En la primer escena Rocky pelea en un tugurio mal iluminado frente a un ilustre desconocido. En el último round de esa pelea olvidable el oponente le aplica un cabezazo. Ese artilugio pareciera sacarlo de la modorra a nuestro héroe que de repente le aplica un furibundo ataque que le da la victoria por un inobjetable knockout. Así empieza Rocky de John Avildsen, película que cumple jóvenes cincuenta años. Rocky fue filmada en una era de resurgimiento del cine americano que había sufrido en la década de los 60 del siglo XX el impacto de los nuevos cines europeos que imponían la idea de un cine realista y revolucionario priorizando al autor por sobre cualquier otra idea de producción o de estrellato actoral. Ese cambio de paradigma llevó algunos años de digestión al interior de la industria. Recién a finales de la década del 60 comenzó la lenta resurrección del cine americano con la aparición de una serie de jóvenes que desde perfiles muy disimiles incorporaron esas nociones de puesta en escena, abordaje filosófico existencialista y reflexión sobre la historia del cine. Martin Scorsese, Woody Allen, Francis Ford Coppola, Brian De Palma y Steven Spielberg entre otros comenzaron cada uno por su lado a producir una serie de films disruptivos y que a su vez retomaban las mejores tradiciones de la época dorada del cine de los grandes estudios de las décadas del 30,40 y 50 del siglo pasado. En ese contexto particular una película protagonizada y pensada por un desconocido sobre un boxeador que busca su oportunidad de salir del anonimato no tenía demasiadas posibilidades de convertirse en un éxito sobre todo si uno tiene en cuenta que por esos años el cine norteamericano produjo obras maestras como El padrino (The godfather, Francis Ford Coppola, 1972), Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) y La conversación (The conversation, Francis Ford Coppola, 1974) solo por nombrar algunos de sus films más trascendentes

Rocky entonces surge como un gran malentendido. Originalmente fue presentada como una película pasatista para jóvenes y su recepción lejos estuvo de atribuirle las virtudes que el paso del tiempo le reconoce. La película de Avildsen llega al corazón gracias a actuaciones convincentes en el registro del drama deportivo al que las elites intelectuales subestimaban y le impedían ingresar al olimpo de lo que se considera cine de calidad. Luego de esa primera escena en donde todo hace presagiar un film clase B sobre boxeo lo vemos volver a Rocky (Sylvester Stallone) a su hogar y en ese primer momento todo se hace lumínico. El arte de la cinefilia que en la década del 90 canonizó Quentin Tarantino ya estaba en Stallone, al igual que en el resto de los colegas prestigiosos que refundaron el cine americano en los 60 y 70. Luego de la pelea, nuestro héroe vuelve a su casa no sin antes atravesar el vecindario. Mientras pasan los títulos, vemos a Rocky interactuar con unos jóvenes que cantan a capela “Take you Back”, una de las canciones insignias de la franquicia. Una vez en su departamento, Rocky realiza una serie de acciones supuestamente intrascendentes cuando pensamos en una película de boxeo. Stallone habla con unos peces mientras recorre nervioso su casa, hasta que observa su cara golpeada frente al espejo mientras una guitarra jazzera suena de fondo. Su rostro va entonces directo a una foto del propio Stallone de niño. En silencio lo vemos contemplar la foto. No hace falta decir ni agregar nada a la situación. Esa escena dialoga con el mas sórdido neorrealismo italiano sin ninguna necesidad de subrayar ese linaje. Stallone y Avildsen ya nos sumergieron en ese cuento de hadas en el que un tipo pobre y solitario intentará sanar sus heridas y reconstruirse para dejar de ser, por una vez en su vida, un vago más del vecindario. Ese tono continuará a lo largo de toda la película esquivando los clichés propios del cine deportivo. En Rocky la historia de amor es tan importante como los avatares deportivos que permiten que un ignoto desconocido pueda competir por el título de campeón del mundo gracias a la grandeza de Apollo Creed (Carl Weathers) que representa la grandeza de América, tierra de oportunidades.

La escena en donde Rocky y Adrian (Talia Shire) sellan su romance es tan conmovedora y lograda en términos de puesta en escena como la escena inicial. Rocky pone una canción romántica en la radio. Adrian posa su mirada sobre la misma foto sobre la que Rocky posó su mirada en la escena inicial. Luego él se acerca, le pide a ella que se saque las gafas y el gorro y se besan lenta y apasionadamente. La misma maestría en relación a la puesta en escena sucede cuando es Mickey el que va al departamento de nuestro héroe. Mickey interpretado por el enorme Burgess Meredith enumera sus éxitos del pasado. Un dialogo extraordinario se produce en lo que es el gran duelo actoral de la película. Meredith narra cómo lo golpearon siendo boxeador cuando era joven, mientras Rocky escucha todo en silencio. El clímax de la escena se da cuando Rocky le recrimina a Mickey haberle sacado el casillero y acercarse a él ahora que va a tener la oportunidad de competir por el título de campeón del mundo. Nuevamente brilla la pericia para una puesta en escena minimalista. Mientras Mickey se aleja, la cámara se aleja del departamento y nos muestra la calle mientras escuchamos como Rocky le grita una serie de reproches. De fondo nos acompaña uno de los motivos musicales de Bill Conti que de modo casi imperceptible sostienen la esencia de la escena y de la totalidad de la película, que está construida en base a la delicadeza de la banda de sonido. El resto es anecdótico. Rocky y Apollo interpretado por el gran Carl Weathers pelean en un combate más grande que la vida misma. Finalmente gana Apollo, pero Rocky solo quiere abrazarse con Adrian. Otra vez, la música de Conti sostiene la escena mientras la cámara va de los boxeadores a Adrian sin solución de continuidad. Finalmente, ellos se encuentran y se besan. Solos en el ring se tienen el uno al otro y en eso radica la victoria definitiva de nuestro héroe. Uno nunca sabrá por qué hay películas que se meten en el inconsciente colectivo como lo hizo Rocky. De lo que no cabe ninguna duda es que este poema épico de dimensiones fordianas sobre el amor, funciona gracias al talento y la gracia de un artista como Stallone que sabe que una historia bien contada y con personajes interesantes es básicamente todo lo que se necesita para hacer buen cine. Ni más ni menos.

Rocky (Estados Unidos, 1976). Dirección: John G. Avildsen. Guion: Silvester Stallone. Fotografía: James Crabe. Edición: Scott Conrad, Richard Halsey. Elenco: Silvester Stallone, Talia Shire, Carl Weather, Burgess Meredith, Burt Young. Duración: 119 minutos. Disponible en Netflix.

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