hijos-de-las-nubes-la-ultima-coloniaMotivaciones políticas. Al sur de Marruecos, en la panza noroccidental de África, hay un territorio casi tan grande como la provincia de Buenos Aires que no es, oficialmente, parte de ningún país. Se llama Sahara Occidental. Este nombre, más descriptivo que propio, como el de una calle todavía sin nombre, habla también de su situación política. Fue una colonia española hasta 1975, cuando Marruecos la ocupó sin ejércitos ni armas. El hecho se conoció como la Marcha verde. El rey marroquí Hassan II convocó a la población a marchar en alucinante caravana civil sobre el territorio todavía bajo dominio español. Las imágenes documentales de esa especie de blitzkrieg colonizadora son impresionantes. Cientos de miles de personas trasladándose por un desierto cinematográfico en micros, camiones, autos o a pie.

El mundo todavía se ordenaba por la didáctica lógica de la guerra fría. Marruecos tenía el apoyo de Estados Unidos y Francia. Argelia reclamó el territorio aliada a la URSS. Desdeese momento Sahara Occidental está parcialmente ocupado por Marruecos y parcialmente por el Frente Polisario, independentistas saharauis. Miles de personas viven en campos de refugiados transitorios desde hace 37 años.

El gancho taquillero de la película es la presencia de Javier Bardem. Sin embargo, él no se adueña del centro de la escena ni es el narrador de la historia. Sólo aparece cuando lo llama el relato, en su papel de activista por los derechos de los saharauis, como un entrevistado, o en imágenes documentales desprolijas planificando las presentaciones de petitorios ante la ONU y el gobierno español.

El film está estructurado entre imágenes documentales de las épocas que se relatan, otras actuales, y entrevistas heterogéneas. Esta última característica permite una intensa lectura política que no se agota en este conflicto.

En el discurso de los refugiados se puede ver la angustia por sostener una vida en suspenso durante tantos años. Posiblemente las condiciones materiales concretas de la mayoría de esas personas no difieran de las que podrían tener en cualquier país estable del norte de África. Sin embargo, esa situación de transitoriedad parece ser menos tolerable que una estabilidad miserable. Muchos de los entrevistados hablan de la “imposibilidad de progresar” o de llevar adelante “los proyectos personales”. La sensación de oportunidad latente es quizás la mayor potencia de la democracia capitalista. Las barreras de contención están lo suficientemente lejos para que no puedan verse. En una escena, en la que Bardem va a visitar la zona del muro que separa los territorios ocupados por marroquíes de los ocupados por los saharauies, alguien señala el horizonte vacío y dice que unos kilómetros más allá hay un alambre, luego las minas personales y luego el muro. El muro no llega a verse nunca, pero la sola proximidad altera a todos, incluido el espectador. Es la zona donde los derechos individuales pasan a un segundo plano, donde se ve que la libertad está vigilada. En la película Cuestión de honor (A few good men, Rob Reiner, 1992) Jack Nicholson, ya acorralado por las pruebas en su contra, le grita a Tom Cruise la verdad que no se dice: “Vivimos en un mundo rodeado de muros y esos muros son vigilados por gente con armas. (…) Mi existencia, por grotesca e incomprensible que le parezca, salva vidas. Usted no quiere la verdad porque en lo más profundo usted me quiere en ese muro, me necesita en ese muro (…) No tengo ni el tiempo ni las ganas de explicarme a una persona que se levanta y se acuesta protegida por la libertad que yo le proveo y después me cuestiona la forma en la que se la proveo”.

hijos-de-las-nubes-pelicula-15Los refugiados no están ni adentro ni afuera de los muros. Su vida es una espera consciente. Una linda paradoja expresa esta situación: “qué dios nos ayude a decidir por nosotros mismos”. Límites y desventuras del libre albedrío.

El de los refugiados es el primer paso del escalafón de poder que asciende el documental. Sobre los individuos aparecen los dirigentes saharaudíes. Para ellos, Marruecos es el enemigo y su tarea consiste en hacerse escuchar por algún poder que pueda obligar a ese país a retirarse o negociar. Fue así como se aliaron con Argelia en la época de la guerra fría. Seguramente se habrán escrito páginas y páginas argumentando sobre las virtudes morales de Argelia y la URSS en ese momento, sobre las íntimas convicciones de quienes defendían esa alianza. Ahora la distancia hace evidente que esas convicciones son coyunturales, que la verdadera posición está basada en motivaciones mucho más corpóreas.

Sobre el nivel de los líderes locales aparece una primera línea de dirigentes políticos europeos. Expresan el discurso aceptable a la hora de ser publicado: la indignación por una “situación lamentable”, por el “sufrimiento de tanta gente inocente”, y la valoración de que, “a pesar de todo”, en ese pueblo “no hay odio ni resentimiento”. Esta condición es lo que los habilita como víctimas pasibles de nuestra empatía. Es decir que si, después de ser conquistado, dominado, humillado, oprimido, torturado y asesinado, sentís odio o resentimiento, ese sufrimiento queda invalidado. Lo que se valora es la inacción que permite la estabilidad de un sistema. La motivación de la declaración pública de ese dirigente es la permanencia de esa inacción.

Paralelo a este discurso aparece el de Esteban Beltrán, presidente para España de Amnistía Internacional. Es el discurso de la ONG. Unprogre bonachón que adopta los valores pragmáticos de la democracia capitalista como valores morales. Se le llena la cara de entusiasmo cuando habla de la primavera árabe, de un movimiento de masas que luchan por la libertad. Se encandila con el “gran poder” de las multitudes. Se olvida de que esas revueltas no son un sistema político sustentable, son una hermosa embriaguez que puede provocar cambios, buenos o malos, y que puede voltear gobiernos dictatoriales o no, pero sólo acompañados por un poder concreto que las apoye. Las masas sin dirigencia no cambian ni forman gobiernos.

Beltrán sostiene que está demostrado que el respeto por los derechos humanos genera estabilidad. No considera la opción más compatible con la experiencia, que es la estabilidad la que permite un mayor respeto de los derechos humanos. La violación de estos derechos parece propia de una manera aberrante de lidiar con los conflictos, mucho más que la ocurrencia de algún líder de mente malvada dispuesto a minar su propio poder en una sociedad dócil. En este sentido el progresismo es bastante religioso, cree que el bien traerá el bien. Pretenden, como dice Robespierre, una “revolución sin revolución”. El mismo Beltrán termina hablando de la “enorme energía que libera la democracia”. Sin ingenuidad, el plano siguiente muestra soldados en el desierto cargando cientos de garrafas.

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La película sube otro escalón más en la jerarquía de poder. Un exministro de relaciones exteriores francés sentado en un salón de impresionantes techos dorados se sincera: “Marruecos es nuestro aliado, vamos a apoyarlo haga lo que haga”. Algo parecido dice Javier Bardem que les dijo el representante para Francia en la ONU. Empieza a aparecer una política más profunda, más cerca de los resortes reales de poder. Ahí empiezan a desarmarse los demás discursos. Esto no quiere decir que los invalide, sólo evidencia que las motivaciones y las pasiones son propias de un nivel de realidad particular. Las razones de un nivel no son válidas ni poderosas en otro nivel.

Otro entrevistado, hablando con la lógica de los altos niveles, dice que estamos acostumbrados a pensar, cartesianamente, para un problema una solución. Sin embargo, en este caso “la no solución es la solución”. Dada la situación de las fuerzas en conflicto, mantener la situación transitoria es lo que sostiene la estabilidad. Es la estrategia aplicada a este caso por los que toman las decisiones. Posiblemente una de las grandes capacidades del poder sea la de convivir con la indefinición. Lo que ni los refugiados, ni la mayoría de nosotros, podemos hacer.

Hay un paso más en la jerarquía del poder. La película no lo da, pero una frase lo insinúa. Bardem llama por teléfono a un funcionario marroquí para conseguir una entrevista. Atiende un contestador: “Telecom Marruecos le anuncia que este teléfono está desconectado”. El discurso del apoyo “haga lo que haga” a Marruecos desde Francia “porque son nuestros aliados” es repugnante, pero confesable. Tiene una épica guerrera y una alusión al compañerismo, a la lealtad. Los valores abstractos, por extraños que sean,  son tolerables. Pero en ese contestador telefónico se asoma la razón concreta, qué significa esa alianza, cuáles son los intereses que la motivan y por los que una potencia mundial se moviliza.

Aquí pueden leer un texto de Paula Vazquez Prieto sobre el 15º Festival de Derechos Humanos, y acceder a las críticas de otras películas programadas.

Hijos de las nubes, la última colonia (España, 2012), de Alvaro Longoria, c/ Javier Bardem, Elena Anaya, 80’.


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