leonera_critica1Y un coro de fantasmas… Probablemente no haya tantos antecedentes como uno desearía a la hora de ubicar películas que salgan indemnes –dignamente, al menos- del desafío de abarcar la tríada vejez-enfermedad-muerte o alguno de esos elementos en particular. Al igual que el compromiso póstumo con la parca, listarlos no es una cuestión de gustos sino una cuestión personal, más allá de estilos y empatía con determinadas visiones, llámense Ozu o Kawase, David Lynch o David Zucker, Kurosawa o Haneke.

Esta Canción inconclusa, título con el cual también se conoce A Song for Marion, se tira a la pileta apenas despacha los títulos presentándonos a Marion con un avanzadísimo cáncer y todas las ganas de exprimir hasta el último segundo de su vida cantando en un coro de ancianos, y a Arthur –compañero de fierro pero reservado, conservador, cabrón- apoyando a regañadientes el derroche de energía en la recta final emprendida por su vieja amada. “No quiero que te vayas”, dice, y le cuesta un huevo semejante confesión. Si por él fuera no se moverían de las cuatro oscuras paredes donde viven. “Dale, dame un beso, a lo mejor mañana no hay tiempo,” le dirá ella en algún momento. Uh, ¿dónde están los pañuelitos?

A mover el esqueleto.A ver, la cosa pinta como un spoilerde noventa minutos, pero en contrapunto a los diálogos serenos, tristes y finales de estos viejitos en su humilde hogar (donde Stamp y Redgrave, dos colosos del free cinema juntos por primera vez, se hacen un festín sin derroches de histrionismo tribunero pese a que semejante historia era carne de cañón para ello) o a las disputas entre el padre y su hijo esquivo con el que deberá rendir cuentas después, aparecen las secuencias de ensayo del coro dirigido por la joven Elizabeth (Gemma Arterton lejos, muy lejos, de Clash of the Titansy Prince of Persia, casi como salida de acá a la vuelta) que –alivio- no respiran la condescendencia que el cine suele darle a los “pobres viejitos” que esperan la muerte jugando a las bochas.

426896127_640lizabeth los apura –más de uno tiene que salir en ambulancia de los ensayos-, los motiva y no anda con canciones de cuna: les marca desde un clásico soul como Nowhere to Run, pasando por Eres el sol de mi vida, un inoxidable de Stevie Wonder que sus compañeros le cantan a Marion desde la vereda mientras ella se repone de su última recaída, los pone a hacer un peligroso robot-dance, los invita a ser sexys con un tema de Salt’n’Pepa o la culminación con el festivísimo Love Shack de los B-52’s (un hallazgo). No olvidemos que estos viejos setentones tienen la edad de los Beatles y los Stones. El Mel Brooks de los ’70 hubiera hecho maravillas con esto. Encontrar rasgos de irreverencia -y no solamente como un relief para airear la trama- en un liviano drama inglés como éste es casi una excepción.

De hecho, la faz musical del film es la que mantiene el hilo y toma más protagonismo aún cuando con precisión cronométrica decide a mitad de camino adelantar los trámites y enfocarse en Arthur ya solo, planteándose el por qué de la mala relación con el hijo y buscando un rumbo a su vida mientras escucha, escondido, los ensayos del coro que tanto detestaba.  Aquí la canción para Marion –fuera de las secuencias corales y el tira y afloje con Arthur que se niega a hacer el ridículo como crooner– se nos pone al borde de la puerilidad: la solitaria y comprensiva Elizabeth también anda como bola sin manija fuera de sus horas de trabajo y el viudo quiere pegar un volantazo, redimirse ante su hijo y encarar el “¡suéltame, pasado!” y todo lo que ya fue harto transitado en decenas de dramas familiares. Lo rescata la cancha de un Stamp de vuelta de todo pero no abúlico: hay una breve toma que lo agarra de espaldas, con sus pocos pelos mal peinados y en piyama, recostando su cabeza sobre el hombro de su esposa, lo mismo que otra de apenas segundos donde ambos se miran antes de darse un beso también breve que evita cualquier zarpazo de la sensiblería.

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Si querés llorar, tomá. Convengamos que desde La última nieve de primavera o desde cuando cada uno haga memoria hay una legión de espectadores que gozan cual Girondos de la penumbra llorando en el cine, y la película de Paul Andrew Williams (que hasta aquí venía con un pasado de thrillers) tiene para algún que otro inevitable nudo en la garganta, pero no se entrega al melodrama hospitalario y terminal ni tampoco abreva en la tradicional crueldad de cierto cine inglés. Sí conmueve legítimamente Vanessa Redgrave cantándole True Colors a su incómodo esposo que no sabe cómo aflojar sus emociones, y  aún más sobre el final con Stamp himself murmurando un tema de Billy Joel  que, como aquella del pianista, es una apelación demagoga a largar el moco.

La esencia delamor (A song for Marion / Unfinished song, Inglaterra, 2012) de Paul Andrew Williams, con Terence Stamp, Vanessa Redgrave, Gemma Arterton, Christopher Eccleston. 93’.


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