
Hay algo en el principio de la película de Pif que puede resultar extraño, pero tiene su fascinación. Porque el punto de partida que sostiene el relato son dos elementos de la cultura popular, que terminan relacionándose de una manera u otra con la fe cristiana. El niño Arturo que en 1982 presencia el partido entre Brasil e Italia por el Mundial de España y el mismo Arturo (Pif) que 40 años después es un apasionado de los dulces palermitanos, están atravesados por una crisis: ese hueco de cuatro décadas es el cuestionamiento de la existencia de Dios que se revela en la percepción que se sale de lo personal para pensar en el otro. Curioso caso: Arturo descubre que no es la religión, sino la pertenencia a otro colectivo lo que le permite pensar en el otro y en sus sufrimientos.
En ese lapso, Arturo ha devenido, además de un hombre solitario -al punto que los dulces le dan más satisfacción que el sexo, como asegura-, un exitoso agente inmobiliario en la agencia que dirige su amigo Tomasso (Francesco Scianna). Pero ese trabajo implica esconder, disimular algunos detalles en beneficio de la posible venta: el dinero se impone sobre sus condiciones éticas. La conclusión es que el trabajo que lleva adelante implica concentrarse en el beneficio individual, con independencia de lo que ocurra con el otro. La aparición de Flora (Giusy Buscemi) comienza a trastocar esa percepción del mundo, no solo porque queda literalmente encandilado por su belleza, sino porque allí se vislumbra un primer paso para el cambio. En ese momento en el que le dice que el local que le muestra inicialmente no es el ideal para ella y le muestra otro, implica una intervención en la que, más que el negocio, Arturo comienza a pensar en las necesidades del otro. Que en este caso conecten con las suyas por partida doble -porque esa mujer de la que se enamoró a primera vista, es además una pastelera que coincide en sus ideas sobre los dulces- resulta un agregado potenciador.
El problema al que se enfrenta Arturo es que, como si fuera un agente inmobiliario, parte de esa relación que empieza con Flora termina sosteniéndose en una mentira -no es ocioso que, en paralelo, la película desarrolle la relación de Tomasso con una secretaria, en la que engaña a su esposa-. Arturo simula sobre sí mismo, eso que le viene del discurso que ensaya ante los potenciales clientes respecto de una casa o un departamento. Porque si su obsesión perfeccionista lo lleva a no poder mentir -y corregir a los otros- respecto de los dulces, la necesidad de retener a Flora lo lleva a construir sobre sí mismo un cristianismo inexistente -la participación funesta en el Vía Crucis no es solo producto de la mentira sino de no reconocer su desconocimiento. Esa contaminación entre el agente inmobiliario y la persona es lo que lo llevará al borde del fracaso.

Pif decide entonces jugar a la comedia desde un lugar en el que desacomoda (un poco) el tradicionalismo conservador de la institución religiosa. Porque si puede verse la recurrencia de Arturo a los scui para acallar su pena, como una adicción, su efecto alucinatorio -lo que convierte al dulce en una droga- es por lo menos imaginativo. ¿Quién podría imaginarse que la consecuencia de una sobredosis de dulces -eso que la medicina, poco propensa a entender lo cotidiano llama “pico de azúcar”- sea la aparición del Papa (Carlos Hipólito) en el living de su casa para aconsejarle sobre sus problemas? Llegar a la religión a través de una “droga” de consumo legal: vaya ocurrencia y forma de encontrar un camino hacia el Papa.

El otro problema, el que surge a partir de ese momento es que Arturo intenta conciliar esos dos mundos que habitan en él. Pero lo hace estableciendo la aplicación taxativa de esos preceptos religiosos que deberían redimirlo ante Flora. La verdad, ante todo y el pensamiento en función de las necesidades del otro, funcionan en la práctica, pero provocan otros desajustes: decir la verdad implica perder posibilidades de vender o alquilar una propiedad, poniéndolo al borde de perder su trabajo. Pero también lleva a nuevos cruces con Flora, ya sea por el sexo en la pareja o por las discusiones que se provocan con las amistades de la familia.

El curioso resultado es que …Que Dios perdona a todos apunta en dos direcciones. Por un lado, y a partir de la figura del Papa -que por cierto, y aunque no se lo mencione por su nombre, está claro que se trata de Francisco, por las referencias al dulce de leche y al gol con la mano- mostrar una forma de la Iglesia Católica más abierta y comprensiva, menos restrictiva. Por el otro, y en especial a partir de la decisión de Arturo de acoger en su casa a Sunkaru (Tommy Kuti), un migrante que ni siquiera habla el idioma, señalar la hipócrita adhesión de la comunidad a los principios morales de la religión, más propensa a la adhesión por la palabra que por la puesta en práctica real. La película no cierra justamente en la resolución del nudo amoroso entre los protagonistas, sino en una coda final en la que, a través de los dulces, la Iglesia se acerca al pueblo y éste le responde con fidelidad.
…Que Dios perdona a todos (Che Dio perdona a tutti, Italia, 2025). Dirección y guión: Pif. Fotografía: Guido Michelotti. Edición: Giogio Franchini. Elenco: Pif, Giusy Buscemi, Carlos Hipólito, Maurizio Marchetti, Francesco Scianna. Duración: 113 minutos.
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