starred-up-movieDetrás del hombro de un pibe que no tiene veinte años, la cámara nos instala desde el principio junto al protagonista. Como también hay un contraplano, no estamos ante una propuesta radical parecida a la de algunas películas de los Dardenne. De un lado está ese pibe, ahora preso, callado pero peligroso a juzgar por los protocolos de seguridad que cumplen los guardias. Del otro está, justamente, la cárcel, lo social. Los códigos de representación son claros, convencionales, pero eluden –o enmascaran hábilmente- los más espectaculares y míticos del subgénero, se asientan sobre la tradición de cierto realismo sucio británico, y se mantendrán a lo largo de toda la película. Si coquetean con algo, eso es lo melodramático e incluso lo cómico, con la intensidad del verosímil físico, materialista, incluso de raigambre documental.

También durante ese comienzo que mencionamos, un hombre de más o menos 40 años se acerca al protagonista (es casi lo mismo que decir que se acerca a nosotros debido a la posición de la cámara) y le dice que deje de hacer bardo y se una al resto de los prisioneros en el patio de recreo. El silencio del pibe y la demora en obedecer señalan disconformidad, la obediencia, respeto si no temor. Si se apurara en cumplir la orden seria candidato a convertirse en la puta de ese tipo; peor aún, en la de sí mismo. No hacerlo significaría algo peor, o al menos irreversible. El detalle adicional que entonces ignoramos, el valor agregado de esta película, es que esos dos hombres son padre e hijo.

Ese amor pasión paterno filial es el de Starred Up, que estructura tanto al relato como a la institución en la que transcurre, y del que sólo escapa parcialmente el tercer personaje principal, un consejero que hace terapia de grupo para enseñar a los prisioneros a controlar la ira. Nada aparentemente más absurdo, además de arriesgado, que tal emprendimiento en ese contexto, nada más “maricón” desde la lógica carcelaria general. El valor de ese tipo, que es relativamente joven, flaco y luce endeble, es tanto como su fuerza de voluntad, manifiesta en la posición que ocupa en el espacio donde desarrollan las reuniones cada vez que los miembros del grupo pierden los estribos. Con las manos en los bolsillos y la mirada en el suelo se pone entre ellos cual saco de boxeo en un gimnasio pronto a ser golpeada y casi sin otra respuesta que la inercia del movimiento ocasionado por los demás, en silencio cuando los ánimos están muy caldeados porque sabe que cualquier palabra de más o fuera de lugar aviva el fuego.

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La precisión realista en el tratamiento de las situaciones supone un guión documentado, una ficción que no pasa por documental ni renuncia a su condición representativa pero a veces la excede, o nos hace creer que lo consigue, gracias a la potencia de su verosímil espacial y psicológico, a esa gran pasión entre padre e hijo que se despliega sin eufemismos con toda su carga de angustia sexual, fuerza física, miedo, poder y ternura proscrita, sólo expresada abiertamente in extremis. La muerte o su intimidad permiten el acceso a la piedad, que aquí, como en El río, de Tsai ming-liang, aunque sin su radicalidad discursiva, es alcanzada por dos hombres al margen de la mujer, que en este contexto cultural sólo pudo ser madre y ocupa un fuera de campo tan invisible como poderoso, pero necesariamente secundario si es que estos dos cachorros -20 años más 20 años menos no hacen diferencia- quieren crecer o al menos estar cerca uno del otro sin asesinarse.

No hay inferioridad en el retrato que hace la película de ellos, sino relación inmediata y en carne viva con la condición humana primaria, esa sabiduría del cuerpo que lleva al chico a evitar la paliza que le tienen destinada los guardias inmovilizando a uno al prenderse de sus bolas con los dientes al principio del quilombo. Como buena película viril, puede detectarse un larvado desprecio por lo gay en tanto cultura de la integración. Los personajes homosexuales de Starred Up son putos, la ponen o se las ponen pero no transan, se resisten al sistema jerárquico de poder aunque formen parte de él desde otro lado. El problema, incluso, no lo tienen con el director de la prisión, que es una mujer a quien nunca vemos impartir una orden bajo cuerda, sino con una especie de subdirector de cara inolvidable y notables frustraciones, sexuales entre ellas, que descarga sobre el resto y oficia de esbirro de aquella.

El marco de la película es del espectáculo; sus intenciones, las progresistas pero no ingenuas (me recuerdan a las de Jose Giovanni en la magnífica Dos contra la ciudad, de menor violencia física y mucho mayor pesimismo) que consisten en mostrar la posibilidad del crecimiento personal, la constitución de un sujeto capaz de regularse, de administrar la agresión aun dentro de ese contexto. No es descabellado pensar que los espectadores ideales de esta película sean quienes no hayan conseguido esa autonomía, en prisión o en libertad, y que, por ello, la forma se afinque en convenciones, a las que pule de impurezas y materializa todo lo posible, en vez de aventurarse en territorios desconocidos o, peor aún, amanerados como los de su compatriota Steve McQueen en Hunger.

Starred Up (Reino Unido, 2013), de Don Mackenzie, c/ Jack O’Connell, Ben Mendelsohn, Rupert Friend, 106’.


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