Y lo que construyen esos silencios es una distorsión. El relato de la vida de Fon que Marina lleva hasta Vigo es una historia oficial tan organizada como las que construyeron los abuelos en paralelo para su entorno. Tíos y primos, sin premeditación, irán desarmando esas historias.

La joven que se presenta ante el Registro Civil de Vigo, en principio, no tiene nombre. Su identidad se define en esa escena inicial, como hija de Alfonso (Fon) Piñeiro. El contraste con ese Registro no puede ser más notorio: en la documentación que hay allí, Alfonso está registrado como “sin hijos”. La joven no existe (su madre tampoco). Esa es la escena de una identidad vaciada, que solo se advierte en el momento en el que surge una necesidad práctica (ha ido hasta allí para obtener el documento que le permita postularse a una beca para estudiar cine en Barcelona). En la escena siguiente, esa identidad faltante comienza a reconstruirse: tiene un nombre –Marina (Llúcia Garcia)- y la recibe una parte de la familia –su tío Lois (Tristán Ulloa), su esposa, los primos-. Con el paso de los días –el arco narrativo abarca cinco días de la estancia de Marina en Vigo-, el resto de la estructura familiar irá tomando forma de manera escalonada. La tía Olalla (Miryam Gallego) –con ese vestido rojo que le entrega a Marina-, el tío Iago (Alberto Gracia) y más primos. Todo confluye en la secuencia del almuerzo familiar en la casa de los abuelos paternos. Esa secuencia plantea la dificultad para definir todavía esa identidad de manera más precisa: el espacio que ocupa Marina es todavía incómodo, en tanto objeto de la mirada, pero nunca integrada en su totalidad, pero también como réplica de la incomodidad que Fon representaba en esa estructura.

La secuencia en la casa de los Piñeiro reconoce además que esa identidad entra en discusión. Hasta ese momento, cada referencia estaba ligada al parecido de Marina con su madre, pero es la abuela (Marina Troncoso) quien sostiene el esquema de la negación, rechazando el parecido. El modo que elige Alfonso (José Angel Egido) es más complejo: reconoce a Marina como parte de la familia en la escena de los regalos a los nietos, para inmediatamente restarle esa identidad -no solo por la diferenciación entre los regalos, sino por su intención de que el dinero borre el interés por registrar la identidad real. Ambos gestos de negación se vuelven signos del reconocimiento tácito, pero sobre todo constituyen la señal de que se intenta perpetuar una historia oficial dominada por los silencios. Y lo que construyen esos silencios es una distorsión. El relato de la vida de Fon que Marina lleva hasta Vigo es una historia oficial tan organizada como las que construyeron los abuelos en paralelo para su entorno. Tíos y primos, sin premeditación, irán desarmando esas historias. Lugares donde vivieron y donde estuvo Fon en sus últimos tiempos, el momento del embarazo de su madre y el de la muerte de Fon, detenciones y separaciones: todo aparece tergiversado de uno y otro lado. Marina se asoma entonces a la historia de sus padres que se vuelve desconocida. Su paso por Vigo no es solo la recuperación de una identidad garantizada por un papel oficial, sino la reconstrucción de la imagen de sus padres.

Romería recupera a esos personajes tan presentes como elusivos, a partir de los recursos escénicos que pone en juego. La figura de la madre se recupera a partir de la lectura en off de los diarios que Marina lleva en su viaje. Y a la vez, el viaje de Marina se constituye como un diario, aunque filmado (una cámara que filma a Marina y Marina que filma con su cámara). Diario sobre diario, el de 2004 vuelve sobre el –e incluye al- de 1983/85. La distancia entre ambos es la edad de Marina: dos mundos diferentes que se desconocen entre sí. En uno, el hedonismo marcado por las olas de esos años 80 que en España eran la salida del franquismo, pero también el imperio de la droga –consumo y tráfico como forma de supervivencia- y el surgimiento de las enfermedades de transmisión sexual como el Sida. Esa historia situada es la que en el viaje de Marina se descubre silenciada. Una familia –una sociedad- que insiste en la negación –o el ocultamiento- de las causas de la muerte. La del 2004 es también una sociedad en la que la droga atraviesa el espacio de la juventud –la actitud de Marina admite la posibilidad de no aceptarla como práctica- pero es desde su actitud que se vislumbra la apertura que parecía impensable. Marina reivindica en 2004 la preminencia de la verdad, aún dolorosa, por sobre la negación –el gesto de incluir las causas de la muerte en el certificado.

Las dos épocas, los dos diarios, solo pueden unirse en la secuencia onírica que condensa los relatos fragmentados y que deriva de una resolución por perderse. Marina lo decide una noche en la que se aventura al mar en un bote. Vagar, derivar. Dejarse llevar. Como si fuera un viaje atrás en el tiempo, su padre y su madre se corporizan –los cuerpos son el de ella misma y el de su primo Suso (Mitch Martin), reflejo de esa atracción presente que se asoma en el final en la escena del velero-, reviven en la reverberación de frases y situaciones que ya hemos visto y escuchado, reconfigurándose en una relación extrañada. No es un recurso nostálgico: a la mañana, cuando el bote atraca en el muelle, cuando se escuchan las voces de los abuelos reclamando por su presencia, esos cuerpos se esfuman y lo que queda es la identidad de Marina pronta a completarse, a recuperarse en plenitud.

Romería (España, 2025). Dirección y guión: Carla Simón. Fotografía: Helene Louvart. Edición: Sergio Jimenez y Ana Plaff. Elenco: Llúcia García, Mitch Martin, Tristán Ulloa, José Angel Egido, Miryam Gallego, Alberto Gracia. Duración: 114 minutos.

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