1.Actualización posible. Adrián Suar comprende que los tiempos de gloria de la ficción televisiva –eso que lo llevó a la fama primero como actor y luego como productor- se terminaron irremediablemente y que ello implica la desaparición del semillero de actores del que podía echar mano en sus diferentes proyectos. La venta y posterior disolución de su nave insignia, Pol-ka Producciones, fue tanto un efecto colateral como una admisión de que era hora de reorientar el rumbo. En ese sentido, hay que reconocerle habilidad, no solo en utilizar su prestigio para atraer nombres que en principio no coincidirían con su “estética” –recordar la obra de teatro que coprotagonizó con Julio Chávez-, sino en enfocar en lo que puede atraer a otros públicos. Caída la televisión como medio para su trabajo, miró hacia el teatro, para darle algo de prestigio a sus incursiones cinematográficas. Y así como contó con Pilar Gamboa (30 noches con mi ex) llevó a su espacio a Lorena Vega (Mazel Tov) y ahora recurre a Camila Peralta y Mariano Saborido. El golpe de efecto popular vendrá por otro lado: poner a Moria Casan y a Andy Chango en la misma mesa familiar es un pleno destinado solo al éxito.

2.Actualización dificultosa. Es eso con lo que Suar decide llenar los huecos o los segundos planos de sus historias. Porque termina quedando en evidencia que lo que se ha pensado es la idea central y no sus ramificaciones. No se puede negar que lo intenta. Pero si la hija empoderada (Sofía Morandi) termina emparejada con un muchacho corto de palabra y algo torpe y si ataca a su profesora de Sociología para defender a su padre, hay algo que no termina de funcionar. Lo mismo ocurre con la decisión de que Rocío/Miranda (Natalia Oreiro) esté en pareja con Clara (Julieta Zylberberg) porque allí se advierte el forzamiento y la falta de peso real en el avance y la resolución del relato. Podría pensarse que el contraste entre las formas de vestir de Rocío cuando sale con Máximo (Adrián Suar) y cuando está con Clara, pone en evidencia más que la necesidad de un disfraz, la imposibilidad de entender, desde afuera, a las parejas del mismo sexo, desde una perspectiva que no sea la heterosexual.

3.Actualización negada. Donde parece que no hay forma de transigir es en el modelo de comedia sobre el cual operan las películas de Suar. El modelo de la comedia de enredos que se sostiene a partir de los cruces y escapes de los protagonistas –esa tensión entre el engaño y la posibilidad de ser descubiertos- proviene de la matriz de las comedias televisivas. Que se adviertan algunos progresos tanto en el tratamiento de algunas escenas como en los diálogos no invalida que la estructura sobre la cual se apoyan no admite variantes. Porque allí el ritmo y las derivaciones vuelven a ser las que se instalan a partir de un breve suspenso y una salida que permite sostener el engaño –la escena del restaurant, tan previsible como la siguiente en la puerta de la facultad, son modélicas-. Pero es eso y nada más lo que el cine de Suar viene ofreciendo y que no parece posible –ni haber disposición para- cambiar.

4.Lo que no cambia. El protagonismo de Suar, se supone, garantiza la afluencia de un público fiel. Un público del que parece pensarse que no pretende algo diferente de lo que ya conoce del actor –algo similar a lo que ocurre con Guillermo Francella. Los personajes de Suar son leves variantes de un modelo que transitan de una película a otra: son mentirosos, embaucadores, engañadores y se ven a sí mismos como triunfadores. En la narrativa del engaño que atraviesan sus películas –y que no se corre demasiado de la línea del “macho piola” aggiornado-, sus personajes son el centro alrededor del cual orbitan el resto de los personajes. En todos los casos aparece una amenaza ante el engaño, que lo lleva a buscar una recomposición de su equilibrio. Aquí, como en Corazón loco –tal vez el punto más bajo de su filmografía-, se enfrenta a un contra-engaño en el que cae, envuelto en sus propias seguridades y en el tamaño de su ego. Lo problemático es que el cierre de las historias no sutura esas cuestiones sino que tiende a reafirmarlas. El juego de la comedia basada en el guiño –casi setentista por el tipo de mirada que impone- implica que el engaño se traslade al espectador, cuando a la resolución del conflicto con Rocío, le sucede esa innecesaria coda en la que el juego antes entablado con Simona (Camila Peralta), se repite con su madre Mercedes (Patricia Viggiano).

5.La cuestión del narcisismo que enarbola el título –y que los impresentables separadores realizados con inteligencia artificial intentan afirmar- es solo una excusa para que los diálogos subrayen esa condición, ya implícita en la aparición de las iniciales en todo objeto posible y en el nombre del personaje central (Máximo Rey). Es la investigación de la socióloga lo que fuerza ese vínculo a partir de una relación que se vuelve trabajo de campo y por tanto, material valioso. La repetición del esquema –encuentro/diálogo/situación de enredo/escapatoria- se une a la necesidad de remarcar la cuestión (“Hay algo que me gusta mucho de mí”, repite varias veces Máximo, para que no queden dudas). El problema es que ese planteo termina derivando en un cuestionamiento crítico del conocimiento científico. Es cierto que Rey es un cirujano plástico, pero la forma en que recalca su intuición por sobre el conocimiento de su especialidad, se convierte en un primer descarte del discurso científico. Que se profundiza cuando la pregunta que le hace a Rocío en la presentación del libro, involucra a la desacreditación implícita de las ciencias sociales por la transgresión de ciertos límites (que, en el fondo, son solo morales).

6.Lo que mejora. Hay que reconocer que, a pesar de ese esquematismo y esas decisiones que llevan a lo televisivo, hay un par de escenas bien resueltas en términos de comedia. Las que protagoniza Simona con Máximo en su casa, en especial en la segunda visita, con esa extraordinaria versión gritada a lo mexicano de la canción de César Pueyrredón, “Conociéndote”. Y el almuerzo familiar al que Máximo lleva a Miranda para que conozca a su familia, dominado por la lengua filosa de una madre (Moria Casan) capaz de desarmar cualquier intento de armonía posible, incluso recurriendo a la fabulación primero y a la negación después. Puede pensarse que es poco para remontar una película, pero si se tiene en cuenta el cine anterior de Suar, puede entendérselo como un modesto progreso en sus intenciones y sus concreciones.

Yo, Narciso (Argentina, 2026). Dirección: Adrián Suar. Guión: Pablo Solarz y Adrián Suar. Fotografía: Guillermo Nieto. Edición: Flor Efrón. Elenco: Adrián Suar, Natalia Oreiro, Julieta Zylberberg, Sofía Morandi, Camila Peralta, Mariano Saborido, Eleonora Wexler, Moria Casan. Duración: 94 minutos.

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