amor-etc-c_6762_poster2Muchas veces salgo del cine pensando que la película que acabo de ver es muy mala, pero luego, cuando me pongo a buscar argumentos para sostener esa idea, me encuentro con que no sé bien qué decir. Es entonces que empiezo a preguntarme si esa primera sensación, ese impulso repentino que me lleva fuera de la sala y me genera el malestar, no esconde en realidad un goce secreto, un placer oculto, una negación inconsciente ante la empatía, difícil de precisar con palabras.

Algo de esto sucede con Amor, etc., la ópera prima de Gladys Lizarazu, que se estrena recién ahora pero es del año 2013. La desprolijidad, y la falta total de cualquier tipo de pudor para exhibirla, hacen de la película un acontecimiento estético singular, llamativo. Su montaje es tan desparejo y desconcertante que tal vez sea eso mismo lo que produce rechazo y al mismo tiempo atrapa.

Si bien la película obedece a una cierta linealidad, a cierto clasicismo que anticipa el desenlace (una macha de humedad en la pared, que crece con el correr de los días, funciona como metáfora del desgaste en la pareja), por otro lado las decisiones formales que hacen avanzar la trama cargan con un grado de incoherencia tal, que llega un punto en el que la relación entre plano y plano, así como la relación entre los protagonistas, se vuelve normal a partir de sus vaivenes emocionales y su baches, a partir de su extrañeza. La película traslada esa naturaleza volátil, esa extrañeza de las imágenes, a la conducta de sus personajes. Y tal vez allí, en hacer del desconcierto una forma de enfrentarse al mundo, Amor, etc. encuentre su justificación.

Es fin de año, Lisa (María Canale) y Dib (Alberto Rojas Apel) acaban de mudarse. La casa nueva, que en realidad es un departamento viejo, se vuelve el centro de acción de la mayoría de las escenas. Cuando el espacio es otro, el baño y la pista de una disco, el estudio de la radio donde Lisa trabaja, la habitación de un hotel, ofrecen el mismo tipo de encierro y limitan la movilidad de los personajes. Las escenas en el exterior son pocas, y dos de ellas transcurren en un funeral.

La película arranca con Lisa ensayando un agradecimiento para recibir el premio a la mejor locutora radial, aunque la ceremonia de premiación nunca es mostrada. Luego se suceden otros episodios que tampoco arriban a una conclusión, así como tampoco se resuelven o se explican las causas que los originaron. Lisa se obsesiona brevemente con una tal María Eugenia, quien recibe llamados a la línea telefónica que ahora tiene la pareja (cosa que habitualmente ocurre cuando uno se muda), y acude al funeral de un amigo de ella pero se mantiene a distancia, y cuando intenta acercarse un tropiezo se lo impide. El episodio concluye, por decirlo de algún modo, con el improbable (improbable porque ni la película ni la aparente María Eugenia confirman su identidad) encuentro entre ambas.

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La madre de Lisa odia a Dib pero no sabemos por qué, y muere cuando su hija le confiesa que en realidad no se mudó con una amiga sino con el mismo Dib. Luego de eso Lisa le dice a su novio que no da más y se va, pero nunca queda del todo claro si su partida se debe a la pérdida o al agotamiento que genera la convivencia. El silencio ante los hechos, acá y en el episodio de María Eugenia, pero sobre todo la relación que se establece entre las imágenes, entre un plano y otro, abren y validan las posibles claves de lectura.

Así, Amor, etc. establece sus dos dimensiones: el adentro y el afuera, pero si el primero de estos espacios va llevando a los personajes poco a poco a la asfixia y la sofocación –el carácter aparentemente calmo de Dib se torna intempestivo y violento ante cada ruido que llega desde otros departamentos-, el afuera es puro desorden, y lejos está de volverse ámbito de libertad y escape. En la hermana de Lisa –la hermana fea-, que aparece en dos oportunidades y es mostrada de perfil o de espaldas, pero a su vez entre una aparición y otra la apariencia de su cuerpo expone los probables trastornos internos, no sólo se evidencia el desconcierto y la incertidumbre que supone el exterior, sino que, y acaso sin proponérselo, también se revela cierta pertenencia de clase (La diversión para los protagonistas, al menos los femeninos, pasa por asistir a discotecas o fiestas electrónicas que se prolongan durante el día), que no obstante es criticada a partir del sinsentido de las acciones.

Sobre el final las hermanas se encuentran en una estación de tren y ambas se dirigen hacia una de esas fiestas, pero si la menor de ellas, la hermana fea, parece hacerlo por decisión propia, la otra, la mayor, la hermana linda, está allí más por no querer pensar que por el deseo de ir. Y si el pantalón violeta que Lisa lleva puesto desentona y no encaja con su figura, es porque antes de eso su cuerpo ha sido mostrado con naturalidad y sin vergüenza. Rasgo que habla del personaje pero también de María Canale como actriz. Su belleza no está en lo resplandeciente e innegable de su rostro, al cual se le regalan unos cuantos primeros planos, sino en exponer –y sobreponer- las imperfecciones del mismo, y de su cuerpo todo, sin atender o sin que le importen las reglas que impone el canon de lo que supuestamente se considera lindo, cosa que ya había hecho en Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler. Allí su personaje se miraba en el espejo y señalaba sus defectos, pero lejos de negarlos los asumía como carácter distintivo de su personalidad para enfrentar el duelo y el vacío. Aquí sucede lo mismo, pero con la diferencia de que no es el duelo sino el extrañamiento del mundo lo que expone a los cuerpos y los aturde.

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Esa dualidad de los cuerpos, que también se manifiesta en el personaje de Rojas Apel con su aspecto desgarbado y frágil pero lleno de gestos, por momentos bruscos y exagerados, esa diferencia entre unos y otros, entre lo lindo y lo feo,es también propia de la película de Lizarazu, parte sustancial de su naturaleza cambiante y contradictoria.

Las buenas películas suelen fascinar por lo novedoso de su puesta en escena, por la solidez de su guion, por los movimientos de cámara que van revelando consistentemente su visión del mundo, entre otras cosas. Las malas películas, por el contrario, exponen enseguida sus grietas, sus fallas, sus debilidades argumentales. Sin embargo, hay dos tipos de películas malas: aquellas que disimulan sus falencias y se toman en serio a sí mismas, creyéndose buenas, lo cual las hace aún peores, y aquellas que, conscientes de su carácter inestable, asumen el riesgo de irse al carajo sin que nada les importe. Ahí es cuando uno la pasa bien, y ahí es cuando Amor, etc. nos deja con la mirada y la mente en blanco, sin que podamos decidir dónde ubicarla pero con la sensación, acaso secreta, de haberla disfrutado.

Amor, etc. (Argentina, 2014), de Gladys Lizarazu, c/María Canale,  Alberto Rojas Apel, María Figueras, Estela Matute, Romina Ricci, Maruja Bustamante, 86′.


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