Por Paola Menéndez.

El cuento maravilloso –Märchen– ha sido estudiado por numerosos autores, entre ellos el filósofo húngaro Georg Lukács, quien sostenía que en los cuentos maravillosos podía encontrarse una narración inmanente: la utopía de un hombre nuevo. Postulaba entonces que este tipo de obras recobraba elementos trágicos de otras épocas, pero que, a su vez, resultaba actual ya que permitía recrear conflictos comunitarios con materia nueva.
El encanto de ese mundo, que pinceló el belga Peyo hacia 1958, tenía que ver con la posibilidad de encontrar, en ese microuniverso, distintos valores que se ponían en juego en cada aventura cotidiana. Los pitufos, nombre con el que los conocimos los países hispanoamericanos, recuperaban la idea de una aldea y una vida en comunidad.
Nuestro radical temor estaba encarnado en el malvado alquimista Gargamel que azotaba esa vida pacífica movido por un desmesurado interés mercantil: convertir a los pitufos en oro. Pasión de toda una generación, Los pitufos supieron mantener intacta la magia por muchos años. Después, vino Raja Gosnell…
Si la fantasía en la niñez era la de “ingresar” a ese mundo mágico poblado con criaturas sobrenaturales, hechizos y hadas, sinceramente no comprendemos, o más bien creemos que Raja Gosnell no comprende, cuál es la idea de generar un movimiento inverso. ¿Por qué querríamos ver a los pitufos en nuestro mundo?
Fue una decisión argumental pésima de la primera entrega y vuelve a confirmarlo de forma rotunda en esta segunda edición. En primer lugar,  por una trama reincidente y trillada sobre la Frankpitufina, ahora retomada a partir de los traviesos. La historia es simplemente aburrida de seguir tanto para los adultos como para los más pequeños. Hay muy pocos momentos divertidos, ya se trate de gags o chistes puros. Sabemos que cuando se crean estos nuevos personajes, sin explotar a fondo los que ya conocemos, se está encubriendo una carencia substancial de guión.

Gargamel crea a Pitufina (también a Vexy y  a Hackus) como medios a fin de conocer la receta de la esencia pitufa. Una especie de esencia genérica que puede convertir a estas criaturas, llamados traviesos, en pitufos hechos y derechos. Resulta por ello interesante que la identidad viene asociada a una fórmula, o un compuesto químico, y no tanto al sentimiento de pertenencia o rechazo hacia una comunidad. Vexy y Hackus transforman su carácter, de revoltosos a calmados, de agresivos a amorosos, cuando absorben la esencia genérica de los pitufos y no a través del florecimiento de un sentimiento identitario. Igual que el focusin de Los Simpson, o la píldora de Morfeo, se puede modificar el sujeto y ajustarlo a la realidad que le tocó.
El empeño por enfatizar la moraleja anti naturalista, dada a partir de la posibilidad de superación del medio (Pitufina era una creación maligna y pudo volverse buena), se mantiene en contradicción con lo dicho anteriormente. Pitufina se vuelve buena no por una crisis, o un imperativo categórico, sino porque sencillamente Papá Pitufo prepara una fórmula que la vuelve azul. En ese sentido, la obra falla en lo pedagógico, o lo expone de forma  lo suficientemente críptica para dudar de lo que se está proponiendo desde una interpretación profunda. Resulta interesante reparar en cómo también se oculta aquí el motivo del dinero, ya que si recordamos la serie animada, la intención de Gargamel era la de transformar a los pitufos en oro.
Desde otra perspectiva, la familia pitufa es refractaria a la familia compuesta por Patrick (Neil Patrick Harris), Victor (Brendan Gleeson) y Grace (Jayma Mays). Todos  son carne de diván. El sufrimiento que padece el padre abandonado desde niño y Pitufina, creada y desamparada por el hechicero, tienen trazos idénticos. Éstos constituyen los momentos dramáticos de la película y exponen un recurso fácilmente identificable para los niños.


Por otro lado, sabemos que Raja Gosnell utilizó la misma técnica de digitalización en la terrible Scooby Doo con resultados un tanto escalofriantes. Los pitufos no parecen, en este largometraje, aquellas criaturitas tan adorables que tarareaban una canción pegadiza, sino que, en ciertos planos cercanos, resultan malignamente perturbadores.
Toda esta tecnología apuesta a una actualización de la historia, entendiendo que aquella otrora magia de la infancia que muchos vivimos, debería modernizarse en la era informática y, para ello, es preciso traerla a la contemporaneidad.  .
Las escenas más placenteras para chicos y grandes no serán nunca aquellas que transcurran en París –para eso tenemos a Woody Allen– sino las que se narran desde la aldea pitufa, ya que, en el Märchen, el vínculo se establece entre el ser humano y su mundo de elementos divergentes.
Como diría pitufo filósofo, la potencia del cuento maravilloso radica en la capacidad de instalarnos en  una edad dorada cuya mayor función social reposa en la posibilidad de imaginarnos distintos a como somos.
Herramienta de los oprimidos, en palabras de Walter Benjamin, el cuento de hadas enseñó a la humanidad desde tiempos inmemoriales, y sigue aún hoy enseñándoles a los niños, que lo más aconsejable es enfrentar las potencias del mundo mítico o mágico con la astucia y la insolencia.
¿Por qué permitirnos entonces perder esta sana insolencia?

Los pitufos 2 (EUA, 2013), de Raja Gosnell, c/ Neil Patrick Harris (Patrick), Brendan Gleeson (Víctor), Jayma Mays (Grace), Katy Perry (voz de Pitufina), Hank Azaria (Gargamel), 105’.

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