Volví a mirar La piel que habito. Es una de las mejores películas del año y puede que sea la mejor de Almodóvar. En todo caso, es una de las más significativas, y dice mucho más acerca de España y del mundo global de lo que ahora podemos llegar a suponer. Como el cine de Georges Franju, que habló de la Segunda Guerra Mundial y el nuevo orden científico moderno a través de ficciones de género (La cabeza contra la pared, Los ojos sin cara), o documentales surrealistas sobre los mataderos de París y otras instituciones (La sangre de las bestias, Hotel des Invalides), no puedo dejar de pensar que la película de Almodóvar guarda relación íntima pero no supeficial, por una parte, con el presente de una España decidida a ocultar los crímenes del franquismo, y, por otra y más abiertamente, con unos poderes globales que están más allá de todo control. El laboratorio de cristal instalado en la casa de piedra toledana es quizá la evidencia física más palpable de esa convivencia -y connivencia- de estructuras y regímenes de control más allá del tiempo y del espacio. De hecho, el trauma central de la película es clasista y no psicológico.

Marisa Paredes, peinada como Anthony Perkins cuando se ponía la peluca de la vieja en Psicosis es la responsable de cuerpo presente de la psicopatía de Banderas, pero este hijo es fruto de la relación que el señor de la casa tuvo con ella. Señor que lo reconoce como propio al precio de no revelar nunca la verdadera identidad de la madre. El Señor se lo apropia, entonces, mientras la verdadera Madre calla siempre, antes porque aspiró a ser Señora y ahora porque lo es de ese hijo que se ignora a sí mismo. Señores feudales que no vemos nunca en la película, pues el poder fuera de campo es mucho más fuerte que el que se deja encuadrar, pero que parieron al personaje de Banderas, enfermo que concreta la fantasía fascista de la castración del (supuesto) violador bajo la atenta mirada de un ama de casa uniformada por la MATERNIDAD en mayúsculas.


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