Hay algo que en todo Festival de Cine es inevitable: cuando la cantidad de películas que se ofrecen supera el número razonable –pongamos que ese número puede ser 50 ó 100- no hay forma de no toparse con alguna que no sea buena. Los festivales, en todo caso, apuntan a sostener un promedio pensando en la cantidad de películas que puede ver un espectador a lo largo de su desarrollo, y uno de esos títulos que rozan lo vergonzoso se compensa con la aparición de películas que superan largamente la medianía. Que Thinestra esté en un Festival de Cine –no genérico- no es problemático en ese sentido. Lo que se plantea a partir de su visión es qué criterios se utilizaron para situarla dentro de la grilla de programación, y en especial a partir de lo que plantea el nombre del Bafici.

Desde hace años que el criterio de “independencia” se encuentra cuestionado, especialmente porque no ha sido delimitado -¿porque no se puede?¿porque a nadie le interesa?- con precisión. De hecho Quintín, cuando era director del Bafici había señalado que esa palabra no era precisa y podía tender al equívoco. Que el Bafici insista con esa categorización –posiblemente porque se ha convertido en una marca que permite vender el evento-, más que un capricho, parece fruto de la comodidad: ese concepto difuso le permite meter en la misma bolsa a películas de facturación claramente industrial con otras que hacen de la independencia –especialmente de grandes empresas o entes del Estado- una bandera que nunca se arría.

Pero a fin de cuentas, aunque el promedio no baje demasiado, aunque este tipo de películas queden reservadas a los espíritus gozosos de experiencias algo más extremas, lo que hace es resentir la estructura en la que se sostiene el festival. Porque Thinestra podrá no estar avalada económicamente por ninguna gran compañía, podrá haberse realizado en el margen de la industria –al menos de como se considera a la industria del cine en Estados Unidos-, pero su formulación como película, al menos en lo que aspira, es a ser parte de ella. El problema para el Bafici es que la película no se diferencia demasiado de las películas de terror que suelen estrenarse comercialmente cada semana para un público cautivo de experiencias en las que se torturan o mutilan cuerpos. Y si se postula una independencia de esa cartelera comercial, ¿cuál es la lógica de programar una película que retoma las características de aquello de lo que se quiere diferenciar? -en ese sentido sigue siendo mucho más pertinente detenerse en una película como Shivers (David Cronenberg, 1975) que no ha perdido potencia con el paso del tiempo.

La supuesta originalidad de la película se sitúa en el cruce que establece entre lo real y lo fantástico ligado a una suerte de vampirismo caníbal. Penny (Melissa Macedo/ Michelle Macedo) es un personaje obsesionado con su cuerpo (de hecho se define a sí misma como “este monstruo gordo”) y con la necesidad de bajar de peso para dejar de odiarse a sí misma. Las pastillas que la modelo de la sesión de fotos le deja –independientemente de que pensemos que resulta un tanto inverosímil que le entregue, sin más, esas pastillas que no están a la venta- son el otro lado de la tentación por la comida: la tentación es ahora experimentar qué sucede con esas pastillas. El resultado se volverá impactante y llamativo en apenas tres días.

Sin embargo, esa misma línea narrativa es la que hace pensar en Thinestra como una derivación del éxito reciente de una película como La sustancia (The substance, Coralie Fargeat, 2024). Entonces, la pregunta que surge en el marco del festival es: ¿qué hay de original en una película que recurre a los mismos tópicos del cine de terror sin pretensión de renovarlos?¿qué puede aportar, incluso a la marca Bafici, si lo que constituye el núcleo –la transformación posterior en un monstruo devorador de humanos- diluye su peso en la imposibilidad de construir un punto de vista?. Porque a fin de cuentas, lo que se plantea es el olvido de ese pasaje traído por las noches para Penny y porque se abandona cualquier posibilidad de una salida hacia la trama más policial, aún cuando se regodea en el descubrimiento de algunos de los cuerpos atacados.

Si en la primera parte aún puede atisbarse algún posible camino de interés, allí ya queda claro el desinterés por pensar desde el tema que se decide poner en el centro –la obsesión por la perfección física y el rol que juegan la propaganda y la industria farmacéutica. Lo que queda es constreñir la historia a una serie de acumulaciones de ataques que quedan limitados a su sola mostración, con lo que la película se vuelve predecible desde su decisión de plantearlas de manera automática. Y ya se sabe, el terror puesto en piloto automático –o peor, con golpes de efecto innecesarios como en el final- puede alcanzar para sostener una estructura pero difícilmente consiga salir del recurso repetido. Thinestra pudo haber sido muchas cosas, pero la decisión de conformarse con la imitación de un modelo que repite lo ya probado, hace que no avance nunca más allá para construir algo más que una sucesión de escenas truculentas.

Thinestra (Estados Unidos, 2025). Dirección: Nathan Hertz. Guión: Avra Fox Lerner. Fotografía: Joe Wesley. Edición: Aashish D’Mello, Joshua Raymond Lee y Zekun Mao. Elenco: Melissa Macedo, Michelle Macedo, Gavin Steinhouse, Brian Huskey, Shannon Dang, Mary Beth Barone. Duración: 88 minutos.

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