A la casa se llega solo por lancha: las dos mujeres, Emma (Mara Bestelli) y Alicia Rosenthal (Violeta Postolski) viven en un espacio que se percibe como una especie de isla. La lancha es la única comunicación con el mundo exterior: en ella vienen productos, cartas, lo necesario para vivir; en ella también se van las tortas que abuela y nieta preparan, como un trabajo que les permite sobrevivir. El mundo es algo que está allá afuera, a la suficiente distancia como para que no las alcance. Para que el tiempo, esa materia que todo lo degrada, simplemente ocurra.

La llegada de Bárbara (Florencia Dyszel) es la del eslabón perdido de la familia: la hija de Emma, la madre de Alicia. Ella viene de ese mundo exterior, pero ese mundo no viene con ella. Lo único que trae de allí es su acompañante y cuidador Juan (Fernando Contigiani). Ni siquiera sabemos –aunque se intuye- de dónde viene Bárbara: su espacio es en verdad un mundo interior que apenas puede revelarse hacia afuera. Son apenas señales las que dan cuenta de esa relación –el colgante que le arranca a su hija, las caricias en el regazo de su madre-. Pero esa llegada es la que abre el conflicto. Emma lo pone en palabras: “Es peligroso recibir visitas”. La frase actualiza entonces el pasado de Emma, la visita como punto de inflexión y lo que implica la partida posterior.

Bárbara llega a esa isla familiar vestida como si fuera Caperucita Roja. La salida del muelle implica el ingreso al bosque y a la casa de la madre/abuela que puede convertirse -¿o ya lo era? ¿o lo fue siempre?- en el Lobo Feroz (Alicia es la primera en poner un límite, cuando le dice “Basta Emma, quiero estar con mi mamá”). La permanencia de Bárbara será la manera de desarmar al Lobo Feroz para que vuelva a convertirse en Emma. Alicia, en cambio, entiende esa llegada como la posibilidad de un pasaje a un espacio distinto, a su propio país de las maravillas –que es planteado desde el momento en que se esconde en el placard de su abuela para luego salir y vestirse como ella-, en el que recupera a su madre, pero en el que también la presencia de Juan abre la perspectiva de lo prohibido, se trate de un simple cigarrillo o del deseo corporal.

Es también un espacio liberador que quita a Alicia de la obligación de la danza como materia cronometrada. Hay algo de la expresividad de las mujeres que solo parece poder decirse desde la coreografía de los cuerpos, desde la gestualidad –improvisada u obligada- a la que recurren en la orilla del lago o en el cuarto en el que se acompañan con el piano. En Alicia, además, el cuerpo le plantea otras cuestiones en que lo sexual parece central (la primera menstruación, la atracción por Juan, la prueba con los vestidos de una mujer adulta). Los cuerpos se convierten, entonces, en el punto en el que Tres tiempos termina por cifrar sus claves: un cuerpo que no puede manejarse por sí mismo (Bárbara), uno que empieza a explotar sus hormonas (Alicia, incluso con el miedo a no crecer) y otro que parece suspendido en el pasado (el recuerdo recurrente de Christophe) y su actualización (con Juan en el bosque, en la danza en cada momento).

En cierto sentido, Tres tiempos (Grinberg, 2025) puede pensarse como una película de fantasmas. Esos que vienen del pasado a corporizarse ante los ojos de Emma –incluso el regreso de Bárbara puede verse así-, los de un pasado en el que todo parecía feliz, ella y su cuerpo y Chritophe y Bárbara niña. Pero ese carácter de lo fantasmal se vuelve en algún punto, demasiado discreto, como si se conformara con ser un comentario lateral que anuda los diferentes tiempos en el personaje y que la llevan a la resolución en la que el deseo personal se antepone a todo posible conflicto. El problema de la película es que posiblemente se detiene demasiado en esa danza de los cuerpos que, antes que imponer y disponer sus significados, rompe con la progresión narrativa, sin terminar de cuajar en la relación y en la atmósfera que se genera entre los personajes. Lo que hace que Tres tiempos luzca un tanto estirada, tal vez en demasía y sin algo que la justifique, dejando de lado esos elementos que podrían haber potenciado la relación entre esas tres mujeres anudadas por algo más que la relación de parentesco.

Tres tiempos (Argentina/ Chile/ Francia / Uruguay, 2025). Guion y dirección: Marlene Grinberg. Fotografía: Mariano Suárez. Edición: Natacha Valerga. Elenco: Mara Bestelli, Nicolás Nacher. Duración: 100 minutos.

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