
Fiel a su estilo corrosivo, el realizador rumano Radu Jude compone en una de sus últimas propuestas, Kontinental ´25 (2025), una película que está inspirada en Europa 51 de Rosellini, de allí su título. El largometraje puede pensarse entonces como una relectura del clásico italiano, donde el realizador rumano intenta dar cuenta de las contradicciones sociales y políticas que atraviesa Europa en el presente, tomando como paradigma de ella a Rumania. Donde Rosellini producía una película neorrealista hibridada con el melodrama, habida cuenta del castigo social que recae sobre una mujer incomprendida que abandona a su marido para dedicarse a la caridad hacia los más pobres, en un camino que va de la culpa al despertar a la conciencia social; Jude en cambio, en consonancia con la época, construye una película de realismo social que está narrada con las claves de la comedia negra y la comedia del absurdo, con una mirada más desencantada y punzante.
El largometraje tiene la particularidad de haber sido filmado durante 10 días con dispositivos de iphone, de allí la austeridad de los recursos formales de una propuesta cercana al abordaje documental, centrada principalmente en los diálogos captados en plano fijo, que va manteniendo la protagonista a lo largo de su derrotero.
En el comienzo, vemos a un homeless que avanza por un parque temático de dinosaurios animados robóticamente, y luego por la zona céntrica de la ciudad, pidiendo a los transeúntes alguna changa que pueda realizar, algo para comer o en su defecto alguna limosna. Estas escenas dan cuenta de la indolencia de la sociedad respecto de la marginalidad. Se es indiferente o bien se huye de ella.
Ion (Gabriel Spahiu) vive en el sótano de un edificio, que otrora fue un espacio de mantenimiento y a través de la llegada de Orsolya (Eszter Tompa), una oficial de justicia que viene a ejecutar junto con unos policías una orden judicial de desalojo, nos enteramos de que Ion fue un atleta, que logró medalla de oro, que debió retirarse prematuramente por una lesión y que cayó en desgracia, sumido en las deudas de juego y en el alcohol. El director da cuenta así de un Estado de tipo liberal y de una sociedad profundamente individualista, que no cuida o contiene a sus miembros cuando se hallan en situaciones problemáticas o vulnerables y que los abandona a su suerte.
Habiendo extendido el plazo de desalojo, lo mas que pudo, Orsolya se dispone a dar cumplimiento a la orden, dándole a Ion 20 minutos para empacar sus pertenencias para luego ayudarlo a encontrar un refugio. La intimación judicial llega en favor de una compañía inmobiliaria que va a construir en ese lugar un hotel de lujo, con lo que el director introduce así su critica a las corporaciones inmobiliarias que avanzan despiadadamente sobre lugares que tienen una historia, sobre las personas y sobre el medio ambiente.
Pero en ese interín, Ion se suicida. Es una escena que el director trabaja en fuera de campo, mediante el uso del sonido, y que posteriormente tendrá un tratamiento desde el humor negro en los intentos de reanimación.

A partir de aquí, el protagonismo de la película se desplaza hacia Orsolya, cuyo derrotero vamos siguiendo. Pues hete aquí que, aunque se sabe inocente en términos legales, ella se siente profundamente culpable por el desenlace acaecido. En este punto, es interesante la distinción que introduce Jude. Efectivamente, la protagonista desde el punto de vista legal está exenta de culpa alguna, pues no empujó o instigó directamente a Ion a quitarse la vida, pero esto no la exime de responsabilidad en términos morales o éticos; de ahí la culpa subjetiva que la aqueja, que toma el apoyo en cuanto es parte de un engranaje jurídico que está al servicio de los intereses de las grandes corporaciones económicas, e incluso aún en tanto es parte de una organización social capitalista neoliberal que sostiene sus privilegios económicos a costa de que otros seres humanos queden excluidos de ellos. La culpa exagerada de Orsolya está al servicio, entonces, desde el absurdo paródico, de dar cuenta del absurdo de la sociedad en que vivimos y de incluir la responsabilidad subjetiva en ese mundo del que se queja, pero del cual no deja de ser cómplice.
Orsolya es de ascendencia húngara, pero vive en Cluj (Transilvania), hoy parte de Rumania, pero lugar de disputas históricas entre ambos países desde la caída del Imperio Austro-húngaro tras la primera guerra mundial. Además, vive en el nuevo barrio de Floresti en las afueras de la ciudad, para que sus hijos pudieran criarse en una casa, en contacto con la naturaleza y el aire; lugar a cuyo alrededor se han construido en los últimos años complejos de monoblocks para las clases populares, acerca de los cuales se refiere con desprecio.
Atormentada por la culpa, la protagonista decide no acompañar a su esposo e hijos a sus vacaciones en Grecia, pues necesita estar sola para tramitar su desazón y para reflexionar sobre su futuro laboral. La mujer intenta alivianar su culpa manteniendo conversaciones con distintos personajes como una amiga, su madre, un joven exalumno de derecho devenido en trabajador precarizado de delivery y su cura referente del catolicismo ortodoxo. Es a lo largo de estas conversaciones que Jude introduce su mirada crítica respecto de las clases medias del país y sobre las contradicciones socio-políticas de Europa.

Así vemos en la conversación con su amiga, cómo intentan morigerar la culpa por pertenecer a una clase media privilegiada efectuando pequeñas donaciones a organizaciones sociales que trabajan con minorías étnicas que viven en asentamientos precarios y en condiciones vulnerables. La diferencia con el personaje de Irene (Ingrid Bergman) en Europa ´51, que ponía el cuerpo para ayudar a los más desprotegidos de la sociedad, es la asepsia con la que se intenta hoy tramitar la culpa. Ya no se toma contacto con los desclasados sociales, los refugiados o los excluidos, sino que se debitan unos pocos euros con el pago de la telefonía móvil e internet, ¡y conciencia tranquila!
La conversación de Orsolya con su madre, muestra por otra parte, cómo se queja de los rumanos a quienes considera campesinos, respecto de su ascendencia húngara más intelectual y elitista, pero al mismo tiempo, cómo rechaza irse a vivir a Hungría, debido a la crisis política y económica en que está sumida, producto del autoritarismo del gobierno de Orban y su alianza con Putin. Aquí queda expuesta una posición de queja, que no está dispuesta a resignar privilegios económicos.
Asoma además allí un refuerzo de los nacionalismos en Europa con su consecuente segregacionismo de las minorías étnicas y las disidencias, que se hace más evidente en la conversación con el joven exalumno, que lleva en su mochila de delivery la inscripción “Soy rumano”, para evitar los ataques que suelen sufrir los pertenecientes a otras etnias por parte de la población rumana.
Queda a la vista así una segregación racista de quien tiene otro modo de gozar, sin ningún de tipo de reflexión respecto de la responsabilidad de la sociedad europea en las crisis económicas y humanitarias en la que han dejado sumidos a los países que otrora fueron sus colonias y a cuyos miembros inmigrantes, hoy rechazan dar cobijo y protección.
Esta misma conversación deja al descubierto, también, mediante el recurso al absurdo los límites de las filosofías zen o new age, como paliativos del malestar que aqueja a las clases medias europeas. Mientras que en la conversación con el cura revela los límites del consuelo que pueda provenir de la religión católica con su doctrina del perdón, que incluso evidencia un regodeo en la culpa misma, más producto del orgullo, que de un verdadero acto de constricción. Es que la culpa es una dimensión propia de la esfera intima, que no tiene consecuencias, como si lo tiene la responsabilidad en tanto como acto público y ético consecuente.

Queda así desenmascarada a través del personaje de Orsolya una Europa de clase media para la cual la queja, la culpa, las migajas económicas; funcionan como tapadera a través de la cual se des-responsabilizan de su propia parte en el desorden, y que está poco dispuesta a la acción concreta de renunciar a ciertos privilegios en pos de un funcionamiento social más justo, igualitario e inclusivo.
En este contexto, en cuanto a la decisión personal que termina tomando Orsolya, queda a cargo del espectador reflexionar, si un simple cambio de trabajo para paliar la culpa actual y, acaso eventuales culpas futuras, está a la altura de las circunstancias.
Por otra parte, el tramo final con las tomas de distintos tipos de edificaciones, desde las más lujosas a las más populares, con su hacinamiento, su erosión del ambiente, sus enrejados, sus barreras de seguridad separadoras, son de por sí elocuentes de las contradicciones sociales que atraviesan y afectan a la sociedad europea en la actualidad.
En Kontinental ´25, el director rumano Radu Jude emplea su sello del humor negro y del absurdo al servicio de ejercer una crítica mordaz al capitalismo despiadado, de plasmar un agudo retrato de un presente que ha perdido todo sentido de lo trágico y de la épica colectiva y de interpelar al espectador respecto de su responsabilidad en las desigualdades e injusticias sociales de las que se queja pero que, al mismo tiempo, pretende ignorar.
Kontinental ’25 (Rumania, 2025) Dirección y guion: Radu Jude. Fotografía: Marius Panduru. Edición: Catalin Cristutiu. Elenco: Eszter Tompa, Gabriel Spahiu, Adonis Tanța, Oana Mardare, Șerban Pavlu, Ilinca Manolache, Adrian Sitaru. Duración: 109 minutos.
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