Starlet_poster_low_Final2Sutil, misteriosa, evanescente, Starlet se construye de a poco, con largas miradas y profundos silencios. Minutos interminables en los que el sol californiano atraviesa los ambientes con fuerza, añadiendo juventud y desparpajo a esas casas bajas de estilo español que pueblan el valle de San Fernando. Ese mundo íntimo y femenino que presenta Sean Baker desde los primeros planos inspira nuevos significados con cada rayo de luz que lo atraviesa de manera brillante, con una fuerza inesperada propia de un despertar a la vida, o a la muerte, donde todo resulta confuso y fascinante al mismo tiempo. Baker logra, luego de dirigir tres largometrajes y varios episodios para televisión, una de las mejores películas del cine estadounidense independiente de los últimos años, que no acusa deudas visibles con la tradición “disfuncional family” promovida por el festival Sundance, sino que decide un itinerario propio, ecléctico y luminoso.

Todo comienza con una venta de garaje, una búsqueda y un descubrimiento. Jane (la increíble Dree Hemingway, hija de Mariel), de sólo 21 años, se encuentra inmersa en una existencia distendida y ociosa: vive con una chica y un chico escandalosos e insufribles –que parecen ser sus amigos- en una casa alquilada o prestada, donde se celebran fiestas, corre el alcohol y las drogas, y la existencia es lujosa y precaria al mismo tiempo. Sus preocupaciones nunca lo son tanto, parecen meras inquietudes, propias de ese estado intermedio entre la soledad y el desapego, que la asaltan de repente y la ponen en funcionamiento. Cuando su amiga le sugiere que visite las ventas de garaje para hacerse de muebles o piezas de decoración adquiridas a buen precio, descubrirá un objeto que la llevará a conocer a Sadie, una anciana de 85 años que se encuentra recluida en su pequeña casa del valle. Inicialmente desconfiada y reticente, Sadie irá acercándose y contagiando de calidez la vida de Jane.

Como en Carol, la novela menos famosa de Patricia Highsmith, la relación entre Jane y Sadie se construye como un relato de suspenso, plagado de ambigüedades, de tensiones latentes, de ausencias y resquemores. Sin la explícita connotación sexual que había en aquel vínculo prohibido en plena década del 50, aquí la cercanía de estas dos mujeres se construye en la aparente –y negada- oposición. Lo que parece decirnos Baker es que esos dos mundos no están tan lejanos como parecen: una joven atravesada por la lógica de los nuevos tiempos, que coquetean con el posmodernismo a partir de una alienante deshumanización, se entromete en la vida de una mujer que pena en silencio por sus pérdidas, que parecen tan dolientes como esos grandes relatos de la épica del siglo pasado, y emerge entre ellas una conexión tan intensa como inexplicable.

starlet22¿Qué pueden tener en común el ambiente del porno glam de la era de Internet con la apatía de la vida suburbana, sumergida en la falta de esperanza y de sentido futuro? ¿Qué pueden compartir esas estrellas mediatizadas en especies de convenciones abiertas tanto a magnates del negocio como a fanáticos obsesivos con un grupo de jubilados que juega al bingo en una casa de descanso? Baker se toma su tiempo para acercarnos a sus personajes, para darnos detalles de sus vidas, de sus angustias, de sus egoísmos y sus pequeñas miserias. Todo transcurre con un ritmo tan natural, y tan difícil de conseguir al mismo tiempo, que parece que sus méritos fueran una simple condición del dispositivo, un simple aporte del lenguaje cinematográfico. Pero no, lo que la película mejor concreta es una fluidez propia e imperceptible, sostenida en la media sonrisa de Jane que inunda la pantalla, con su pelo rubio y aireado que ofrece testimonio abierto de un espíritu lúdico y vulnerable,  o en la mirada triste de la genial Sadie (la debutante Basedka Johson) que hace de su pasado una herida abierta y sangrante.

Starlet se acerca cuidadosamente a algunos exponentes tardíos del Nuevo Cine Americano de los 70, como lo eran Night Moves de Arthur Penn o Daisy Miller de Peter Bogdanovich, sin explosiones violentas ni narrativas gravitantes, sino pensada como un retrato de esta época, de su ambiente, de un mundo en plena crisis y renacimiento, que encuentra en detalles simples, a menudo desatendidos, los pilares de un nuevo modo de ver la vida. Starlet utiliza la cámara, aún dentro de la ficción, como un refugio, una estrategia de preservación de aquello que es todavía privado –aunque expuesto- e íntimo, y en ese gesto hace de la imagen cinematográfica el mejor de los terrenos para la reflexión sobre el mundo de nuestros días.

Starlet (EUA / Reino Unido, 2012), de Sean Baker, c/ Dree Hemingway, Besedka Johnson, Boonee, 103′.


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