Una mujer se escabulle en el baño, con una copa de vino en la mano, buscando escapar del tedio y el agotamiento de la vida pública y social. El color rojo del camisón que lleva puesto la sitúa en el lugar de una mujer que encarna la pasión, en su doble sentido de quien es arrastrada por un fuerte sentimiento que no puede controlar, como de quien padece. Se trata de Clara Mains (Paola Barrientos), quien se encuentra en México junto a su esposo Francisco (Marcelo Subiotto) y sus dos hijos pre-adolescentes, para recibir un prestigioso premio de Literatura e Ilustración Infantil. Su esposo (que es también su manager) la contiene con ternura para que pueda realizar ese último esfuerzo, antes de retirarse a la casa en el delta, de regreso al lugar donde transcurrió su infancia, para descansar y volver a trabajar en lo que ama, la creación de libros infantiles. Este es el contexto que da comienzo a La afinadora de árboles (2019), tercer largometraje de ficción de la realizadora argentina Natalia Smirnoff.

No sólo la exposición pública abruma a Clara, también su rol de madre. Violeta ha tenido su primera menstruación y se siente incómoda y molesta con su nueva situación (que implica abandonar la niñez para comenzar a adolecer), a la par que comienza sus primeros acercamientos amorosos con el sexo opuesto. Lisandro no come mucho y a Clara le preocupa que esto se refleje en su salud. Además, tiene que lidiar con Roberta, la editora de una firma internacional pronta a publicar su próximo libro, quien le demanda un final más claro y con un mensaje más didáctico. Clara se instala en su nuevo hogar pero nada parece funcionar satisfactoriamente. Atraviesa un momento de estancamiento tanto en su creatividad como en su matrimonio.

Durante su proceso creativo, Clara dibuja, pinta y lee en voz alta el material al que intenta darle forma; duda y recompagina ajustando sonidos e imágenes. Aquí la directora emplea fragmentos de animación, dando vida a aquello que Clara está componiendo. Este es el punto donde el título cobra uno de sus sentidos. Clara pule su trabajo, lo calibra hasta que alcance el equilibrio preciso y armónico, como cuando se afina un instrumento. Pero aquí se trata de lápices y hojas, ambos productos derivados del árbol. El trompo que Francisco le regala a su hijo traduce visualmente esta idea de armonía y precisión en el acto estético. 

La vuelta al barrio reencuentra a Clara con Ariel (Diego Cremonesi), un viejo novio de juventud. Ariel es carnicero, encarna entonces al hombre que, como su oficio lo indica, sabe de carnes. Es el hombre ligado a lo físico más que al mundo ilustrado y a la inteligencia que expresa su esposo Francisco. El hombre de negocios, que le ofrece un buen pasar económico, el socio y padre de familia aburguesado, con quien lleva 15 años de casada; se contrapone al hombre del deseo, sencillo, soltero y atractivo. ¿Cederá Clara a los encantos seductores de Ariel?

Los primeros planos y planos medios frontales sobre Clara que predominan en la película, siempre con cámara errática, apuntan a que el espectador se identifique con ella y que vivencie la crisis personal y creativa que transita, coincidentes con su etapa cronológica de mediana edad. Su paseo, adentrándose en el bosque, da cuenta de la idea de perderse en la espesura de esos caminos, para volver a reencontrarse como mujer y como escritora. Feminidad y escritura se tocan en tanto la creación artística poética, al despegarse de los sentidos comunes establecidos, se liga al goce femenino entendido más allá del falo, de la marca significante que es centro y ordena el mundo subjetivo. Para Clara se trata de reencontrar ese salvajismo al que se refiere Ariel cuando la describe en su juventud, que quedó tapado por la esposa, la madre y la artista reconocida. Se trata de volver a toparse con la libertad de ser ella misma, más que aquella que es moldeada por su esposo y por su editora. 

Francisco en tanto hombre es capaz de ternura pero hace de su esposa una prenda de orgullo en la cual sostener su narcisismo y su virilidad. Clara es la mujer a quien reviste con su prestigio de escritora, con la vestimenta que le regala como atributos vinculados a su condición erótica. En tanto tiene valor fálico para él, Clara es un objeto de su patrimonio que trata de retener, recuperar y  localizar. De allí que salga a buscarla si toma un descanso para despejarse o que le pregunte dónde estaba cuando llega al hogar más temprano y constata su ausencia. Esto comienza a producir desencuentros y discusiones entre ellos. A Francisco le irritan los espacios de libertad que Clara necesita y que no se ajustan a sus condiciones de mujer de hogar, que el hecho de que Clara trabaje desde la casa asegura para él. Las lágrimas en los rostros de Clara y Francisco dicen todo, hay un quiebre insalvable.

Clara visita el comedor para niños y adolescentes de la parroquia del padre Carlos (Matías Scarvaci), el hermano de Ariel, con quien vivió cierta atracción no consumada. No sabe por qué razón comienza a frecuentarlo y a ayudar con los preparativos. Carlos le dice: “A veces es bueno dejarse llevar, algo bueno siempre trae.” Su vida anterior como esposa, madre y artista famosa comienza a tambalear, el arrebato de encontrarse en un lugar sin explicaciones razonables marca un primer acercamiento a lo femenino, habida cuentas de que la mujer justamente no es la esposa ni la madre. El contacto con los primeros amores, con los niños del comedor, con la naturaleza, con los sonidos de los tubos para alinear los chakras, se traducen para Clara en un nuevo impulso creativo. “El catador de sillas” es impuesto por otros, por ello, Clara no lo siente y no puede darle vida. La vibración de las notas musicales en el cuerpo dan cuenta del goce femenino, precisamente por estar por fuera de la significación y por tratarse de una experiencia que se siente en el cuerpo, pero que no puede expresarse en palabras. Ahora sí Clara puede conectar o calibrar afinadamente ese sentir propio con la historia de «Los afinadores de árboles» como invención poética que trata de dar cuenta de ese sentir.

El violeta del vestido que Clara luce al final, da cuenta de una mujer transformada: libre, deseante y rebosante de alegría. Atrás queda la Clara tensa y rutinaria; aquella que no era autentica porque se amoldaba a los papeles que impone la cultura a la mujer, a los deseos de su esposo y a la oscura voluntad de rentabilidad del mercado editorial. Clara encuentra una nueva versión de sí misma, más afinada con su feminidad. He aquí el segundo sentido del título de la película. La afinadora de árboles es aquella que, con su canto, convoca y atrae para hacer cierta transmisión de la experiencia de lo femenino. La creación artística deviene entonces producto de un proceso colectivo donde se imprimen los trazos de experiencias múltiples. En psicología, el árbol es la representación de los aspectos inconscientes de uno mismo. Afinar el árbol daría cuenta de estar en sintonía con los aspectos más profundos de nosotros, con la alteridad que nos habita. El trazo lúdico y gozante que escribe Clara en el papel puede entonces resonar en los lectores para que sus árboles interiores estén afinados a su singularidad en el canto que producen. Es interesante la transmutación que se da en la escritura de Clara. «El catador» se ligaba a la demanda oral para con su hijo: “¡Comeme!”; mientras que «La afinadora» se vincula a la pulsión invocante, a la resonancia de la lengua en al cuerpo. Y este cambio en su nominación, refleja la mutación de su posición subjetiva.

La afinadora de árboles es una película que se emparenta con Dolor y gloria (Almodóvar, 2019). Si en esta última, Salvador es un alterego del director y tanto la fama conseguida como el dolor físico, aplastaban toda posibilidad de crear algo nuevo, aquí Clara puede pensarse también como alterego de la directora, cuya pregunta es cómo continuar produciendo con pasión cuando se debe lidiar con el rol de esposa, de madre y cuando ya se obtuvo la consagración. En ambos casos, es la vuelta al pasado, a la gloria de la marca del deseo, lo que a ambos personajes les permite encontrar el empuje para inventar algo nuevo.

En La afinadora de árboles, aliada con las sólidas interpretaciones de los protagonistas y sus acertadas decisiones estéticas, Natalia Smirnoff logra dotar de vida y de belleza al viaje interior de una mujer valiente que rompe las cadenas que la ataban a las demandas de los otros para reconquistar la libertad de su propia singularidad y desde allí producir un nuevo lazo social.

Calificación: 8/10

La afinadora de árboles (Argentina/México, 2019). Guion y dirección: Natalia Smirnoff. Fotografía: Fernando Lockett. Montaje: Valeria Racciopi. Elenco: Paola Barrientos, Marcelo Subiotto, Diego Cremonessi, Matías Scarvaci. Duración: 101 minutos.


Si te gustó lo que acabás de leer podés ayudarnos a seguir generando material

invitándonos un cafecito cafecito-logo