Imposible intentar una fría evaluación de Cemento- El documental si la viste en la avant premiere que se dio en el marco del Bafici, ahí mismo, sentado en el living del under nacional, hoy convertido en estacionamiento de su verdugo, el Gobierno de la Ciudad. Como algo parecido a una experiencia en tres dimensiones, o como un marco dentro de un marco, tener los pies en la meca incide sensorialmente en el espectador. Para un documental que evoca el espacio cultural (extinto) más importante de nuestro país, haber generado dicha posibilidad de exhibición, no debe analizarsepor fuera de la obra en sí. El documental sobre Cemento, el archivo que lo comprime, dura casi hora y cuarenta minutos. Pero el trabajo de Lisandro Carcavallo durará hasta cada vez que se proyecte, desparramando una versión válida, audaz, respetuosa pero no definitoria.
La película te lleva a tus veinte años, o a la edad que tuviste cuando pasaste las noches ahí. Aunque arranca mucho antes, cuando nadie estuvo, antes de la apertura, época de la que nadie puede chamuyar con “yo estuve en ese momento”. Con buen criterio, Carcavallo comienza intercalando títulos y el registro fílmico de una pareja extravagante en medio de una obra: Katja Alemann y Omar Chabán edificando la cuna el under porteño y nacional. Ese arranque amaga con un orden cronológico de los sucesos ocurridos allí, pero en breve rompe la idea: cuando los entrevistados irrumpen en pantalla en orden diferente. La edición alterna imágenes de la prehistoria del lugar, con entrevistas a músicos que pisaron sus tablas muchos años después, décadas.

Atento al espíritu de Cemento, al documental no se le puede achacar nada sobre la inclusión de personalidades un tanto ignotas, ni tampoco por la ausencia de grandes referentes de la escena. El local, o Chabán, tenían interés en darle oportunidades a bandas de convocatoria como así también a otras con potencial, pero que apenas arrimaban. Lo que puede resultar un poco ilógico es que personas con claros valores contrarios, o dueños de empresas anti under, tengan el tupé de emocionarse en cámara y lamentarse porque ya no exista un espacio así. El primero de estos casos, la aparición de Mario Pergolini, se vive con el mismo desconcierto como si en plena pelea entre Rocky e Iván Drago (Rocky IV) subiera al ring Ragnar Logbrock de la serie Vikingos. Desde su discurso se pierde la idea de Cemento como cabeza única y visible de la contracultura de aquellos años. Ni siquiera fingiendo algún gestito de vergüenza, el empresario habla de algo que supuestamente existió, como una estrategia conjunta entre Cemento y la Rock & Pop. Su relato, como el de algunos otros, cae por su propio peso, pero el documental insiste en darle un lugar preponderante.

La diversidad de público y propuestas artísticas que albergó Cemento es una dificultad que el documental sortea pero no finiquita. En cuanto a testimonios podemos preguntarnos por la casi nula presencia de integrantes de bandas Rolingas (por ejemplo) o alguna otra figura destacada. Pero la falta más importante, para documentar la silueta real de Cemento, es la voz del público, el testimonio de los que concurrían como espectadores. Hasta la ausencia de archivo sobre los múltiples inconvenientes o clausuras que sufrió por parte de los vecinos y la policía desdibujan una porción importante de la hidalguía con que batalló el lugar.

Cemento- El documental se vale de entrevistas, archivo fotográfico, material gráfico y registro fílmico de muchas de las jornadas más memorables. Entre estas últimas se destacan las que muestran performances de La Organización Negra y Clásico Amoral, o de grandes figuras fallecidas del rock nacional en sus tablas, como Luca Prodan o Ricky Espinosa.

¿Cómo se hablaba de Cemento en los grandes medios? Las caras de constipados periodistas de los noticieros más importantes de la televisión del país tampoco aparecen. No hay registro de esa batalla contracultural, del ataque furioso que durante su existencia estos noticieros siempre cómplices del Estado represivo llevaron a cabo. Quizá con la misma lógica que incluyó con tanto énfasis al empresario Pergolini y varios de su tropa, el documental de Carcavallo levanta la bandera blanca como una apuesta a la difusión masiva. No por esto vale pensar que se erra al describir la figura de Omar Chabán: su impronta artística, inclusiva y libertaria se apuntalan en todos los testimonios que lo recuerdan con gran afecto y agradecimiento.

La figura de Omar Chabán se lleva un lugar casi central en el trabajo de Carcavallo, y no es para menos. Aunque no posibilita recordarlo en la puerta, más allá de que alguno de los entrevistados lo mencione, ni en la barra con sus anuncios de promociones sorpresivas, sí expone registros de su veta artística. Pero, más importante aún, muestra cómo se manejaba con las bandas. Punto alto del documental son los audios telefónicos de Chabán en un contestador automático en el que se lo escucha ayudando a artistas que necesitaban un empujón.

Cemento- El documental no es para verlo una sola vez. La calidad de imágenes, el audio por momentos complicado, intensifican la demanda de atención para el espectador. Es factible que en una segunda mirada puedan descubrirse figuras irreconocibles por el paso del tiempo, o detalles que atestigüen, por ejemplo, la onda minimalista del lugar. Para quienes no conocieron Cemento, dimensionar su superficie o sus recovecos es una tarea en la que el documental no contribuye. No hay planos, croquis o descripciones precisas de su magnitud, disposición o funcionalidad. Funciona más como un anecdotario idealista que una simple evocación a lo edilicio, aunque estrenarla en ese estacionamiento de mierda lo contradiga.

Es mucho el material que se expone y hay partes ineludibles para cualquier tipo de análisis. La participación del Indio Solari es totalmente insípida. Mala calidad de audio y nada inteligente que decir, falto de ganas quizás, conjugan interrupciones trágicas (para su séquito religioso, aclaro que“trágico” también significa que causa tristeza o lástima). Ineludible también es la participación de Carla Ritrovato. No puede haber visión under que apruebe su presencia, o por lo menos para los que somos de la movida punk y tenemos suficiente lucidez para evocar sus reportajes a Ricky Espinosa. Pero, aunque seguro hay quienes la defiendan y la integren a este universo que no le es propio, nadie pero nadie puede explicar cómo es que ella cierra lo testimonial, cómo es que ella es la última figura principal de un cierre para evacuar pateando patrulleros. ¿Y los títulos finales escapando mientras suena Carajo, la banda de Corvata? ¿Cómo funciona eso?

El trabajo realizado por Lisando Carcavallo y su equipo era necesario. Criticarlo negativamente sería sencillo, como un paralelismo válido con la obra de Omar Chabán. Pero hacer una obra así parece que no es para cualquiera, porque desde que se nos fue Cemento nadie edificó un recinto parecido, y nadie había realizado semejante reconocimiento, ni logrado reunirnos a todos nuevamente.

Cemento – El documental (Argentina, 2017), de Lisandro Carcavallo, 100′.


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