Hay quienes todavía se resisten a dar por muerto a lo que alguna vez se llamó Nuevo Cine Argentino(NCA) Es cierto: nunca terminó de desaparecer porque a treinta años de su emergencia, subsiste coexistiendo en un entramado que lo incluye dentro de ese cine industrial que había venido a combatir. En todo caso, la derrota real del NCA fue su cristalización, marcada por la imposibilidad de salir de sus propios esquemas. En todo caso, resulta llamativo lo que supone una película como La caminera. Puede pensarse que, si en lugar de haberse estrenado en este año, lo hubiera hecho a comienzos de los 2000, probablemente hubiera tenido cierto éxito de público y crítica, amparada por las mieles de aquel presente que tuvo el NCA. Pero hoy es inevitable pensarla desde otra perspectiva. En el mejor de los casos, entraría en una especie de neo-clasicismo impuesto por esas películas; en el peor, y a pesar de ciertos intentos por actualizarse, se comprende como una película datada, de otra época, sin que se advierta una evolución.

Todo el relato de La caminera se sitúa en una noche que va desde la finalización del trabajo de Pancho (Federico Pozzi) como repartidor al largo recorrido que entabla con Belén (Emilia Ickovic), esa chica de Mendoza a la que conoció en una app de citas, por las calles del barrio de Belgrano, hasta finalizar en su departamento para pasar la noche juntos. En ese trayecto los personajes comparten algunas cervezas, historias personales, se meten en un cumpleaños de un desconocido, en un partido de fútbol en la cancha de Excursionistas y se asombran cuando encuentran algunos elementos en su recorrido. Réplicas de monumentos, canchas de fútbol, graffitis, casas que fueron derrumbadas, funcionan como momentos en los que el movimiento y los recuerdos personales se detienen para fijar una pretendida mirada sobre el entorno.

Pero esa mirada está marcada por un desconocimiento sobre el territorio –“No sabía que estaba acá/-Nadie sabe”, se repite algunas veces-, sin restablecer el cruce con un universo digital que es crucial en los personajes –sobre todo en Pancho, que le provee no solo de trabajo sino de la posibilidad de una cita-. Los personajes caminan ya no una ciudad, sino un barrio, sin arriesgarse más allá de sus límites –la elección de Belgrano y no de otro barrio es indicativo de una postura ante la ciudad- y sus referencias al espacio que transitan, decantan en lo anecdótico o en la curiosidad histórica. Un conocimiento liviano –no es casual que en una secuencia aparezca la referencia a Wikipedia- que no deviene exploración siquiera azarosa. Lo que queda es que ese espacio, no relevado por una mirada personal, se vuelve apenas telón de fondo, excusa para ilustrar una serie de sucesos. En esa construcción de los personajes –un poco menos abúlicos que los del NCA, por cierto- despojados de perspectivas personales –las menciones a las películas en Pancho y a la canción de Belén surgen como si se tratara de hobbys-, lo que se advierte es un continuo transitar por el vacío que el relato no consigue asumir siquiera como mirada propia. La acción ocurre, se desarrolla, pero no hay mirada que la organice con un sentido que lleve a un lugar que evada el simple devenir.

Hay, en todo caso, dos elementos que intentan romper con esa intuición. El primero es el trabajo de Pancho como delivery. Más allá de la percepción del paso del tiempo que implica el contraste de la secuencia inicial con el deambular posterior, solo parece funcionar como una adaptación a la actualidad de modelos laborales pasados. La perspectiva del personaje es la de un trabajo estigmatizado –su identidad trasmuta de Fran a Pancho- que debe negarse, esconderse o idealizarse –cuando lo relaciona con Los Caballeros del Zodíaco-. Pero más allá de la referencia a su imposibilidad de comprar una determinada marca de cerveza, no se genera ningún otro planteo sobre esa realidad y lo que implica para alguien que parece haber superado la barrera de los 30 años. El segundo elemento es la referencia al cine, a esa película que recuerda haber empezado a filmar con su ex, pero que parece ya no existir (el cine da ese respeto que el ser repartidor evidentemente no). La coda final, que funciona pretendiendo ser “cine dentro del cine” parece reforzar no solo la concepción del personaje sino la perpetuación de un modelo de narración que toma distancia del entorno, aunque pretendidamente lo recorra o lo integre –el amigo delivery como espectador de su obra.

La caminera no es una obra fallida. Tampoco puede cuestionársele que no sostenga su sistema de representación. Ni siquiera se le podrían cuestionar deficiencias técnicas. El problema es que en su distancia con el entorno se postula fuera de las coordenadas espaciales: la misma historia podría haberse contado en cualquier ciudad, en cualquier país. Esa ausencia de anclaje real es donde se detecta su falla verdadera. Porque ese recorrido nocturno solo revela que no hay nada nuevo para decir sobre el mundo, sobre el país, la ciudad o el barrio por donde circulan, y lo que es peor, tampoco sobre los personajes que la pueblan.

La caminera (Argentina, 2026). Dirección: Federico Pozzi. Guión: Federico Pozzi, María Jesús Alvarez Cabada. Fotografía: Axel Rosito. Edición: Nubia Campos Vieira. Elenco: Emilia Ickovic, Federico Pozzi, Myblack Rodriguez. Duración: 60 minutos.

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