images+32Padres, puños y pudor. 1938, Patrulla submarina, John Ford un año antes de La diligencia. Están Ward Bond, John Carradine y Jack Pennick, todos integrantes de la gran familia fordiana. Puede verse como un antecedente de Fuimos los sacrificados (They Were Expendable) con lanchas caza submarinos en lugar de torpederas y Primera en vez de Segunda Guerra Mundial, aunque allí termina toda similitud porque esta es una comedia con romance supeditado a la lógica masculina e institucional típica de Ford. La mentada lógica masculina consiste en poner a la protagonista en el lugar de madre pese a que en la película ni siquiera llega a casarse con el partenaire masculino. El caso es que Ford sólo concibe a la mujer en ese lugar y está claro que le incomoda filmar hasta un beso. Hay pocas películas con tan poca química sexual como esta. Lo que hacía Hawks durante esos años a Ford debía parecerle casi pornográfico. El pudor fordiano llega a tal punto que pospone el casamiento de la pareja protagónica tres veces y termina la película sin concretarlo, con el joven marinero partiendo una vez más hacia la guerra y preguntándole desde la borda del barco a su novia, que lo despide desde el muelle, si va a esperarlo.

Lo inolvidable de ese final es que la pregunta no se la hace solo, sino a coro con todos sus camaradas. El desinterés de Ford por el romance es tal que su personaje masculino no tiene voz amorosa propia y al femenino sólo le cabe esperar sola el regreso. El muchacho no es otra cosa que un chico que se va a jugar (el pellejo) con sus amigos y deja en banda a su chica y a los espectadores en una de las clausuras más increíbles del cine clásico, no sólo por lo decepcionante en lo que hace a la trama romántica construida sobre la base de la varias veces postergada ceremonia nupcial, sino sobre todo por la manifiesta alegría con que Ford monta esa decepción escudado en el deber nacional. En cuanto a eso que hemos dado en llamar lógica institucional del cine fordiano, representa algo así como la materialización de una comunidad utópica donde encontramos milagrosamente amalgamados la letra y el espíritu de la ley. Por supuesto que ese equilibrio es precario como el humor de los pasos de comedia viriles, toscos y por ello mismo enternecedores de sus películas, esos que se dan siempre y sólo en los alrededores del alcohol y los puños. Ver Patrulla submarina es darse cuenta de que ya nadie filma apretones de mano significativos, de que acaso ya no sea posible hacerlo porque ese gesto (¿el gestus social de Brecht?) perdió su potencia dramática, su valor y su sentido.

c98eceec1En El cine de terror, de Carlos Losilla, leo la explicación más sucinta del “ello” y del “superyó”, algo así como Freud para críticos principiantes. No sé por qué razón vinculo esto a Patrulla submarina. Cuando allí dice que “el ello es algo así como una fuerza elemental que tiene su origen en las pulsiones primitivas, en el deseo en estado puro, y que se niega a tener en cuenta las limitaciones del yo” pienso que la pasión más descontrolada que exhibe la película de Ford no es la amorosa en el sentido convencional sino otra. El romance entre el protagonista y la chica no le interesa por los avatares del flirt, razón por la cual de inmediato hacen planes para casarse, sino por otra cosa: el futuro suegro. Dos veces se enfrenta con él y dos veces el protagonista recibe una paliza monumental. Pese a todo, insiste, y las idas y vueltas del argumento los junta en la misma sala de máquinas del mismo barco en tren de naufragio. Luego de ser torpedeado, el joven pierde el conocimiento, recibe la ayuda de su adversario, y cuando lo recupera grita: ¡Papá! Esa es la palabra clave, el ábrete sésamo del personaje y de la película toda. Porque el pibe tiene un padre rico e influyente pero este jamás se deja ver, así que no busca en esa chica otra cosa que una figura paterna sustituta y consistente. Por eso los golpes que ligó por ligársela no hacían otra cosa que ligarlo cada vez más a ese hombre que le daba algo muchísimo más consistente –la pelea cuerpo a cuerpo, el puño en la cara- que lo que jamás le había dado su padre.

Patrulla submarina (Submarine Patrol, EUA, 1938), de John Ford, c/Richard Greene, Nancy Kelly, Preston Foster, 95′.


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