9788415405825Adrián Sánchez Esbilla es uno de los críticos españoles más interesantes que pueden encontrarse en Internet. No es el habitual comentador de estrenos sino el ojo avezado que señala lo que se nos ha escapado: el ignoto policial clase B, el eurocrimen olvidado, algún horror desprestigiado con injusticia, cine oriental sin distribución comercial. Sus reseñas abarcan todas las épocas, nacionalidades y géneros del cine. E incluso extrapola sus reflexiones al mundo de la historieta. Su prosa seca, concisa y precisa lo postula como el  Jim Thompson de la crítica de cine. Nada de adjetivaciones facilistas ni de ideas vagas ni de proyecciones personales: la película es un objeto con alma y la crítica debe dejarla al descubierto. Ahora se ha propuesto una consigna temeraria. Ni una historia a secas, ni una historia sino LA historia del cine australiano. El artículo señala, tácitamente pero con contundencia, su aspiración totalizadora.

La historia del cine australiano comienza reseñando la prehistoria -desconocida por completo- del mudo, sigue con el clásico, inesperadamente exiguo y de ribetes britanófilos –que incluye producciones de la Ealing e incluso un par de magníficas obras de Powell y Pressburger- y hace hincapié en el revival que comienza en los 70 con Walkabout de Nicolas Roeg y Wake in Fright de Ted Kotcheff. Estas películas, acuñadas por directores extranjeros –sino o estigma que atraviesa toda la historia del cine australiano- son el mojón inicial del nuevo cine con identidad patria y Esbilla las coloca en el sitial de honor que merecen. Los minuciosos y exquisitos análisis de estas obras maestras indican el inicio de la parte más sabrosa del libro.

El período que va de 1970 a 1985 condensa un cúmulo de obras magníficas y pone de relieve la voluntad de imponer una conciencia nacional, una cosmovisión nativa y una estética propia. Aparecen los temas recurrentes: el extraño que es repelido o fagocitado por la comunidad, la ruralidad amenazante, lo aborigen y lo tribal, la relectura de la relación entre Gran Bretaña y Australia, el pastiche genérico (la ozploitation, el oznoir, la comedia Ocker), la reaparición de películas sobre bushrangers (forajidos legendarios que son presentados como manifestaciones orgullosas de rebeldía) y sobre todo, el tema axial que atraviesa lo mejor del cine australiano: el fantástico sin fantástico. Es decir, aparece una voluntad fantástica que se impone a las historias que no escapan del realismo pero donde se exacerba la extrañeza, la presencia de algo superior que se impone sesgadamente, lo cotidiano que se vuelve amenazante, un destino prefijado del que no se puede escapar. Señalamos la punta del iceberg, algunas películas notables atravesadas por este haz temático: la anteriormente citada Wake in Fright, Picnic en las rocas colgantes de Peter Weir, Summerfield de Ken Hannam –una maravilla que desconocíamos y que se puede vincular temáticamente a la fabulosa y esotérica El hombre de mimbre de Robin Hardy- o Largo fin de semana de Colin Eggleston. Es la época de los grandes nombres que tendrán proyección internacional: Peter Weir, Bruce Beresford, Fred Schepisi, George Miller, Russell Mulcahy, Phillip Noyce. Quienes sólo conocen sus películas americanas se pierden lo más sustancial de sus obras.

SUMMERFIELD1SHAdrián Sánchez confirma nuestra sospecha sobre el cine australiano: que escamotea mucho más de lo que evidencia, que no es sólo un pequeño grupo de nombres prestigiosos cooptado –como siempre sucede- por Hollywood y que es una cantera que esconde cientos de maravillas por descubrir que abarcan los géneros más inesperados: la comedia juvenil, el punk, el melodrama, el musical o el western, dentro de muchas e  inesperadas sorpresas. Lo que cautiva de este trabajo de investigación  es que no detiene su recorrido en lo principal y arquetípico o en las épocas de esplendor sino que continúa, sistemática y meticulosamente, hasta 2014, hasta hace pocos meses nomás. La consigna primigenia que esboza el título –LA historia- se cumple con creces.

Cada época es estudiada en detalle, no queda obra por citar y desmenuzar a lo largo de las jugosas 400 páginas. Lo interesante de un libro de historia ejecutado por un ojo  crítico es que prioriza el análisis y hay un énfasis en señalar y exponer las cualidades cinematográficas de las obras por sobre la mera enumeración de fechas y nombres.

Pero hay algo que se echa de menos en esta edición: un listado de películas citadas. Son tantas y tan seductores los comentarios como tanto nuestro desconocimiento, que hubiese sido de gran utilidad para posteriores búsquedas.

Es una alegría que un texto de este calibre sea acuñado directamente en castellano. La mala noticia es que fue editado en España y nos separa un océano de la posibilidad de adquirirlo. Queda la esperanza de que las librerías especializadas se apiaden de los cinéfilos argentinos. Vamos a dejar el cierre de la reseña  al propio autor, que resume muy bien el espíritu del libro: “La historia del cine de  Australia, como la del país, es la historia de una búsqueda: la de una identidad en el punto vertiginoso donde converge nuestro principio y nuestro probable final. Este camino no es una línea: es un espiral que comparte el tiempo del sueño y el real. El pasado es visible desde el presente y viceversa. Su naturaleza es la de asumir como inevitable, y hasta ordinario, un ciclo apocalíptico de creación-destrucción-reconstrucción. Su identidad es líquida, mutable y repetitiva”.


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