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Como sabe cualquiera que haya pasado unas vacaciones largas en la casa de algún pariente del campo o que, habiéndose criado en un pueblito, haya finalmente decidido probar suerte en la ciudad, existe una angustia vaga pero omnipresente, una especie de sensación claustrofóbica característica de las comunidades pequeñas. Al igual que las mansiones señoriales y los trenes expresos de los relatos policiales, las preparatorias yanquis (donde ha muerto demasiada gente) o las casas de los reality shows (donde no ha muerto la suficiente), el ambiente cerrado y endogámico del “pueblito” funciona en el imaginario colectivo como un escenario fértil para las historias de venganza, los ajustes de cuentas y los crímenes pasionales, y todo esto por muy buenos motivos. Repasemos sus componentes: un grupo humano aislado del resto del mundo cuyas vidas están entrelazadas por vínculos de sangre, dependencia o rencor, en el que todos y cada uno de sus integrantes se conocen muy bien, quizá demasiado bien, y con escasos puntos de fuga, o ninguno. ¿Pueden sentir el estrés ya?

Con algo de thriller sobrenatural, algo de suspenso psicológico y algo de cuento fantástico, La segunda muerte, que ya estuvo presentándose en el BAFICI 2012, es la ópera prima de Santiago Fernández Calvete. El argumento es el siguiente: un buen día, en una localidad perdida en mitad de la llanura pampeana, significativamente llamada “Pueblo Chico”, comienzan a registrarse una serie de muertes tan siniestras como desconcertantes. Primero al costado de la ruta y luego en otros escenarios, los cuerpos de distintos vecinos del pueblo aparecen calcinados como por “combustión espontánea”, en una extraña posición: de rodillas y con las manos entrelazadas, como rezando. Fuera de esto, las víctimas no presentan señales de violencia física, no hay rastros de fuego en las inmediaciones y tampoco móviles claros. La única pista es el llanto de un bebé que se escucha en los momentos previos a las muertes y la dudosa aparición de una imagen de la virgen María. Un cóctel bastante espeluznante, convengamos. El resto son todas preguntas abiertas: ¿de dónde viene ese llanto?, ¿son reales las apariciones?, ¿es la virgen?, ¿es el diablo?, ¿quién o quiénes están detrás de estos asesinatos?, ¿cuál es la metodología de los asesinatos?

smuerte2Para la encargada de investigar el caso, la oficial Alba Aiello (Agustina Lecouna) no tiene sentido perder el tiempo con historias de aparecidos y fantasmas: el asesino es una persona de carne y hueso, alguien que vive en el pueblo, al que hay que desenmascarar a como dé lugar. A pesar de ser una oficial de provincias y de ser mujer, Aiello encarna a la perfección la figura del detective machito del film noir −una interesante vuelta de tuerca a las convenciones de un género donde las mujeres son casi invariablemente frágiles y rubias− y en varias secuencias directamente se pone la película al hombro, contándonos lo que ocurre en primera persona, explicándonos las hipótesis que guían su pesquisa, la frustración que siente al toparse con un callejón sin salida y, en general, su forma de entender el mundo. En la cosmovisión personal de esta mujer valiente y desconfiada como sólo puede serlo quien conoce de cerca la sordidez del alma humana, nadie es realmente inocente. (Sobra aclararlo, Aiello no es oriunda de “Pueblo Chico” y si se encuentra aquí es porque ella también tiene sus propios secretos).

Pero las cosas no marchan bien para la investigadora. Aunque hace su trabajo con meticulosidad e interroga a medio pueblo, procurando reconstruir la trama subterránea de lealtades y resentimientos bajo la falsa calma superficial, un velo de misterio y hermetismo pareciera cernirse sobre el caso y Aiello pronto tendrá que reconocer que ha llegado a un punto muerto. Es entonces cuando interviene el “Mago” (Tomás Lizzio), el otro gran personaje de la película, un niño clarividente, muy en la línea de Haley Joel Osment en Sexto Sentido, que viaja por el interior del país de la mano de un tutor inescrupuloso al que sólo le interesa explotarlo en su calidad de freak. Paulatinamente, entre el “Mago” y Aiello, entre la mujer fuerte y el niño maltratado, es decir, entre quien personifica a la Razón y quien representa el poder de la Intuición, se irá entablando un vínculo que se asemeja a cualquier cosa menos a la relación asimétrica entre una madre y un hijo, y la oficial de policía tendrá que considerar seriamente la hipótesis de que, tal vez, el asesino que busca no pertenece a este mundo.

 Si me pidieran que apueste sobre seguro, yo diría que Santiago Fernández, el director y guionista de La segunda muerte, es un gran cultor de las películas de gangster y de los policiales negros de la década del 40 y 50. O por lo menos, eso se puede inferir a partir de la atmósfera opresiva y de algunos guiños sutiles y bien distribuidos acerca de la naturaleza del mal, la venganza y el más allá, como en la cita de Baudelaire con que el cura párroco de “Pueblo Chico” responde al escepticismo de Aiello (y que la mayoría de nosotros escuchamos por primera vez de los labios de Keyser Söze en Los sospechosos de siempre): “el mayor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía”.

La segunda muerte (Argentina, 2014), de Santiago Fernández Calvete, c/ Agustina Lecouna, Guillermo Arengo, Germán de Silva, Mauricio Dayub, 91’.