En una semana en la que Mi villano favorito 3 acapara el 75% de las pantallas del país, el estreno de una película de corte experimental como Alptraum, la segunda película de Ana Piterbag -quien debutó en estas lides con la mainstream Todos tenemos un plan, protagonizada por Viggo Mortensen y Daniel Fanego-, es celebrable.

Alptraum (pesadilla en alemán) se presenta como una búsqueda experimental independiente, con toques de film noir y una serie de manifiestas referencias que van desde el Polanski de El Inquilino y Repulsión hasta David Lynch, con un resultado general que es, por lo menos, fallido.

¿Podemos pensar que existe un «lugar común» de la experimentación audiovisual? No lo sé, pero lo que sí es cierto es que Alptraum atraviesa todos los tópicos conocidos de este tipo de propuestas: un protagonista looser y conflictuado (en realidad, un celoso compulsivo y algo violento) en plena espiral descendente que, más que llevarlo a la locura, potencia sus obsesiones. Todo visto desde una perspectiva que incluye el teatro off porteño, el aburrimiento, el deambular, y no mucho más.

La cosa inicia didáctica, con la explicación del mito del Krampus (la versión del Minotauro de Europa del Este): una bestia mitológica atormenta sin piedad a sus víctimas por la noche (de invierno y en Baviera) y sólo un hada llamada Hannah un día se le atrevió y la conquistó. Entonces, todo parece indicar que se establecerá algún tipo de relación entre el monstruo mitológico y lo que le sucede al joven actor y dramaturgo de la escena teatral independiente, Andreas (Germán Rodríguez), acosado en por la bestia no sólo en sus sueños sino también en la vigilia. Pero no, esta es una búsqueda sin preguntas, sin cuestionamientos. Todo es devenir en presente, el transcurso de acontecimientos suavemente aleatorios magnificados por el tedio.

Andreas tiene una novia (actriz ella también) a la que las cosas le van bien y, luego de mucho aguantar, se harta de los violentos estallidos de celos de su pareja y la relación naufraga. Se separan y así inicia el deambular del protagonista que (notable) está dirigiendo una obra pensada como una «búsqueda experimental» junto a un grupo de actores. Lo notable es el paralelismo que podemos establecer entre la actividad central del bucólico Andreas y el relato audiovisual que lo contiene, pero a eso llegaremos más adelante.

Pero no todas son pálidas: Andreas tiene un tío que le presta un departamento donde quedarse y es allí donde aparece el nuevo objeto de sus obsesiones. La vecina misteriosa: Hannah, una traductora de alemán y espía (?) a la que Andreas vigila y persigue -en la mejor tradición acosadora-, en un contexto con reminiscencias de film noir. Promediando la película, Andreas se torna algo extraño, tanto que se ubica entre lo bucólico y lo siniestro sin terminar de convencer en ninguno de los sentidos.

Filmada en blanco y negro en escenarios más que austeros (que remiten a una estética del policial negro de los 40 y 50), el clima buscado no se llega a discernir: quizás la opresión enunciada no se materialice en la luminosidad de los ambientes ni en la claridad de las plazas. Las referencias a lo onírico o, más bien, a esa división entre realidad “real” y realidad “soñada” siempre mostrada desde la imagen contenida en un cuadro con bordes esfumados y quemados es, sin lugar a dudas, otro lugar común de la enunciación.

Y volvemos al paralelismo entre Alptraum y la búsqueda experimental de Andreas que llega a un punto en el que sus compañeros actores le plantean que hace tiempo que están ensayando y que sienten que su trabajo no va hacia ninguna parte, que todo se desvanece… y justo en ese momento me sentí identificada con la experiencia Alptraum desde mi lugar de espectador.

Alptraum (Argentina, 2016), de Ana Piterbarg, c/Germán Rodríguez, Barbara Togander, Florencia Sacchi, 86′.


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