De las galaxias al Golfo.

Siento cómo el aire se vuelve más pesado y la gravedad incrementa la presión sobre mi cuerpo; la atmósfera se está disolviendo y siento la entropía sobre la piel, el calor que me abandona para siempre. Cuando abro los ojos me encuentro recorriendo la superficie lunar en una cápsula voladora de alta velocidad. Voy sentado en un asiento trasero único, precedido por un clásico sillón de terciopelo azul donde dos astronautas mueven la cabeza al ritmo de la música mientras pilotean la nave. Un bajo muy reconocible empieza a sonar justo cuando alcanzo a ver a lo lejos, recortándose contra el horizonte, una enorme bandera flameante que exhibe un dibujo de la cara de Stanley Kubrick.

– ¡Subile, papá, subile! – le dice el astronauta que está a mi izquierda a su copiloto, que hace caso inmediatamente y empieza a agitar la cabeza con más intensidad.

– ¡Dale que explota, wachín! Cómo dice…

Entonces se dan vuelta y me miran, cantando al unísono:

– ¡Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos! ¡Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos!

maxresdefaultTom Hanks y Matt Damon sonríen y no me sacan los ojos de encima, y al parecer tampoco parpadean, mientras intentan imitar a Luca Prodan; sus lenguas se traban y se confunden, sin dejar nunca de bailar ni de crecer en volumen y en largo. Cuando éstas ocupan ya el sesenta o setenta porciento del espacio libre de la nave, la canción llega a su fin y con el último golpe Hanks toma el mando para hacer que la nave se teletransporte un par de kilómetros por sobre la superficie lunar y luego la deja caer en picada. Ambos hombres intentan gritar, pero sus lenguas ya no dejan pasar el aire; lo hago en su honor.

Cierro los ojos, esperando un impacto que nunca llega. La nave se detuvo a centímetros de la superficie y los actores del espacio y sus lenguas subversivas desaparecieron. Derribo el parabrisas de una patada y me dejo caer al suelo. Corre una suave brisa y el aire huele a roquefort. A lo lejos veo a Wallace y Gromit compartiendo una tajada de queso lunar y un Termidor en cartón; me invitan con gestos de las manos, pero prefiero hacerme el desentendido y sigo caminando.

Ridley Scott pasa zumbando sobre mi cabeza subido a una plataforma propulsora y, mientras busco una piedra lunar para tirarle, me distraen los vaqueros espaciales de Eastwood, que se divierten domando elefantes lunares de tres cuernos y fuman habanos rechonchos y toman whisky añejado en Atlantis y hablan superficialmente sobre sexo y mujeres para ocultar torpemente sus impulsos homoeróticos latentes, como todo buen americano debe hacer.

Escucho la risa profunda de Brian De Palma surcar el vacío estéril del espacio exterior y el suelo comienza a temblar. A lo lejos, seguido por una manada de extraterrestres estereotipados, veo cómo John Carpenter avanza hacia mí a toda velocidad manejando una moto voladora de propulsión a chorro. El viejo chasquea los dedos y se materializa un conveniente sidecar.

– Saltá cuando yo te diga – me dice telepáticamente.

– Dale, viejito – le respondo sin dejar de sonreír.

El viejo se acerca y las criaturas crecen en tamaño y mutan de forma hasta volverse todos un mismo ser hediondo, terrible y voraz.

– ¡Uno, dos y… tres!

Salto, floto y caigo. Una vez acomodado, Carpenter me pasa un casco de carreras y un porro encendido, para luego dejar escapar una risa macabra.

– Agarrate fuerte, pibe, que esto se va a poner lindo.

– Lo mismo me decía John Wayne -respondo mientras el humo canábico empieza a nublarme la visión.

Me doy vuelta justo para ver cómo el gusano gigante y grotesco que nos persigue muerde el polvo. El viejo grita de locura mientras la moto atraviesa la atmósfera lunar y se pierde entre las estrellas.

– De la que te salvé, pibe -me dice cuando le devuelvo el porro-. ¿No me vas a agradecer?

– ¿Por qué? Si vos fuiste el que trajo a los bichos… o al bicho ese. No tuve nada que ver.

– Eso es lo que vos creés…

– Che, pero… Ese último, o su última forma, ¿era…?

– Sí, obvio. La oruga barata interestelar de la saga esa que te gusta.

– No seas así, che. No sé si esas películas me gustan o no, sólo las disfruto a un nivel primordial. Un poco por condicionamiento social, un poco por apelar a una inteligencia emocional más que racional, aunque todos sabemos que Episodios I, II y III son imperdonables. Un discurso más sobre preservar la importancia de su democracia fascista y le pongo un tiro a Lucas.

– Excusas de un oficialista arrepentido, eso es lo único que escucho. Son bazofia neoliberal, y bien lo sabés, pibe. La conquista del espacio no fue pisar la Luna, sino que Luke Skywalker haya sido proyectado en pantallas soviéticas clandestinas. Hollywood podría haber ganado la Guerra Fría, y en parte lo hizo…

– Sos un poco cascarrabias, pero tenés razón, viejito. Cuando fui a ver El despertar de la fuerza sólo podía pensar en cómo Jakku y el resto de los planetas desérticos son la representación americana del mundo árabe, donde todo individuo que no es un hombre blanco y sajón (bueno, acá una mujer y un negro, cliché diseñado para calmar progres) pasa a ser representado como un extraterrestre que habla lenguas inentendibles y maneja códigos morales dudosos. Los antagonistas siempre llevan túnicas largas que los tapan de pies a cabeza; no se llaman ISIS de casualidad. ¿Te diste cuenta que en esta los malos son terroristas, sólo que no se animan a usar la palabra? La República sigue en pie y la Primera Orden (el nuevo Imperio) amenaza su hegemonía galáctica (¿democrática?), lo que básicamente convierte a los Rebeldes en un grupo paramilitar oficialista, los SWAT del espacio o algo así. Lo más triste es que viven disfrazando su fascismo con chamuyo budista; la Fuerza y todo eso… Y todos vimos cómo se le escapó el sionismo a J.J. en la escena que parece un tributo irónico a El triunfo de la voluntad. Si la Primera Orden son los árabes y los árabes son el nazismo, todo está justificado. No jodamos.11054327_1005785596139708_3511366326044486993_o-615x256
Sin sacar la vista del cielo estrellado que nos rodea, Carpenter destapa dos porrones de cerveza, me alcanza uno y me dedica una sonrisa, para después brindar.

– Parecés sorprendido, pibe -dice después de unos minutos-. El cine americano oficialista siempre fue de reclutamiento. Los aliens siempre fueron los extranjeros; los distintos donde ellos ven una amenaza. Desde Heinlein a esta parte no cambió nada, sólo la masificación y radicalización del modo de consumo. ¿Qué pensás que son las películas de superhéroes? ¿Y quién las financia? El tío Walt, obviamente. Bueno, de las bélicas derechistas ni hablar, pero el subtexto de la fantasía funciona mejor a nivel inconsciente y el target no somos nosotros, sino nuestros pobres niños globalizados.

– Triste y cierto, por eso hay que hacer otro tipo de cine, o por lo menos ver otro tipo de cine…

Nos callamos y contemplamos el espacio unos segundos. Vemos pasar un satélite montado por un vaquero, que nos saluda con una mano y sostiene una bandera de Estados Unidos de América con la otra. Siento sabor a whisky en mi garganta y olor a jamón cocido en mi piel. Carpenter resopla y se dispone a romper el silencio con cara de pocos amigos.

– ¡Como si fuese tan fácil! Hoy en día es mandato social ver esas películas, sino el individuo sufre de algún tipo de exclusión; de alienación. Es sistemático y terrible, y no hay escapatoria alguna.

– Siempre viendo todo color de rosas…

– ¡Para eso están Lucaspielberg y todos sus hijos y nietos! Y hablando de las galaxias, ¿pensás que es la primera vez que reclutan por ahí? Fue así desde el principio. Irán y Libia en los 70s-80s, Irak y Afganistán en los 2000s y ahora todo listo para seguir aceitando la Tercera Guerra Mundial. Y esto no termina acá; según Disney hay Star Wars para los próximos cientos de años, o hasta que no quede árabe vivo, lo que pase primero…

Observamos el vacío y siento el calor de las estrellas. Pienso en el dolor de la guerra y en las mentes trastornadas que la toman por causa justa. Siento a esa misma ceguera esparcirse por las calles de Buenos Aires para confundir y fundar falsas conciencias que logren que la balanza siempre se incline a favor de unos pocos privilegiados. Siento el dolor de esta discordia impuesta y el vacío de las balas.

Siento cómo el espacio exterior carcome las almas y los pensamientos, unificándolos en una masa estable y maleable, contradictoria y alegre. Siento al absoluto reinar en paz, en el fin de los tiempos, lejos de la perpetua vanidad humana.

Puede leer la primera parte de este texto aquí.


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