23p111128030Afortunadamente no dormí en el viaje de vuelta. Vi cuatro películas, casi cuatro, cada una con su tenaz doblaje al español.

I. Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) la empecé en el viaje de ida, cuando sí dormí, lo que me salvó de tener que verla entera. Una película de los 70 con tema político e intriga policial son las dos mayores promesas que se me pueden hacer. Pero qué mala, qué mala. Un guión cabalmente tonto, sin conflicto, personajes sin recorrido y sin sentimientos, una investigación que se sostiene exclusivamente en las ganas que puedan tener los entrevistados de contar más de lo que deben. Un complot del más alto nivel político que basa su estrategia en la esperanza de no ser preguntado, porque no puede no responder. Como chicos a los que basta mirar fijo para que confiesen su travesura. Además, el supuesto conflicto político no es más que un lanatesco juicio moral absolutamente intrascendente en ese escalón de la lucha de poderes.

Lo único que vale la pena es ver como a Martin Balsam y a Jason Robards les basta con recostarse en su sillón para llenar la pantalla mientras Dustin Hoffman corre y fuma sin parar y apenas logra no desaparecer. Robert Redford mira, como si se diera cuenta de que debería ser Robards, pero todos le dijeran que tiene que ser Hoffman.

II. Después, 500 días con ella (Marc Webb, 2009). Me corregirán los cinéfilos pero no recuerdo una película con un personaje femenino así, la que te levanta para dejarte caer, para volver a levantarte y dejarte caer desde más arriba. Para peor no lo hace por maldad, sólo no sabe, no quiere, o sí quiere, a veces quiere, no sabe si quiere, en un momento le pareció, pero después sintió que mejor no. Ese personaje contado con rencor, pero sin venganza, me salvó la película de su propio posmodernismo ultra liviano, de su invasión de gestos y guiños piolas, modelo del cine buenaondista que en Argentina se manifiesta en películas como Medianeras y El crítico.

936full-the-notebook-posterIII. Como ya había arrancado con la cuestión del amor seguí con Diario de una pasión (Nick Cassavetes, 2004). Lo opuesto a 500 días con ella. Hay que tener huevos para hacer una historia de amor tan convencional sin cubrirse con autoconciencias. Un muchacho pobre (Ryan Gosling) y una chica rica (Rachel McAdams) se enamoran y los padres de ella se oponen, y la madre le esconde las cartas y los separan los años y la guerra, y él consigue la casa de sus sueños con mucho trabajo y no la olvida, y ella se enamora de otro, y al final se encuentran y triunfa el amor verdadero para siempre. La película se cuenta a sí misma con fervor creyente, pero sin ingenuidad. De la misma manera que James Garner le cuenta la historia a la madre del director, Gena Rowlands. Tal vez el personaje de Gosling, el enamorado joven, y el de Garner, el enamorado viejo, no terminan de ser la misma persona. Tal vez  Garner y Peter Fonda pudieron haber intercambiado roles. Detalles. La película se anima a jugarse por la emoción a fuerza de convenciones y lo logra.

IV. Sin saber que hacía 24 horas que llovía en Buenos Aires, encaré con suficiencia Noé (2014), el socotroco de Darren Aranofsky, el primer mainstream vegetariano militante. Evidentemente escribieron el guión y se olvidaron de que tenían que introducir el tema de los animales, por lo que decidieron poner a todos a dormir y que no molesten. Antes tuvieron que inventar cómo Noé (Russell Crowe) podía construir un arca gigante y combatir contra un ejército él solo: pusieron unos monstruos de piedra grandotes y fuertes, listo. Pero ¿por qué no llevarse a los cosos esos en el arca? Que salgan volando libres por el cielo cuando terminen su tarea y ya está.

A pesar de todo hay una tensión compleja que no se resuelve. Hay tres bandos. Por un lado está Dios, que parece haber decidido destruir a la humanidad y elige (si es que Dios “decide” y “elige”) a Noé para la tarea. Noé hace suyo el objetivo: construye el arca y planea asegurarse de que la especie humana no sobreviva. Por otro lado está el malo, Tubal-cain (Ray Winstone) que quiere seguir dominando a los hombres y animales a cualquier precio. Por último está la mujer de Noé (Jennifer Connelly), sus hijos y Matusalen (Anthony Hopkins), quienes también quieren a los animales pero no los convence tanto el asunto de dejar de existir como especie.

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Si bien el comportamiento circunstancial de cada uno de ellos, sus gestos y pequeñas acciones, definen claramente al malo, los buenos y el hombre confundido de buen corazón, sus objetivos mayores complejizan la cuestión. El malo es, en definitiva, el que lidera a la humanidad en su lucha contra el exterminio. Los buenos quieren salvarse ellos mismos, sin importarle el destino de todos los demás. Podría decirse que siguen los deseos de Dios (si es que “desea”), pero no es tan así, porque sí quieren tener descendencia, cosa que Dios no vería con buenos ojos (si es que tiene ojos). Noé, quien al menos está comprometido con el mandato divino, termina traicionándolo al no animarse a matar a unos bebés con sus manos, después de haber dejado morir a miles y miles de personas sin mayores remordimientos.

Es posible que estas contradicciones ocultas se hayan resuelto y al final el malo era malo y los buenos, buenos, y Dios es el que Es (si es que Es), pero no me pude enterar porque el avión aterrizó en la diluviada pista de Ezeiza diez minutos antes de que termine la película.


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