Lo que inquieta no es la totalidad, que no terminamos de ver. Ni siquiera el detalle de esos objetos que parecen superponerse unos sobre otros, como si un viento los hubiera arrastrado hasta quedar conectados. Lo que inquieta es que mientras vemos esas primeras imágenes en Lo intangible hay silencio. Y en el silencio, lo que se escucha es como la respiración de esos objetos, el crujido de sus movimientos –o simplemente de sus expansiones y contracciones-. Como si el territorio en el que entra la película fuera, más que intangible, el de un descubrimiento de lo extraño que anida en lo cotidiano.

Y el contraste no puede ser más furibundo. Porque a esas escenas filmadas en una casa/museo/taller, el mismo espacio en el que fueron construidas esas esculturas, le siguen unas imágenes rescatadas de archivos familiares en super 8, con esa textura que viene de otro tiempo, pero que se ve, curiosamente, como un tiempo intermedio entre el que parece emerger de las esculturas y el actual, encarnado por el escritor Marcos Kramer, que vuelve a viajar en busca del secreto de Fernando García Curten. Las imágenes de San Pedro de la década del 60 muestran sus colores lavados o su blanco y negro, pero su significación es ahora, puramente de colocar en situación. Lo que empieza a importar a partir de ese momento es la voz de García Curten que, fragmentariamente, comienza a recuperar su propia historia. Pero a la vez, es esa misma voz la que en su desarrollo le dará importancia a esas imágenes que muestran la habitualidad de una ciudad hace más de 50 años atrás.

Es que San Pedro aparece en el relato de García Curten como el punto de retorno continuo, la referencia de un territorio propio. Lo curioso es que el arte de García Curten parece disociado de ese territorio primigenio –él mismo recalca que la primera vez que llevó sus cuadros para que los viera un pintor, cuando vivía en Estados Unidos, eran en su mayoría, paisajes de San Pedro-: no solo por las esculturas, sino también por esos cuadernos de dibujos que intentan reflejar la tortura, la guerra, la universalización de la violencia. San Pedro desaparece del lugar explícito en la obra desde el rechazo, para convertirse en lo implícito, en lo que forma parte indisoluble del artista. Porque a fin de cuentas, el artista se fue primero a Estados Unidos. Y luego se fue a España, al pueblo minero donde nació su abuelo. Y en los 80 tuvo un éxito interesante una de sus exposiciones en el por entonces de moda (y modélico) Centro Cultural Recoleta. Y de cada uno de esos lugares volvió. Siempre a San Pedro.

Como si le escapara al éxito –recalca su incapacidad para generar obras que se traduzcan en dinero, indica que ha vendido muy poco de su obra-, de cada lugar vuelve al origen. El origen no es solo la ciudad: es la casa donde nació y donde sigue viviendo, aunque una parte se haya convertido en museo de su propia obra. Es en ese punto que el artista parece conectar con esa obra que la cámara volverá a mostrar fragmentariamente varias veces y en las que se detendrá luego con el escritor Kramer en el lugar. Ese carácter fantasmagórico y huidizo de las esculturas se replica al menos en la primera parte del documental con el artista. Hay una apuesta en ese tramo en el que solo tenemos su voz en off, a que lo corporal sea una forma ajena al campo de la representación, y que se sostiene incluso cuando vemos a García Curten por primera vez, como una sombra difusa en los fondos de su casa desde la ventana. O incluso, cuando lo primero que vemos con claridad son sus manos en un primer plano dibujando. El carácter elusivo del personaje que se construye en esa primera mitad del relato, sobrevive no solamente a la voz en off, sino también al registro fotográfico del pasado, como si estuviera en claro que ese que habla ya no es el de esas fotos.

Pero si la casa/museo funciona como refugio del artista –y también en simbiosis con la obra que se va deteriorando- que se va cerrando sobre sí misma, haciendo de García Curten ese pintor/escultor al borde de lo secreto, de lo desconocido, el problema que no logra resolver el documental es el que plantea en el comienzo desde la perspectiva del escritor que va llegando a la ciudad. “Todos tenemos secretos. Quiero conocer el que impulsa la obra de Fernando García Curten” dice. Pero a lo largo del documental, ese secreto no solamente no es revelado, sino que se desentiende de su búsqueda. Si el aura misteriosa que provoca su ausencia física en el campo visual sostiene el relato en su momento de acercamiento, la reducción a esa charla/entrevista que Kramer mantiene con él, se mueve en la superficie, en el recuerdo del momento en que compuso cada escultura. El documental pierde, a partir de ese momento, el misterio que había logrado construir sobre el personaje, pero a cambio de no revelar nada más allá de ese misterio. Si lo que importa es el devenir de ese personaje oculto de las artes argentinas, de ese refugiado en una especie de autoexilio interior, el recuento de esas obras acumuladas en el museo lo derivan hacia otro lugar. Desplaza al artista justamente a la esfera del museo, a aquello que es pasado para contemplar, pero que no dice nada del misterio del artista. Un espacio congelado en el que ya no queda nada por descubrir porque está todo allí a la vista.

Quizás se trata de una excesiva fijación en ese tramo por ese espacio de lo escultórico que resume 20 años de la vida de García Curten, pero que también está congelado en un tiempo, en tanto señala que dejó la escultura porque sentía que ya no tenía nada que decir. El proyecto pierde la dinámica que llevaba del dibujo a la escultura como formas diferentes de expresar la misma inquietud, la misma tristeza y melancolía y se queda estancado en un formato, como si en lugar de García Curten fuera el documental el que no tiene nada más que decir. Lo intangible entonces se diluye. Y lo que en un momento fue la exploración sobre un cuerpo ausente del que solo parecía sobrevivir una voz, se convierte en una presencia a la que no se logra dotar de peso específico en la pantalla y a una voz que ya no tiene mucho más para decir. Quizás el problema esté en no haber afinado la mirada y lograr lo que aquel pintor al que García Curten le mostró sus cuadros sampedrinos: encontrar en un borde, en un punto específico, en la esquina de algún dibujo o cuadro, la imagen que revela al autor en su esencia.

Calificación: 6/10

Lo intangible (Argentina, 2019). Dirección: Matilde Michanie. Guión: Matilde Michanie, Horacio López. Fotografía: Pablo Parra, Diego Gachassin, Camilo Soratti. Montaje: María Astrauskas. Duración: 66 minutos.


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