Por Emiliano Oviedo

Para Torneos y Competencias. Invadido por el espíritu iracundo y beligerante de Horacio Pagani, pasaremos revista a las primeras impresiones de la edición 2013 del Festival de Mar del Plata, todavía en actividad. Sin haber visto todas las películas de la competencia internacional, lo que es de una arbitrariedad redundantemente caprichosa, aseguramos que el premio del público de la competencia internacional se lo llevará la muy buena película Las analfabetas y, por otra parte, que si hubiera justicia -en el fútbol no la hay y no siempre gana el mejor- el gran premio del jurado debería ser para Yvy maraey – Tierra sin mal, que es simplemente espléndida. Todo depende de las pelotas del presidente del jurado Bong Joon-ho, porque lo que decida dirá mucho sobre su rúbrica como espectador (si elige jugar defensivamente, al recelo y la prevención ante algún ataque de los lineamientos más duros de la directiva del Festival, o si prefiere hacerlo a ganar como Bielsa –me corrijo, como Basile, porque Horacio detesta al loco- y sentar firmemente una posición categórica, merecer los tres puntos de la victoria).

Cuando para dar el puntapié inicial del festival se elige una película como Las analfabetas, uno ya puede darse una imagen del criterio de selección; sobre todo si después de la función, y ya en plena competencia festivalera, la programadora celebra el regreso de los jóvenes chilenos a hacer un cine de contenido social y de género, lo que es un cine de una forma socialmente codificada (con el Bambino, el cine de género; el western más que nada) y un contenido social. Digamos que películas comprensibles para el espectador, porque como bien avisó la programadora “no todo es arte en el cine” (aunque Séptimo Arte le dicen desde que se le ocurrió a Ricciotto Canudo escribir su Manifiesto de las Siete Artes allá por el 1911; pero yo qué sé, el de las estadísticas y la computadorita acá es Alejandro Fabbri), y además, como bien se preocupó por aclarar la otra programadora, “este es un festival público”, y en lo público importan las cosas verdaderamente importantes. Perfecto, pero -¿¿¿Quién decide qué es lo importante??? ¡¡¡¿¿¿Qué es lo importante, gordito???!!!- se enfervoriza Horacio, a lo que Marcelo Palacios responde: -Es verdad, Horacio, en este caso ciertamente lo deciden los programadores de los festivales y, en esferas más altas, los Blatter y los Grondona.

En fin, que aquí evidentemente lo importante es la temática social, un cine sentido y comprensible, no voy a decir pedagógico, porque esa palabra es un insulto para cualquier director de cine. Pero justo el oxímoron me queda como esas pelotas picando abajo del arco: los programadores eligieron como cuña de apertura a un filme de título Las analfabetas, entonces voy a decir: “Esta edición del Festival se propuso educar. Porque el cine no se anda con pelotudeces, gordito y enseña, y le abre los ojos a las personas, al público, en un festival que es público, y no privado. Así que hartos del cine analfabeto que se precie de temáticas que escapen a lo social, ese cine artístico y decadente, en el que no se puede definir su tema durante los primeros cinco minutos de película, que se vaya a otro lado, porque acá no juega, por lo menos oficialmente”.
Y el público –‘público’, de la polis cinematográfica, de la democracia cinéfila futbolera-, más que agradecido. Agradecido porque puede preguntar un montón, porque los temas sociales, antes que nada, le son mucho más cercanos y comprensibles. Entonces, en conferencia de prensa posterior a Las analfabetas, más de cuarenta espectadores conmocionados le aseguraban con el corazón en la mano a Moisés Sepúlveda, el director, que todos ellos habían tenido en su vida un contacto del tercer tipo con una persona analfabeta, y por eso le estaban sumamente agradecidos, agradecidísimos, por una película que tanto ayuda a la sociedad y, sobre todo, a los analfabetos que no hubieran podido leer los subtítulos en un festival popular, virgen santa. Y en otra conferencia, otro director disertaba sobre la temática aborigen de su película comprometida, y resultó que muchos en el auditorio eran descendientes de aborígenes también (lo acababan de descubrir) y también estaban agradecidos, más que agradecidos, en nombre de sus antepasados de taparrabo. Y cierto público también agradecido, espectadores que acaban de ver una coproducción latinoamericana que revelaba las penurias de este continente diezmado, se manifestó de inmediato en el novedoso gentilicio argentino-guatemalteco-venezolano (por generación cinefílica espontánea). Y no sé que lío gordito (gordito es Palacios que tiene un apellido muy artístico y decadente) se habría armado si la directora de la película Pelo malo comparecía en sal de prensa, pues ¡por Moisés! (no Sepúlveda), que las aguas de los espectadores se habrían dividido en dos: si Chávez es gordo o flaco, bueno o malo. Pero tal vez la cuestión política se hubiera podido evitar hablando de los ungüentos para el pelo con que estaba obsesionado el niño protagonista, y ahí sí que seguramente cincuenta espectadores públicos hubieran pedido el micrófono de la sala para manifestar que ellos también tuvieron abuelas con recetas para alisar un pelo crespo. Y gracias a Dios (Juan Román) que no vino Claire Denis porque ahí nomás las señoras levantaban la mano y decían que ellas también son de comprar mucho choclo, y que hasta tienen una prima que los cultiva en una granja orgánica, pero nunca, nunca, se les ocurrió darle ese uso tan específico que se le da en la película a una mazorca.

Todo esto en el marco de un cine para todos, participativo, incluyente. Porque el cine incluye, siempre. El privado, el de sala comercial, no tanto, porque está carísimo y porque los directores y los actores no vienen ni son tan sociales. Sus películas no abundan en la temática social ni tienen referencias éticas, realistas, pedagógicas que le hagan saber al espectador que el cine es la vida misma. Ni mucho menos vienen los directores o actores a someterse a la pregunta temática que prevalece en el espacio público. No viene Wes Anderson, y a mí me gustaría saber donde consigo las gafas de sol de Richie, el hijo tenista de los Tenenbaum. Y si Vin Diesel, por ejemplo, tuviera la deferencia de venir a escucharnos, le preguntaría por el aceite de motor o, si alguna vez compró un usado le diría: “Señor Diesel, ¿revisó usted mismo que el cuentakilómetros no estuviera tocado? ¿O lo fue a comprar directamente con un mecánico amigo?”
Bueno, que el festival fue un verdadero festival, con todo, mar, rambla, sol, choclos, Bong (a joderse los porteños con su cine independiente decadente, acá se juega de potrero). Más allá del folklore y del costumbrismo mal disimulado por narrativas de saltos y enlaces, y un uso dramático emocional que carga más las tintas en el tema y los tópicos (palabra decadente, artística, el editor seguro la quita) que en el conflicto dramático, la destreza narrativa o la puesta en escena, la organización y la atención fueron buenísimas, verdaderamente nos atendieron muy bien. Seamos buenos muchachos. Fueron atentos para asignar entrevistas, orientar y atender. La organización fue panorámica y tiempista, amable; la gente de prensa siempre bien predispuesta y entusiasta. Se agradece, en serio.

Y a los programadores se les agradece haber seleccionado para la competencia oficial a la película boliviana Tierra sin mal, excepcional, sentida, honesta, artística y con contenido (no se anulan – no hay offside), de búsqueda ontológica, metafísica, psicológica y social (tampoco se anulan). A mi entender paganesco lo mejor que he visto, le doy cinco paganis y cinco bellezas bambinescas, y ojalá se haga merecidamente con el galardón máximo del festival. Todo dependerá de las pelotas del máximo líder en jefe que preside el jurado: el señor Bong, que se vio casi todas las películas desde un lugar muy peculiar en el Teatro Auditórium: palco derecho, en lo alto, bastante cerca de la pantalla, mirada en picada, en sesgo (de chanfle). Del señor Bong Joon-ho esperamos que cuando elija, como los que saben jugar bien a la pelota, elija al que mejor jugó y no al que diseñó un plan de estilo fair play, acomodaticio, para no irse con las manos vacías del torneo y llevarse aunque sea un premio moral, correcto, por haber sido los menos advertidos formalmente (con roja o amarilla).

Un saludo para Román, mejor asistidor y jugador panorámico del futbol mundial.

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