‘poeta’ encarnado en la figura graciosa pero efectiva del fumador de marihuana. No sé si la película acompaña del todo esa decisión, porque la existencia de ese último plano parece confirmar e ilustrar el vaticinio del poder. En el orden afectivo, introduce un cambio de ritmo destinado a no dejar instalado ningún tipo de desasosiego en el espectador, sino más bien una euforia que, bien mirada, no tiene más razón de ser que el goce del aniquilamiento. Lo interesante, como dice Zizek a propósito del último Batman, es que la película delata lo muy intrínsecamente amenazado que se siente el statu quo del que formamos parte, y que de ese temor sale una película fabulosa sobre la crisis de la racionalidad contemporánea y su sistema de información como productora de monstruos ‘benignos’ destinados a entretener.

Entretener ¿a quiénes? Por lo menos a dos entidades distintas: los espectadores globales de entre los cuales se escogen víctimas al azar, y los dioses que requieren la sangre de esos sacrificios para mantenerse calmados. Nunca se indica que haya espectadores de este espectáculo, salvo aquellos que lo organizan desde algo parecido a una gigantesca sala de control de un estudio televisivo. Entonces, espectáculo de poder para una pequeña élite de poderosos, que incluye técnicos especializados, un guardia de seguridad (único personaje con objeciones de conciencia), algo parecido a una ejecutiva o un CEO, y los mentados dioses, hasta cierto punto corporizados parcialmente por el último plano al que nos referíamos, que es el plano de una mano saliendo de la tierra. ¿Qué falta en todo esto? Gente o, más bien, personas que no se beneficien de alguna manera más o menos directa del poder, que no dependan de su trama, que no formen parte de él. Los únicos representantes de ese colectivo, si es que existiera, son los actores involuntarios de un ritual para pocos, que ni siquiera es transmitido abiertamente. Parece haber ciudadanos fuera de ellos, pero para la película prácticamente no existen. The Cabin in the Woods filma el mundo contemporáneo como círculo blindado de poder satisfactoriamente jerarquizado y como espectáculo puro y autorreferente, sin más espectadores que unos cuantos asalariados autoconvencidos de la importancia de lo que hacen.

Si la estrenan, será una de las mejores películas del año, apenas por debajo de El chico de la bicicleta, de los Dardenne, en la que no dejo de pensar desde que vi The Cabin in the Woods, quizá porque me parecen dos modelos distintos -acaso antagónicos, puedo llegar a creer que complementarios- de cine. Por un lado el del mejor mainstream de Hollywood, cada vez más abstracto, iluminando -a la par que envuelto en- el funcionamiento maquinal del mundo. Por otro lado, el de películas a escala humana (no necesariamente humanistas), en las que personas y objetos pesan, en las que la dimensión material del mundo no se ha evaporado. Esto último no quiere decir que la película de los Dardenne y de otros directores como ellos carezcan de discurso simbólico, sino que sus imágenes siguen teniendo al ser humano físico como medida, mientras que el cine industrial de EE.UU. y su parafernalia tecnológica pone en escena la superestructura virtual en la que vivimos -esa red de relaciones veloces e inestables cuya extensión incesante vuelve obsoleto casi todo parámetro cultural en el mismo momento en que es percibido- con una efectividad tan desaprensiva que asusta y fascina del mismo modo en que lo hacían los científicos locos de las viejas películas de horror de la década del ’30. Entregado a su compulsión epistemológica, que no deja de ser una voluntad de poder, el buen mainstream estadounidense actual transita menos los caminos de la dramaturgia que los de la lógica y la matemática. ¿Habrá un neorrealismo que le haga poner los pies sobre la tierra? Y si así fuera ¿qué catástrofe vendrá a documentar ese hipotético nuevo neorrealismo?


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