Del amor, a Llámame por tu nombre, le interesa particularmente la seducción, entendida como un duelo necesario entre amantes, como un medirse incansable frente a otro que se parece mucho, demasiado, a uno mismo. El encuentro entre Elio y Oliver (Timothée Chalamet y Armie Hammer) dista de ser amor a primera vista (pero no tenemos la certeza: es una película que se ocupa de dejar cosas sin revelar). ¨Tu habitación¨, dice Elio cuando, llevando los bolsos de Oliver, se dirige a su propia habitación, en la que se va a alojar por unos meses el joven estadounidense. Se corrige enseguida: ¨Mi habitación¨. Una primera confusión, una primer disolución de límites, una inocente traición del lenguaje. El lenguaje ocupa así desde el inicio un lugar privilegiado en Llámame por tu nombre. Dirigida por Luca Guadagnino y con guion de James Ivory (que junto con Ismail Merchant llevó Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro, al cine, así como varias novelas de E. M. Forster: Una habitación con vistas y La mansión Howard, entre otras) obtuvo este año el Oscar a mejor guion adaptado. Pero, volviendo al papel central que tiene el lenguaje en la película, cabe señalar que no solo aparece como tema o permite describir el mundo pequeño y algo hermético de Elio, sino que el film se ocupa de narrar tanto un relato de iniciación como un necesario desencanto con el lenguaje. Si Oliver, un estadounidense que es pura vitalidad, puro disfrute, es la puerta de entrada al mundo de los sentidos y el dueño de un nuevo idioma que Elio desconoce, el lenguaje (que ha sido tan importante en su educación) muestra una y otra vez su pobreza frente a la experiencia sensible.

El mundo de Elio, hijo de un arqueólogo, es uno en el cual hay una proliferación de idiomas, de libros, de lecturas. En sus interacciones, los personajes -los padres de Elio, sus amigas, las visitas que reciben (gran parte de la película transcurre en la casa familiar)- alternan entre el inglés, francés, italiano con enorme naturalidad. Lo que podría fácilmente convertirse en un gesto pedante y forzado por parte de la película, no lo hace. Ese fluir de varios idiomas, como si fueran intercambiables -en varias ocasiones un personaje le pregunta algo a otro algo en un idioma y el otro le responde en otro- cumple una función en el relato. Oliver es la única persona del entorno de Elio con la cual habla siempre en el mismo idioma. Dicho de otra forma, esto permite aislar a los amantes así como acentuar la singularidad de ese precario e intenso vínculo. Y quizás también señalar cierta soledad compartida.

En una escena al principio de la película, el padre de Elio y Oliver tienen una brevísima discusión en relación con la etimología de la palabra ¨damasco¨. Cada uno traza una genealogía para la palabra apricot (damasco en inglés). Algunas palabras se suceden velozmente: al-barqūq (árabe), berikokkíā (griego), praecoquum (latín). Acá tampoco hay rastro alguno de snobismo: los personajes parecen motivados por el genuino placer de rastrear el derivar accidentado de las palabras. Mientras una de las genealogías es fabricada; la otra, la de Oliver, es real y como el ejercicio resulta ser una prueba, Oliver, el alumno, pasa el improvisado examen. Pero ambas, al escucharlas, parecen posibles. En ese recorrido por las distintas formas de nombrar algo que remite a lo sensorial, la sensualidad y la madurez (damasco), el lenguaje parece manejarse por capricho, casi por un impulso hedonista, al igual que van a hacerlo los amantes. Llámame por tu nombre establece en esta escena (y en otra, en la cual Elio intenta seducir a Oliver tocando el piano) su preferencia por los matices, por las variaciones. Por otro lado, la estructura que busca la película podría describirse como articulada a partir de ecos: son varias las escenas que remiten a otras anteriores, similares sin ser idénticas.

Si Llámame por tu nombre utiliza el lenguaje para describir el ambiente familiar, su paciente educación de los gustos de Elio, así como para aislar a los amantes de su entorno, también lo hace para revelar la deficiencia del lenguaje mismo frente a la experiencia. El lenguaje no puede asir todo lo que experimentan Elio y Oliver. ¨Hay mucho que no sé¨, arriesga tímidamente Elio y agrega: ¨acerca de las cosas que importan¨. En la escena los dos hombres han salido a pasear por el pueblo -nunca se establece con claridad un lugar geográfico, la historia transcurre en el norte de Italia- y observan un monumento que al principio se confunde con ruinas. Elio, que conoce el mundo a través de los libros, explica que se trata de un monumento a la batalla del Piave, que dejó una gran cantidad de muertos durante la Primera Guerra Mundial. Caminan alrededor del monumento, que se interpone entre ellos, lo rodean, cada uno por su lado, observándolo pero también midiéndose (la película nunca pierde de vista que un amante no deja de ser un rival). Elio, haciendo eco del silencio que impone y evoca el monumento, le da a entender a Oliver que está enamorado de él. Lo dice sin decirlo, insinuándolo. Quizás toda historia de amor adolescente (Elio tiene diecisiete años y el punto de vista en gran medida es el suyo) se imagina a sí misma tempranamente como tragedia. En ese sentido, el escenario elegido para la torpe confesión de Elio es uno de los tantos aciertos de la película.

Cabe señalar otro mérito que consiste en recurrir a imágenes de gran carga poética sin que resulten cursis o vacías, sin altisonancias de ningún tipo. Esto se evidencia en una escena en la que vemos a Elio y Oliver acompañar al padre de Elio al sitio de un hallazgo arqueológico. Contemplan en silencio, la extracción de una estatua griega del agua. Se trata de un regalo entre dos amantes, un mensaje de amor que no llegó a destino ya que el barco que la llevaba naufragó. La estatua es la de un hombre, un cuerpo de varón, que, como el de Oliver, encarna ideales helénicos y que regresa oportunamente del olvido (al igual que el monumento que vieron anteriormente). Si enamorarse es comparable con ver aparecer algo que estaba oculto o sumergido, Llamame por tu nombre, en ningún momento establece esta equivalencia posible sin decirlo. En todo caso, la escena privilegia la contemplación silenciosa del hallazgo y deja que el público adivine sus posibles repercusiones en Elio y en Oliver.

Llámame por tu nombre reitera una y otra vez su preferencia por la coexistencia de tonalidades, grados, ambigüedad y no parece interesado en síntesis ni en certezas. En la última escena, vemos a Elio sentado en el living mirando y admirando el fuego (Oliver también era pura vitalidad). Es invierno y la historia de amor cuyo destino era ser breve e intensa, terminó. Vemos a Elio llorar y acompañamos un sinnúmero de cambios ínfimos en su mirada (notamos enojo, desconcierto, tristeza, una callada sensación de triunfo). Queda claro: ya no media el lenguaje, no tenemos necesidad de nombrar esas pequeñas modificaciones anímicas. Una última observación: justo antes de que veamos a Elio llorar frente al fuego, su madre lo llama por su nombre. Elio y Oliver han intercambiado nombres como parte de un juego íntimo. Cuando su madre dice ¨Elio¨, cuando lo nombra, los ojos de Elio, melancólicos y perspicaces, se iluminan apenas. Elio comparte un secreto consigo mismo. Quizás finalmente la adultez sea eso.

Acá pueden leer otro texto sobre esta misma película de Carla Leonardi

Llámame por tu nombre (Call me by your name, EEUU/Italia, 2017), de Luca Guadagnino, c/Armie Hammer, Timothée Chalamet. Michael Stuhlbarg, 132′


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