Crecer y desear. Desear y crecer. De eso se trata La botera, la opera prima de la joven directora argentina Sabrina Blanco. El film se centra en el desarrollo de Tati (Nicole Rivadero), una preadolescente tan vulnerable como poderosa. Su ser en el mundo desenvuelve una historia pequeña, que enseña los matices de la maduración, el autoconocimiento y el descubrimiento del mundo.   

El crecimiento y la construcción de la identidad de Tati se dan en un contexto adverso y complejo. No solo por su desventajoso pasar económico, sino por su carente red de lazos familiares. Vive en una casilla de chapa con la ausencia total de una madre y con un padre alcohólico (Sergio Prina), que si bien realiza algunos esfuerzos por cuidarla, carece totalmente de tacto o empatía con su hija. Además, su educación tambalea, ya que le va mal en el colegio y se lleva pésimo con sus compañeros. Son contados los vínculos confiables que logra establecer, y son aun menos las veces que estos van a perdurar. En medio de estas turbaciones, Tati tiene un deseo profundo: ser una botera, manejar uno de esos botecitos que cumplen el objetivo de trasladar a los habitantes del barrio Isla Maciel a través del riachuelo, hasta la otra orilla. Como todo en su vida, esto tampoco le resultará sencillo. No solo porque es a penas es una niña, sino porque el ambiente portuario es de dominio masculino, casi exclusivamente.

Sabrina Blanco sitúa este coming of age en un contexto marginal, que es captado por su cámara de un modo honesto y realista. Son numerosas las secuencias que suceden en calles, en el puerto, en el riachuelo, en plazas y parques. En la forma de mostrar hay una voluntad de registro de las situaciones, evitando exageraciones e imitaciones. En cambio se muestra sinceramente el barrio, su gente, la hinchada de San Telmo, los trabajadores del puerto, el continuo tránsito de vehículos pesados de la zona y por supuesto a Tati, una protagonista hipnótica, que inmersa en este ambiente forja su destino. Su personalidad es muy potente, a pesar de estar rodeada de un entorno hostil, de la vulnerabilidad propia de la niñez y de los altibajos emocionales característicos de la maduración. Tati tiene las cosas claras, sabe cuáles son sus objetivos y como conseguirlos. La historia profundiza en el momento bisagra entre la niñez y lo que sigue; a medida que avanza el relato Tati, se hace cargo de sus deseos, y para ello puja, fuerza y ejecuta. Lejos de ser un personaje deambulante, sin objetivos precisos, ni ambiciones marcadas -como acostumbramos ver en las películas de iniciación- ella fundamentalmente hace, toma sus propias decisiones y las concreta contra todo riesgo. Esta determinación valdrá tanto a la hora de manifestar sus deseos sexuales, como al momento de aprender un oficio que le asegure la subsistencia. El puerto y el agua son su amor y lugar en el mundo. 

En este caso, resulta obvio establecer el paralelismo entre remar en el río putrefacto y remar en la vida, pero también resulta inútil eludir su mención. Tati elije la profesión de remar porque es algo que hace todos los días, desde siempre. Es claro que luchar contra la corriente no es algo que sea innato, y eso expone la realizadora al mostrar el arduo aprendizaje cotidiano de esta “joven desamparada” que se sacude todo prejuicio y costado lacrimoso para presentarse ante la vida de un modo bien warrior.

El universo creado por Blanco se refuerza a través de un interesante tratamiento del sonido. Un bullicio constante recorre cada secuencia, casi nunca tenemos un audio “limpio”, ni silencio absoluto, ni músicas incidentales que acompañen las escenas. Por el contrario, lo que hay son sonidos propios del ambiente en el que se desarrollan los hechos: gritos, autos y camiones, conversaciones ajenas, un partido de fútbol en la televisión, los pibes de la esquina y sirenas de la policía. Esta nota realista nos sumerge en la atmósfera del suburbio. Asimismo, los únicos temas musicales que suenan siempre provienen de fuentes diegéticas. El trap y el reggaeton, géneros urbanos, son los escogidos para jugar el rol de nexo entre los personajes. La música aparece como herramienta de sociabilización y conocimiento.  

La botera, fue presentada en el Festival Internacional de Mar del Plata y se alzó con el Premio Argentores que distingue al mejor guion argentino del festival. Su valor radica en indagar en las complejidades –muchas veces invisibles- del crecimiento de una mujer, presentando un relato sencillo y amoroso sobre personajes muy humanos, diálogos precisos y una protagonista debutante que eleva la puesta.

Calificación: 8/10

La botera (Argentina, 2019). Guion y dirección: Sabrina Blanco. Fotografía: Constanza Sandoval. Sonido: Tiago Bello. Música original: Rita Zart. Montaje: Valeria Racioppi. Interpretes: Nicole Rivadero, Alan Gómez, Sergio Prina, Gabriela Saidon. Duración: 75 minutos.


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