Si en Los ganadores (2016) se había adentrado en el submundo de las premiaciones clase B, con toda su fauna variopinta de personajes orgullosos de la cantidad de premios obtenidos, en Todo el año es Navidad (2018), el realizador Néstor Frenkel bucea con su mirada aguda en el universo de aquellos que todos los meses de diciembre se ponen en la piel de Papá Noel.

El prólogo del documental en blanco y negro, que combina distintos fotogramas de otra época, es preciso en tanto funciona como anticipo de lo que seguirá. Dos niños corren y ven en el cielo algo que parece ser un ángel. Allí arriba la voz del arcángel Gabriel le pide a Santas Claus que descienda a la Tierra, aunque todavía falte para diciembre. Aquí, con el descenso del mito ideal a la Tierra, el director plantea no sólo su humanización sino también la variación de sus diversas encarnaciones en aquellos hombres que año tras año lo interpretan como personaje de ficción.

Asimismo, se cuentan los orígenes de este anciano legendario que vive en el Polo Norte y que viaja con sus renos por los distintos países para entregarles regalos a los niños, y que se remontan a la historia de San Nicolás de Bari tironeado entre los intereses comerciales de su padre y los cristianos de su madre. Esta doble composición es la que conforma al Papa Noel de nuestra actualidad, cuando el santo cristiano que legó sus bienes a su comunidad y se convirtió en sacerdote fue cooptado por los intereses del negocio capitalista. De este modo, Frenkel sitúa las dos raíces en las cuales se funda el mito. Y aunque lo común en los Papá Noeles de carne y hueso sea la iconografía clásica de la vestimenta roja, el gorro y la barba blanca, dará cuenta, a través de los diversos testimonios de los intérpretes que vayan pasando, tanto de la contradicción intrínseca a su figura, como de la diferencia en el tono de la interpretación de acuerdo a cuál de las dos líneas enfatice más el actor que lo encarne.

De este modo, por ese set que emula una suerte de casting irán desfilando los diversos Papa Noel con sus respectivas historias. Tendremos al Papá Noel que lo encarna por tradición (su padre hacía de Papa Noel cuando era niño) y que se dedica durante el año a la artesanía de pesebres y muñecos del personaje; al Papá Noel que lo toma como un trabajo más entre todos los que hace durante el año -como ser pintor, plomero y brindar sesiones de reflexología y masajes-; al Papá Noel obsesivo y perfeccionista en el cuidado de la imagen icónica que vende; al que viaja frecuentemente en el año y que encontró su destino como Santa el día que se le apareció Jesús; el ferretero, que tiene el Santa como determinación de su apellido y que modificó su vínculo con los niños, llegando incluso a comunicarse telefónicamente con ellos durante el año; el Papá Noel pelado que es luchador e instructor de defensa personal; el que mientras acampaba en la Patagonia tuvo la visión de un duende y ese encuentro le significó definir su misión en la vida interpretándolo; el Santa obrero, militante de izquierda, perseguido en la época previa al golpe de Estado del 76, que encuentra en el personaje la síntesis superadora de la contradicción de ser un trabajo extra a su jubilación y un canal de expresión de su genuina solidaridad; y también el megalómano, y quizás el más bizarro, que se jacta de ser un actor excepcional capaz de interpretar diversos personajes medievales, que se autocomplace con el estado físico que conserva,  que practicó boxeo en su juventud  (y alega que podría haber vencido a Monzón) y que se muestra como una suerte de playboy con las mujeres en las redes sociales.

El capitalismo propone una subjetividad cada vez más despojada de marcas identificatorias que la anclen en un mundo autóctono, y cada vez más cínica al reducir todos los vínculos a meras transacciones comerciales. De este modo, anula la magia del encuentro, la posibilidad de la fantasía y del juego del deseo, dado que no son funcionales a su espíritu de consumo. En este contexto, Papá Noel aparece como ese emblema de la cultura anglosajona que penetra en todos los hogares del mundo de la mano de la Coca-Cola, barriendo con las creencias culturales propias de cada región y a la vez como representante del triunfo del capital sobre la mística de la religión. En relación con esto resulta interesante la secuencia que recorta Frenkel de la reunión de los distintos Papa Noeles, (que evoca la Convención de Batmanes del Mercosur del programa televisivo Chachacha), suerte de coaching y grupo terapeútico donde conversen sobre la pérdida de la magia navideña en estos tiempos, donde los niños se interesan solamente por abarrotarse de objetos y donde cada vez resulta más difícil sostener la impostura de la ilusión. Y también en esta línea, destaca la participación del caza talentos y representante de Papa Noeles, empresario que vende sus productos a múltiples empresas privadas, obteniendo sus ganancias a costa de hombres necesitados económicamente. La industria navideña mueve así una gran cantidad de dinero, no sólo con los Santas, sino también con una amplia variedad de merchandising. Hay un plano elocuente en el documental que muestra un fastuoso hotel decorado con luces navideñas mientras por la calle pasa caminando  un cartonero con su carrito, y por la vereda se puede ver un Papá Noel. La navidad ha devenido en una industria fabulosa donde unos pocos obtienen grandes ganancias, muchos pelean por hacer un dinero extra actuando de Papá Noel y muchos más ni alcanzan a tener la dicha de celebrar la tradición con dignidad.

En Todo el año es Navidad, la mirada lúcida de Néstor Frenkel, sin desdeñar el humor que lo caracteriza, profundiza en el icono navideño de la mano de sus múltiples encarnaciones y propone una reflexión sobre ese mito que sintetiza las reglas de juego de la época contemporánea al haber hecho de la magia misma un producto de mercado. En este contexto, recuperar un poco los sueños y las creencias particulares, quizás nos vuelva más atentos y tolerantes con las diferencias del prójimo.

Todo el año es navidad (Argentina, 2018). Guion, dirección y edición: Néstor Frankel. Fotografía: Diego Poleri. Duración: 76 minutos.


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