Es muy extraño lo que me pasó con Declaración de vida. Mi primer acercamiento no fue muy serio que digamos, apenas pude ver algunos fragmentos, mientras un amigo completaba a grandes rasgos sus arbitrarias elipsis, insistía en que tenía que verla porque era una maravilla, y que el montaje, y la música, y la danza, y… El punto es que de ese acercamiento fugaz algo quedó impreso, algo que trascendía, en cierta forma, a la película y que tenía que ver, precisamente, con el cuerpo. El cuerpo todo, y con todo. Cuando pude verla completa, entendí los motivos de ese impacto.
Es la calentura lo que une a Romeo y Julieta cuando se conocen bailando en una disco. Se pone el cuerpo para bailar y se pone el cuerpo para coger, pero también se pone el cuerpo entero –con alma incluida- cuando se tiene un hijo. Esto es lo que, inicialmente, sucede de improviso. Pasado un tiempo, a partir de señales físicas anómalas que Julieta percibe en su bebé, deciden hacerlo ver. Unos estudios determinan que el chico tiene un tumor cerebral y deberá ser sometido a una operación de alto riesgo. Si el mal está en la cabeza, se pondrá el cuerpo para hacer catarsis. Se estalla, se parte en mil pedazos para mantenerse íntegro. Por eso se baila, se coge, se besa y se llora como corresponde.
Los cuerpos se desploman ante la terrible noticia, caen como bolsas pesadas, pero con cierta elegancia teatral. Son exhibidos en una secuencia de montaje trágica, operística, con la música incidental a todo lo que da. Esta puede parecer una mirada distante de un tema jodidísimo que parte el alma –porque nosotros, pasivos espectadores, no podemos partirnos el cuerpo- pero Valerie Donzelli hace de la catarsis un cine claramente autoconsciente, que emerge de la mirada de una mina que las pasó todas y ahora puede -y se merece- ejercitar un tierno cinismo (aunque suene imposible) sobre el asunto.
Las decisiones que los protagonistas toman ante semejante cuadro son de una lucidez y sanidad mental admirables. Porque para afrontar algo así se debe estar íntegro psíquicamente y la liberación física es, sin dudas, una de las mejores herramientas. Hay que sentir, palpar, saberse materia para reconocerse vivo. Romeo y Julieta usan sus tiempos ‘libres’ (sabemos que no es así) para ir a bailar como frenéticos, besarse con extraños o entregarse al abrazo en un reposo corporal que da pie al duelo verbal transcripto por Josefina en su texto. No bajan los brazos, son luchadores, héroes noctámbulos pero solares, portadores de una excesiva sensibilidad a la que saben que NO pueden entregarse. En otra situación, tal vez, se hubieran tirado desde un puente o cortado las venas o lo que más romántico fuera. Pero en este caso es imposible, tienen que ser presencia para un hijo que verdaderamente los necesita.
Y a la tremenda (auto)consciencia maternal, emocional y cinematográfica de Donzelli, se contrapone la inocencia y, por ende, la inconsciencia plena de un bebé que apenas logra entender lo que está pasando a su alrededor. Y cómo pesa esa mirada.

 

La guerre est déclarée (Francia, 2011), de Valérie Donzelli, con Valérie Donzelli, Jérémie Elkaïm, Frédéric Pierrot, 100.

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