Dicen que las cosas que nos ocurren en la infancia quedan grabadas para siempre de un modo indeleble e inoxidable en nuestra memoria. El encontrarnos con algo hermoso es un suceso que no podemos dimensionar. El niño nunca racionaliza el disfrute. No ata cabos ni realiza grandes análisis sofisticados sobre lo que le gusta. Simplemente eso ocurre cualquier sea el campo sobre el que estamos hablando. En mi caso en particular al venir de una familia cinéfila empecé a ver películas desde muy chico. La cinefilia de mis viejos se hizo carne en mí. Así fue que desde chico me la pase viendo todo tipo de películas. Con mi viejo iba a los cineclubs de barrio a ver películas de Kurosawa y Bergman; y con mi vieja y mi abuela iba ver los clásicos de Disney, policiales ochentosos de Belmondo y Delon. En esa época pionera y fundadora yo no sabía lo que era un director de cine ni tampoco sabía que era ni como se ponía una cámara. Tampoco pensaba en que toda imagen es ideológica ni me ponía a reflexionar sobre el misterio y el trabajo que conllevan la puesta en escena. Cuando era pequeño para mí una película era básicamente propiedad de los actores. Acordaba sin saberlo con Bioy Casares al que una vez en un reportaje escuche decirle que una película era suficientemente buena si durante dos horas en el silencio y oscuridad de una sala de cine el espectador se olvidaba de que eso que estaba viendo era ficción y se confundía la representación con la más pura realidad. En ese paraíso fundante en el que el cine era exclusivamente de los actores había una serie de caras reconocidas y queridas por mí. Caras que me significaban cercanía y familiaridad de un modo difícil de poner en palabras. Además de los mencionados Delon y Belmondo había algunos actores que a fuerza de carisma y encanto lograban generar en mí una sensación de familiaridad que hacían que me quedara embobado frente a la pantalla durante el tiempo que durara la película que ellos estaban protagonizando. Entre esos actores se encontraban Steve McQueen, Lee Marvin y Gene Hackman entre otros. A diferencia de todos los otros actores que mencione en estas líneas Hackman siempre represento al tipo común y corriente. No era el típico galán ni el estereotípico villano. Su potencia parecía provenir de su simpleza. Lo que siempre me fascino de su tipo de actuación es que actuaba como si no estuviera actuando como los grandes jugadores de futbol que hacen las cosas más difíciles casi sin transpirar. Hackman hacia fácil lo difícil sin hacer jueguito para la tribuna. La primera película que recuerdo de él fue Contacto en Francia (Friedkin, 1972). Allí Hackman interpretaba a Popeye Doyle, un policía al filo de la ley que se encargaba de desmantelar a una temible banda de narcotraficantes liderada por Fernando Rey. Contacto en Francia tiene una de las grandes escenas de persecución automovilística de la historia del cine. Es la que emprenden el propio Hackman y Marcel Bozzuffi en una alocada carrera que enfrento a un auto frente a un tren. Recuerdo que unos años después vi Contacto en Francia 2 (Frankenheimer, 1975) y la disfrute casi tanto como la primera. Hackman había logrado lo que cualquier actor añora. Hacer borrosa la frontera entre actor y personaje. Desde mi candidez Hackman era el detective Doyle así como Stallone era Rambo y John Wayne un vaquero cualquiera. En la misma época vi Superman (1978), de Richard Donner donde interpreta a Lex Luthor, logrando crear a uno de los más grandes villanos de la historia del cine de superhéroes. Su interpretación graciosa y sencilla se encuentra en las antípodas de la representación del villano que años después representaría el Joker de Jack Nicholson. Lejos de cualquier tipo de grandilocuencia Hackman construyo desde el más virtuoso minimalismo a un villano humano, demasiado humano que pondría desde esa simpleza en jaque al Superman interpretado por Cristopher Reeve y al planeta tierra. A lo largo del tiempo y desordenadamente se fueron sucediendo mis encuentros con Hackman. En alguna de aquellas tardes míticas de la infancia vimos con mi madre La aventura del Poseidón (Neame, 1972). Hermosa y olvidada película de cine catástrofe en la que Hackman lleva consigo el peso de la trama. Hackman conduce a los sobrevivientes de un lujoso transatlántico luego de que este colapsara producto de un tsunami. Nuevamente su tipo de actuación naturalista hace que uno crea que lo que sucede ahí es indefectiblemente real y que no podría jamás suceder de una manera distinta a como sucede. He visto muchísimas veces desde esa primera vez La aventura del Poseidón y la magia y el misterio de todo lo que sucede ahí siguen para mi intactos como la primera vez.

Hackman no es un actor que posea en su filmografía muchas películas consideradas obras maestras por la crítica cinematográfica. No es la intención de estas líneas reflexionar sobre esa adjetivación que muchas veces es vacía y solo esta incrustada para darle entidad a productos que de por si no lo tienen. Es más bien un actor que brillo en esos nobles y muchas veces notables productos que Hollywood produjo desde su inicio y que todavía sigue produciendo. Me refiero a un cine de entretenimiento en el que esa pulsión por llegar al público no está reñida con la calidad que una película debe tener. Hackman nado como pez en el agua en el corazón de la industria dotando a las películas en las que actuó de su humanidad.  En Mississippi en llamas (Parker; 1988), notable policial humanista dirigido por Alan Parker, Hackman y Willem Dafoe interpretan a dos agentes del FBI que se sumergen en la investigación de un asesinato perpetrado por el Ku Klux Klan. La película funciona como un policial hecho y derecho más allá del denuncismo obvio del tema y nuevamente las actuaciones de la dupla protagonista son las principales responsables de que el relato funcione del modo en el que lo hace. En los últimos años Hackman brilló en otros dos excelentes policiales como son Tribunal en fuga (Fleder, 2003) y Poder absoluto (Eastwood, 1997). En tribunal en fuga encarna a un malvado y cínico abogado que por todos los medios busca manipular estratégicamente al jurado que debe emitir su veredicto. En tanto que en Poder absoluto dirigida por Clint Eastwood representa a Alan Richmond, un imaginario presidente de los Estados unidos que comete un asesinato que es descubierto accidentalmente por un ladrón interpretado por el mismo Eastwood. Durante el transcurrir de los años seguí viendo a Hackman en películas de las que ni siquiera recuerdo el nombre pero que ahora en el frenesí de la muerte googleo para poder reseñar. En Hoosiers interpreta a un bondadoso y estricto entrenador de Básquet que intenta rehacer su vida. También filmó en esa misma época Sin salida (Donaldson, 1987), un triller injustamente olvidado en el que interpreta a un secretario de defensa envuelto en un crimen. La película se sostiene gracias a las dosis de suspenso notablemente administradas por su director, y por el contrapunto actoral que llevan adelante Hackman y Kevin Costner. La obra maestra indiscutida de Gene Hackman es la conversación de Francis Ford Coppola. Filmada entre el padrino y el padrino 2 dicho film capta las tensiones políticas de la guerra fría y la paranoia propia de los ‘70. Lo maravilloso de La conversación (Coppola, 1974) es que está construida como un policial clásico, pero por la trama se cuelan los fantasmas propios de la época que llevan a su protagonista a la locura. Otra película en la que participo Hackman plagada de prestigio fue Los excéntricos Tenembaums (Anderson, 2002). En esa hermosa comedia agridulce su director disecciona el significado de lo que entendemos por familia. Hackman encarna al patriarca de los Tenembaums, una familia disfuncional en la que sus integrantes hacen lo que pueden con su vida, como todas las familias. En el último tiempo vi dos películas de Hackman que no había visto en su debido momento. Los imperdonables (19929, de Clint Eastwood es un retrowestern fabuloso. Aquí Hackman construye un personaje ambivalente que se erige como guardián de la ley en tanto cumple con su función de alguacil, pero, a su vez, no vacila en torturar y asesinar a sangre fría para imponer el orden. Hace unos días vi Marea roja (1995), de Tony Scott, una película infravalorada de la década del 90 en donde se libra una batalla sin cuartel entre dos bandos al interior de un submarino nuclear. La película de una acción arrolladora se sitúa al finalizar la guerra fría y es sin lugar a dudas una de las grandes películas de acción de fines del siglo XX. El film de Scott sostiene su tensión gracias al duelo actoral que llevan a cabo Denzel Washington y Hackman en la que es sin dudas una de las grandes actuaciones de su carrera.

Estas películas que recordé al azar no tienen la pretensión de ser un ranking objetivo de películas protagonizadas por Gene Hackman. Funcionan para mí como un recordatorio de todo lo que hizo y significó Hackman en la historia del cine y de cómo su trabajo impacto en mi vida. Su tipo de actuación se aleja del histrionismo virtuoso de actores como De Niro o Pacino dejando de lado cualquier tipo de barroquismo interpretativo. Actor de silencios y miradas se adelantó muchos años a un tipo de interpretación silenciosa que marida bien con todos los géneros. Él no necesitaba decir mucho en escena. Su sola presencia invadía la atmosfera y contagiaba su energía. Cuando era bueno conmovía hasta las lágrimas y cuando era malo intimidaba con solo mirar. A su vez siempre construyo personajes ambiguos y misteriosos a los que el espectador siempre tuvo que completar. Ahora que se fue al otro lado de las cosas solo queda evocar su presencia y volver a mirar sus películas. Con su muerte reflota mi nostalgia por un tipo de cine que prácticamente no existe más en el que el amor por los géneros y las historias simples de narrar podían vincularse con una indagación profunda del alma humana y de la técnica cinematográfica. Un tipo de cine tan bueno que pareciera que se hacía solo.

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