afiche-733x1024Hay algo en Mujer lobo que llama la atención desde el principio. Cierta desprolijidad, cierto aire artesanal en el uso de la cámara y en la construcción de los diálogos. Cierta imperfección que resulta agradable, cálida, pero que luego, a los pocos minutos, cuando la película evidencia sus intenciones formales, se vuelven predecibles, y revelan una puesta en escena fría y calculada, sin peso dramático. A poco de empezada, Mujer lobo trasparenta su procedimiento mediante la acumulación de escenas: la protagonista conoce/elige a su víctima, tiene sexo con ella y luego la mata. Esta secuencia se repite varias veces ¿Por qué lo hace? ¿Qué hecho traumático dio origen a esa conducta? ¿Por qué escoge el subte línea B como territorio de la acción? Nunca lo sabemos, y tampoco parece importar demasiado. Es aquí donde empiezan los problemas. En primer lugar, resulta contradictorio, o al menos desconcertante, que en una película que lleva en su título el nombre de un animal vinculado a la actividad nocturna, abunden las escenas diurnas. La propia elección del subte, medio de transporte urbano propicio para los encuentros fortuitos, pero que en su funcionamiento no va más mucho más allá de las diez de la noche, es llamativa. La luz del día en la película de Tamae Garateguy parece tener mayor protagonismo que el poder transformador de la noche, el cual queda reducido apenas a unas pocas escenas de persecución y venta de drogas. La ciudad nunca llega a adquirir el tono extrañado que la película busca a partir de las permanentes mutaciones de la protagonista. El blanco y negro de la imagen, y una estructura llena de baches y baldosas flojas, dejan a Mujer lobo más cerca del registro documental que del fantástico pretendido. La ciudad, y el subte como su juguete predilecto, son apenas un mero telón de fondo para la historia que su directora se propone contar: no hay profundidad ni trabajo sobre ellos. Nunca llegan a adquirir relevancia. Lo que en principio parece fluir con naturalidad, luego se vuelve forzado y pierde interés.

En Mujer lobo una mujer se desdobla, y esto la vincula directamente con Mala, estrenada el año pasado y dirigida por Adrián Caetano. En esa película también se mostraban las variantes en la personalidad de una mujer, pero cada desdoblamiento se correspondía con una acción determinada: el personaje de Brenda Gandini, que era el portador del trauma, la mujer real, representaba la fertilidad, la relación entre vida y muerte. Era ella la que usaba el poder de su sexo para redimirse y redimir a los demás, como se veía al final. En tanto que los personajes de Liz Solari y Florencia Raggi representaban la acción, la concreción material de la venganza, mientras que María Dupláa era el instrumento de seducción, el objeto de deseo que llevaba, inconscientemente, a la perdición y la locura. El problema mayor de Mujer lobo está en este punto, en sus desdoblamientos: las tres mujeres que Garateguy muestra bien podrían ser la misma, las diferencias descansan sobre la superficialidad de los cuerpos, pero todas carecen de psicología en sus comportamientos. En un primer momento el personaje interpretado por Guadalupe Docampo parece ser la parte animal que tiene miedo, que no sabe o no puede convivir con su maldición; el de Luján Ariza simula la exuberancia, es la sirena urbana que enloquece y pierde a los demás, la carnada; mientras que Mónica Lairana representa la acción, es la morocha que seduce y mata. Pero luego, la película se encarga de revelarnos que todas hacen todo: todas tienen sexo, todas matan, todas sufren, todas sienten placer. Incluso hay dos escenas, una en la ducha y otra en la cama, en las que todas quedan igualadas. Ahí es donde Mujer lobo se pierde en sus propias contradicciones.

maxresdefault (1)

El otro punto de contacto entre Mujer lobo y Mala tiene que ver con la utilización de los trucos. Garateguy recurre al corte para mostrar las mutaciones de su protagonista, procedimiento que, además de no funcionar del todo, le quita fluidez y verosimilitud a la narración. En la película de Caetano no hace falta siquiera mover la cámara, el recurso del fuera de campo es limpio y efectivo, como se ve en una de las primeras escenas. Y cuando hay cortes, la utilización de los espejos no sólo funciona como imagen distorsionada de la propia protagonista, sino que abre distintas posibilidades de percepción para el espectador.

Aún en su imperfección, aún en su pretendida oscuridad, aún en sus fallas, la tercera película de Tamae Garateguy (UPA, una película argentina, Pompeya) tiene el mérito de ser honesta, sincera, de mostrarse como una película libre y con cierto espíritu lúdico, aunque esto no la salve de sus desaciertos.

La sensación que deja esta Mujer lobo y sus múltiples caras es que, al menos aquí, una mujer es una mujer, siempre la misma mujer, y que sus desdoblamientos, diferentes en sus corporizaciones pero iguales en sus comportamientos, bien podrían no existir. Por más que al final lo salvaje y lo primitivo parezcan imponerse por sobre lo sensible.

Mujer lobo (Argentina, 2013), de Tamae Garateguy, c/Luján Ariza, Guadalupe Docampo, Mónica Lairana, César Bordón, Hernán Bustos, Edgardo Castro, 92′.


Si te gustó lo que acabás de leer podés ayudarnos a seguir generando material

invitándonos un cafecito cafecito-logo