
Los veranos suelen tener un tema, una canción que los define, que los marca en una historia ya sea desde lo personal o desde lo colectivo. En muchos casos, son canciones que después de esos meses, se desvanecieron en el aire y solo fueron rescatadas años más tarde bajo la difusa categoría de “clásicos”. En todo caso, parecen ser el resultado de una sintonía entre la rítmica –y el texto- y cierto espíritu del momento, impulsados por una buena dosis de publicidad disimulada bajo el rótulo de “alta rotación”. En la película de Pablo Stoll Ward, no hay un tema del verano. Hay un momento en el que Ana (Azul Fernández) le dice a Felipe (Leandro Souza) que le haga escuchar “el tema del verano”, pero solo circula –tanto en esa escena como en una anterior en la que participa Patricio (Sebastián Iturria)- por los auriculares que se calzan. Es posible que se trate de ese hip hop que Felipe está cantando, abstraído de todo, en medio del bosque, cuando llegan las chicas, pero no hay forma de saberlo. No es una decisión caprichosa ni una ironía, sino una programática: en El tema del verano, de lo que se trata es de desmontar las nociones previas, para reconfigurarlas de una manera menos sesuda, menos seria.
Desde otra perspectiva, el tema del verano podría aludir a aquello de lo que todos hablan, aquello que mueve los humores y tendencias sociales. Y entonces ahí, la película contiene una derivación interesante: porque el tema de ese verano es una pandemia, que a juzgar por lo que puede verse en una imagen de TV –único contacto con la realidad desde esa laguna donde está la “residencia de artistas”-, ya ha provocado conflictos, luchas en las calles y desbordes represivos. Pero ese tema desaparece como tal, porque a las tres protagonistas –Ana, Malu (Malena Villa) y Martina (Débora Nishimoto)- solo les interesa esquivar los controles, fraguar certificados de vacunación que les permitan seguir circulando libremente para robar a hombres a los que seducen, mientras piensan ir a pasar unas vacaciones en Aspen. La anulación de toda perspectiva posible de avanzar sobre los elementos que se van planteando, es una especie de zigzagueo que se va componiendo para que eso que amenaza irrumpir como centro, se diluya rápidamente.
Y cuando todo parece encaminarse hacia la centralidad de esas tres jóvenes que actúan bajo la forma de “viudas negras”, El tema del verano vuelve a virar, con simpleza, haciendo que el objeto del próximo ataque no esté donde se lo iba a buscar. Lo inesperado no se plantea como vuelta de tuerca para sostener el relato, sino para incomodar las expectativas de los personajes, y con ellos, las del público. En lugar de Ramiro (Gonzalo de Galiana), el artista adinerado dueño de esa mansión junto a la laguna, encuentran a dos aspirantes a artistas: Patricio y Vero (Romina Di Bartolomeo). Ese tramo en el que conviven los cinco personajes –seis, si se cuenta a Felipe, refugiado en una pequeña casa alejada de la mansión- está marcado por un juego que oscila entre el mantenimiento de la apariencia propia –y el descubrimiento eventual de la ajena- y las disputas –o acercamientos- que se establecen mano a mano entre los personajes.

En verdad, el centro del relato pasa por un desbarrancamiento continuo en lo que todo lo que se encara, termina saliendo inevitablemente mal. Después de esos momentos iniciales que representan el triunfalismo –hasta visualmente si vemos el momento de la salida de la casa-, en los que las tres protagonistas logran arrebatar el dinero de esos “chetos” –como los llaman ellas- y burlar al retén en la ruta en busca de no vacunados, , cualquier plan se volverá un fracaso. Es cierto que las protagonistas le ponen voluntad, cuando logran evitar que el puente destruido –que no es advertido como posible señal de algo- se interponga como obstáculo. Pero de allí en más, los sucesos se producen como un encadenamiento de fallas al que se ven arrastradas junto con los demás personajes. Lo que parece primar es el error de cálculo: un exceso involuntario en la proporción de la droga que administran a Tito y Vero, en lugar de dormirlos, terminará por matarlos, y desde ese momento, convertirse en zombies, en función de ese cruce con la vacunación; un error en la previsión de la trampa que le tienden a Ramiro, derivará en la caída de Martina por la escalera.
El encadenamiento de acciones que implica la presencia de un zombie –o tres, como en este caso- sigue la lógica genérica: se trata de la expansión, como un virus que inevitablemente alcanzará a toda la población. Stoll Ward respeta esas coordenadas básicas del género –alimentación por la carne humana, multiplicación por ataque a los vivos, muerte real solo cuando se produce la muerte cerebral-, pero las reutiliza de acuerdo a la necesidad de la película. Se desinteresa por generar una lectura del género en profundidad, desplazándolo al territorio de la comedia –ese género que se sostiene justamente en la idea de aquello que sale mal-, a la experiencia casi gozosa de lo extremo. Aquí, los zombies se despiertan de la muerte y hablan como cualquier mortal. Ese despertar está acompañado de la salida de un vómito negro y profuso, que parece constituir antes una limpieza interior que un signo maléfico. Y el ataque a los vivos no es inmediato, sino retrasado, hasta ese momento en que las tripas empiezan a hacer ruido, delatando el hambre. Aquí, el zombie no ataca por instinto e insatisfacción continua, sino por ese hambre que empieza a manifestarse y que los devuelve a una pulsión casi infantil –ver la escena en la que Ana, Martina y Patricio reclaman, desde el otro lado del vidrio a Felipe y Ana para que les den algo de comer-.

La aparición del Comandante (Daniel Hendler) introduce un elemento nuevo que hasta ese momento no había surgido. No solo porque trae consigo y tiene rasgos parecidos a lo represivo estatal -“No los trate como a personas porque no lo son”, reza la proclama oficial; “No sirven para nada, no son el Hombre Nuevo, solamente quieren comer”, dice el cazador-, sino porque aporta una mirada política que entronca con la acción: la fase final del final del capitalismo en la que “nos comemos los unos a los otros”, es algo más que la descripción real de lo que ocurre. Es la visión de un modelo en el que todo termina reduciéndose a las pulsiones primitivas, a la animalización que implica el acto único de buscar comida y que esa comida sea el que está al lado. Pero es cierto, El tema del verano ni siquiera se cree ese camino como posible. El Comandante, en definitiva, no es más que un estadio intermedio entre la organización y las víctimas. En su última escena, pasa rápidamente de una a la otra. Su nihilismo le permite matar a los gendarmes que pronto se convertirían en zombies. Pero el límite es Ana. Y es Felipe. Esa extraña historia de amor que surge entre ambos, y que no puede culminar con la muerte definitiva de ella. Que el instrumento con el que se detiene al cazador sea un termo, no es solo un gesto de su importancia en la cultura uruguaya, sino el mayor desplante que Stoll Ward le hace a las películas de zombies.
El tema del verano (Uruguay/Argentina/Chile, 2024). Dirección: Pablo Stoll Ward. Guión: Pablo Stoll Ward y Adrián Biniez. Fotografía: Manuel Rebella. Edición: Lucía Casal y Andrés Pepe Estrada. Elenco: Azul Fernández, Malena Villa, Débora Nishimoto, Leandro Souza, Romina Di Bartolomeo, Gonzalo de Galiana, Sebastián Iturria, Daniel Hendler. Duración: 92 minutos
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