John WayneIt Follows y su periferia.

– Y ojalá no vuelva a verle nunca má’ – me grita John Wayne, rematando una copla gauchesca mientras intento descender del caballo sin caer de cara al piso. – ¡Tomá!

El viejo revolea una botella de Campari medio vacía que choca contra el pasto junto a la ruta de asfalto y por fortuna no se rompe. Agradezco al Cielo y al Infierno.

– ¡Ere’ el pior compinche que se podiá tener / ojalá que el fuego lo entierre / o lo consuma la fiebre / pa’ que sepa qué es querer!  – empieza de nuevo a recitar Juancito. – ¡Porque todo gaucho va saber / que usté’ a sido infiel / pa’ con su gente y con su piel / y no merece…!

No llego a escuchar cómo termina la oración porque un lujoso aeroplano comandado por el Howard Hughes de DiCaprio pasa sobrevolando la ruta a baja altura, haciendo que el gorro del viejo salga volando varios cientos de metros hacia el sur, dirección que el corcel sigue inmediatamente. El cielo, antes verde claro, se vuelve de una tonalidad violeta y los pastizales secos, donde pastan las vacas de varias cabezas y toros de cuernos forrados en cuero, resplandecen bajo sus pezuñas como diamantes bajo la luna nueva.

Comienzo a caminar. A los pocos metros me encuentro con un cartel que me da la bienvenida a Chivilicoy, y contra el horizonte puedo divisar casa bajas y calles desiertas, pero algo más llama mi atención, algo más allá del horizonte que se encuentra a mi derecha. Coronando una enorme laguna (que presumo artificial), la famosa luz mala resplandece bajo un cielo que, continuando con su fluctuar cromático, ahora exhibe un dorado brillante que tiñe todo con un filtro celestial.

Por instinto, siguiendo el camino que siempre seguí, me acerco al agua y en la orilla hay un solo bote atado a un pequeño muelle de madera balsa, convenientemente dispuesto frente a mí. A los pocos minutos ya estoy atravesando la laguna, remando tranquilamente mientras pájaros acuáticos y peces voladores adornan esta noche sin tiempo ni oscuridad. Sin pensarlo, atraído por su gravedad, voy hacia ese foco que brilla por su negrura.

Cuando estoy por llegar a la otra orilla me doy cuenta de que ésta no existe, que la luz mala está empezando a consumir el agua y a teñirla de su podredumbre luminosa; abro los brazos de par en par y me dejo consumir yo también. Levanto los párpados todo lo que puedo, pero no veo nada. De repente un sintetizador subacuático y lejano empieza a sonar desde la nada y una pantalla rectangular, igual de negra que el resto del ámbito pero resplandeciente, empieza a recortarse. Un unicornio pasa volando y después empiezan a sucederse los títulos, que devienen en imagen.

Sonrío cuando veo el primer encuadre. “Qué lindo ver esto en el cine”, pienso. Pensé que no la iban a estrenar nunca. Una adolescente rubia típicamente yanqui corre despavorida mientras es observada por una entidad demoníaca y omnipresente; paneos delicados para enmarcar la desesperación generada por la cercanía de una muerte que se percibe inevitable. Todo es hermoso y terrible, como debería ser, perversamente encantador.

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La música llega a su clímax y sobre la oscuridad se imprime “It Follows” con una tipografía azul que brilla como el neón. Después de la muerte ritual primera y la protagonista flotando en una pileta llena de agua y otros fluidos, el segundo rito en ser filmado es un cortejo adolescente en un cine clásico; un cine antiguo, igual al que me rodea, donde la paranoia reina. Los ojos de mi espalda me dicen que me de vuelta, pero no les hago caso. Prefiero no mirar. El muchacho de la película, pareja de la protagonista, parece sentir lo mismo que yo; intercambiamos miradas cómplices y asentimos; nos damos vuelta a la vez y entonces mi corazón se detiene un segundo cuando me encuentro con las facciones arrugadas y los ojos cansadamente sabios de un viejo que va vestido de negro. Me mira y su sonrisa crece hasta volverse una carcajada sonora. Desde la pantalla, los actores parecen sobresaltarse.

– Me asustaste, viejito – le digo, volviendo a mirar hacia adelante.

– Para eso estoy – me responde John Carpenter; la sonrisa irónica resonando en su voz.

– ¿Cómo andás, tanto tiempo?

– Todo tranqui, pibe. Por irme de gira con el nuevo disco, a ver si hago unos mangos y puedo garparme el westerncito gótico este que quiero hacer hace rato…

– ¿Western gótico? ¿Posta?

– Sí, con vampiros y toda la bola.

– Boludo, eso ya lo filmaste, se llama Vampiros y salió en los…

El viejo me calla de un coscorrón en la coronilla.

– Esto es otra cosa. Ya vas a ver… confiá en mí.

– Siempre, viejito, siempre.

– ¡Te dije que no me digas así!

– Es con cariño, viejito; ahora callate un poco y dejame ver la peli, ¿sí?

Recibo otro golpe, esta vez con una sonrisa dibujada en los labios, y vuelvo a adentrarme en la atmósfera de la película. Un suburbio también típicamente yanqui de estética setentosa; dos jóvenes locales caminan por la calle y hablan sobre amoríos y hombres y mujeres y sociedades y dogmas; hablan sobre el futuro que se va a desenvolver, divisan a sus protagonistas y las posibles causalidades, mientras la cámara, siempre en movimiento, acompaña con fluidez cada arista. Esto ya lo vi, pienso. A mis espaldas, escucho a Carpenter sonreír. Aunque sé que en realidad no está ahí, veo a un Michael Myers estático amenazando a las protagonistas con la mirada desde el punto de fuga.

– Antes que digas nada, sabés bien que la copia es la mejor forma de halago; esto no es plagio, es un homenaje.

– Cómo te atajás, eh. Sabés bien que eso es lo que dicen los que plagian –el viejo me guiña un ojo. – Y también sabés que el cine de terror me debe mucho más de lo que se piensa, desde los setenta hasta ahora que sólo rehacen lo que yo hice; me deben lo mismo o tal vez más que a Romero, y eso es no es decir poco…

– Hoy te levantaste humilde ¿no, viejito?

Golpe va, golpe viene.

– Tenés razón –le concedo. – No se puede negar. Te lo agradezco todos los días, o cuando salen preciosidades como ésta –digo señalando la pantalla.

– Sos de los pocos; todos filman pero nadie me da un mango…

– Bueno, viejito, pero mirá todo lo que creaste. Muchas de mis películas favoritas son mis películas favoritas porque se parecen a lo mejor de tu cine. Las Insidious no serían nada sin tus pasillos y tu psicodelia…

– James Wan me parece medio pelotudo.

– Puede ser, pero el tipo sabe mover la cámara y crea lindos ambientes, como en el que estamos ahora…

De fondo, está comenzando la primera secuencia donde la aparición se manifiesta para placer y morbo del espectador.

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– ¿Sabés quién es el peor de todos?  -empieza. – El hijo de puta de Ridley; qué lástima que Tony la quedó primero, que en paz descanse; él era el bueno de los dos. ¿Viste Alien alguna vez, no? Asiento. – ¿No te diste cuenta de que el hijo de puta estaba jugando a ser yo pero con una solemnidad insoportable? ¡Es la versión qualité de Dark Star! ¡La versión oficialista! ¡Hasta me robó a Dan O’Bannon! ¡Sin carpa! Le robó Giger Jodo y la banda de sonido parece afanada de cualquiera de mis películas, como todos los motivos visuales… los pasillos, el grupo en peligro, la sexualidad como agente invasor, el terror estilizado… ¡Pero todo sin gracia y muy obvio! Peor todavía: ¿viste Blade Runner? Le afanó el título a Burroughs, el argumento a Dick, y estoy seguro de que todavía sigue sin haber leído el libro. Si no, no se explica. El hijo de puta construye los peores Frankensteins posibles. Yo adapté mejor a Dick, sólo que nunca lo dije.

– Tenés toda la razón, viejito. Pero, en serio, pensá toda la felicidad que generás y generaste; yo te voy a seguir plagiando hasta el fin de mis días.

– ¿Eso se supone que sea un consuelo?

– Claro que sí, che.

– Bueno, brindemos por lo que sea…

Sonreímos. Algo golpea mi hombro varias veces hasta que la palma de mi mano se encuentra con una botella de Campari.

– Te la olvidaste al lado de la ruta. Me la alcanzó un Gremlin amigo que venía para acá; están en la última fila, no deben ver un carajo, pero no les importa, no tienen idea de cómo entender una película.

Me río y le doy un par de buenos tragos a la botella.

– ¡A tu salud, viejito!

– ¡A mí salud!  – dice volviendo a agarrarla.

Durante un rato miramos la película en silencio, hasta que una escena vuelve a tocarle el orgullo al buen viejo…

-¡Esa ya es muy obvia, che! ¡¿No le querían poner una máscara blanca al bicho también?!

– A mí me encanta; no entiendo cómo no podés disfrutarlo. Sentí la atmósfera… la referencia sólo la hace mejor… hasta creo que mejoró un poco tu…

Coscorrón en la coronilla, cortesía de sus viejos nudillos.

– ¡Ouch!

– ¡No te atrevas!

– Está bien, che, tranqui. Sos lo más, ya lo sabemos todos.

Me río; él se ortiva.

De fondo, las atmósferas palpables y deliciosas de David Robert Mitchell siguen despidiendo niebla desde la pantalla; la sala parece un pantano y me siento hipnotizado. En ese momento, a mi derecha aparece Gizmo con una sonrisa radiante en el rostro, los ojos inyectados en sangre, y me ofrece un porro de gran tamaño. Se lo agradezco mientras se sienta a mi lado; Carpenter le rasca la cabeza con amor disfrazado de indiferencia y el bicho sonríe aún más. Durante un buen rato después de haber girado el porro sólo miramos la película embelesados, unidos por una armonía que nos excede. Llega la escena de la playa y su belleza y su tensión me conmueven. Cuando termina doy media vuelta en el lugar y lo miro a Carpenter, buscando alguna señal de aprobación; esta vez sonríe y asiente.

– Tenías razón, pibe. Esto garpa. No sé si es una obra maestra, pero está bien.

– ¡Te dije! Y no seas ortiva, ¡es genial! Además lo que más la emparenta con tu cine no son las referencias directas, sino el subtexto; la metáfora sociopolítica que yace de fondo. Está hablando sobre muchas cosas a través de arquetipos y conceptos simples; está hablando sobre la inevitabilidad de la muerte, sobre el sexo como aproximamiento a ésta, como primer encuentro con la muerte (el orgasmo es una pequeña muerte, dirían los franceses), sobre las enfermedades de transmisión sexual y la paranoia, sobre las convenciones y presiones sociales. Lo que te persigue es el sistema; es tu propio reflejo proyectado por el sistema. Y no hace falta que eso que te persigue corra, porque sabe que te va alcanzar; porque, al fin y al cabo, siempre te alcanza. Nadie se salva de la muerte ni de los cuernos, ¿no?

­- Ni de los impuestos, dicen en mis tierras.

– Siempre con la guita, ustedes.

– Para eso nos criaron, pibe. Ah, y antes de que sigas, sólo quiero decirte que estás flasheando mucho. No pasa tanto en esta película; está bien, pero no pasa nada.

– No ve el que no quiere ver.

– Ah, y antes de que sigas te iba a decir que se si seguís con las frases hechas te comés un par de coscorrones más.

– ¡Ay, pero qué miedo te tengo!

Golpe va, golpe viene.

– Igual no quería decir nada más, sólo que me gustaría que pudieras disfrutar de esta película tanto como yo.

– Siempre tan humanista y boludo.

– Gracias, che.

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Después de unos minutos más de agradable imagen y movimiento, la película termina con la ambigüedad esperada. Nos levantamos y salimos de la sala. Antes de despedirnos Gizmo me regala otro porro y vuelve a reunirse con los suyos, que se encuentran fumando crack desde una pipa de vidrio en la última fila mientras juegan con un GameBoy.

Salimos del cine y empezamos a caminar por un bosque soleado; está cayendo la tarde y los insectos revolotean por doquier. El cielo resplandece blanco brillante y desde las lejanías llega una canción de Serú Girán.

– ¿Sabés en qué estaba pensando el otro día? –le digo a Carpenter mientras le paso el porro recién encendido; el viejo se encoge de hombros. – ¿Viste que Herzog fue a ver un partido a la Bombonera con pilcha de Boca y toda la bola? Bueno, entonces me di cuenta claramente que, de haber nacido en Argentina, De Palma sería de River (técnica y estética masturbatoria como principios), Scorsese de Independiente (estilizado pero popular), George Lucas de San Lorenzo (en realidad, no sabe bien cómo jugar pero le tienen cariño y lo dejan estar entre los grandes igual), y vos serías de Racing, porque tu cine es bastante peronista y no hay nada más peronista que Racing.

– ¿Eso es un cumplido?

– Ya me preguntaste eso. Si vos querés que lo sea…

Se queda pensando; los párpados entrecerrados y los vasos sanguíneos de sus ojos estallando.

– ¿Y de Boca?

– ¿Qué?

– ¿De Boca quién sería?

Me quedo pensando.

– Me gustaría decir que alguno horrible, porque mi pasado gallina todavía me nubla el juicio…

Nos reímos.

– Corman, podría ser – digo después de pensarlo un poco. – Nacional y popular y muy ganador, especialmente en nuestros corazones; de esos que hacen mucho con muy poco.

– Bien dicho, che. Bien dicho.

Mientras Carpenter le obsequia la tuca a un guacamayo parlante animado que pasa volando por ahí, pienso en todos los futuros posibles. El sendero de tierra por el que caminamos es sinuoso y parece cambiar de forma; el bosque se está volviendo un desierto pero la temperatura está descendiendo. Siento que una mirada se clava en mi nuca; una que me desea, pero de la peor de las formas. A mi lado, Carpenter, absorto en sus pensamientos, tiene la mirada clavada en el camino y sonríe tímidamente; él no lo siente, pero yo sí.

Algo nos sigue, su mirada no suelta mi cuello y se acerca, muy lentamente, mientras unos sintetizadores invisibles comienzan a sonar en crescendo sutil y pienso en que darme vuelta sería el fin, la muerte, un pequeño orgasmo, un sueño eterno, una niebla que se transforma en mi piel, una piel que me toca, un sonido que se apaga, la velocidad que crece, las líneas se desdibujan, una risa lejana, un…


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