dirkdigglercartelLos cortos de Anderson, por Santiago Martínez Cartier.

The Dirk Diggler Story (1988) es la primera película conocida de la carrera de Paul Thomas Anderson; este simpático corto de poco más de media hora se vale del mockumentary como género (pocos años después del estallido de This is Spinal Tap) para narrar la vida del hombre del que hereda el título, una estrella porno basada en la figura de John Holmes alrededor de la que Anderson, años más tarde, construiría su segunda película, que lo consagraría como uno de los grandes autores contemporáneos: Boogie Nights. A diferencia de la película, el corto no pone el foco directamente en la relación entre actor y director (Burt Reynolds en el largo) como constitutiva del relato y la personalidad del protagonista, sino entre éste y su pareja homosexual (y también actor porno) Reed Rothchild, personaje que no trascendió a la pantalla grande. Además, en esta versión Diggler se lanza (y triunfa) como cantautor y fracasa como actor de tiras televisivas. Al volver al porno, la cosa no termina del todo bien. Por fortuna, Anderson le dio una chance de redención a su primer personaje protagónico, y el resultado es sumamente disfrutable.

86605-cigarettes-coffee-0-230-0-341-cropCigarettes & Coffee (1993), que nada tiene que ver con la de Jarmusch de nombre extremadamente similar, fue la película cuyo rodaje Anderson considera su verdadera formación académica. Filmada con una cámara prestada, un guión de hierro y dinero que el director había ganado apostando, la tarjeta de crédito de su novia y diez mil dólares que el padre había ahorrado para que su hijo fuera a la universidad como presupuesto, Anderson orquestó una historia de vidas cruzadas, en la cual lo que conecta a todos los personajes es un billete de 20 dólares que va pasando de mano en mano. Como siempre, las personas sólo pululan alrededor del dinero y de otras personas, y no mucho más, pero Anderson, en plan vonneguteano, se basa en las deliciosas ironías y coincidencias de la vida para construir una red igual de trágica que cómica. Conciente de sus contemporáneos, Anderson adopta por momentos tonos de Linklater y por otros de Tarantino (hasta hay una trunk shot incluida), pero siempre con una sutileza suprema a la hora de elegir los encuadres y gran conciencia del movimiento para esos largos paneos que acompañan con gracia el movimiento de los personajes, y transportan al espectador hacia otros nuevos. En consonancia con sus primeros largos, Cigarettes & Coffee también se apoya más en los diálogos que en la imagen, cosa que con el devenir de las películas se revertiría.

Flagpole Special (1998) es la famosa película perdida de Paul Thomas Anderson. Sólo se proyectó dos veces; una fue una función de prensa donde se sabe que hubo problemas técnicos con el sonido, y otra fue en el festival hipster RETinevitable 1 en la Nueva York de fines de los noventa, debajo del puente de Brooklyn, donde otros directores emergentes, como Spike Jonze, Atom Egoyan, Sofia Coppola y Harmony Korine, proyectaron sus cortos. La película había sido hecho por encargo de Adam Levite, director y diseñador, y (según dicen los pocos que la vieron) consistía en una conversación entre dos hombres desalineados (John C. Reilly y Chris Penn) sobre la filosofía de “seducir y destruir”, lo que luego sería la base ideológica para el personaje de Frank «TJ» Mackey (Tom Cruise) en Magnolia. Anderson también dirigió otro fragmento fílmico perdido, Demo Jail (2006), como colaboración para The Showbiz Show junto a David Spade (uno de los amigotes de Sandler), el cual va sobre un hombre intentando que Spade escuche el demo de su banda. Por cuestión de derechos de autor, el corto está desparecido del mundo virtual, por lo menos hasta nuevo aviso.

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PTA’s SNL FANatic (2000) fue la única colaboración de Anderson con la gente de Saturday Night Live, programa del cual el director es un fan confeso, en la cual se parodia a un antiguo reality show de MTV que consistía en  darle la chance a cualquier Juan Pérez de conocer a su estrella de Hollywood favorita. En esta versión, Ben Affleck (comprobando una vez más que cuando hace de boludo brilla más que nunca) es un nerd-creep con aparatos que vive solo y marginado y su único sueño es conocer a Anna Nicole Smith, y pedirle que sea su madre… Delicioso.

Couch (2002), filmado durante el rodaje de Punch-Drunk Love, narra en tres minutos la historia de un hombre (un exagerado Adam Sandler) que va a comprar un sillón. Filmado en blanco y negro y con el slapstick como marco (oscilando entre la expresividad facial de Chaplin y la corporalidad de Keaton), este divertido chiche fílmico dirige la trama a percances inesperados y se ríe al hacerlo.

Blossoms & Blood (2002), usualmente confundido por cortometraje, es un compilado de escenas que fueron recortadas de Punch-Drunk Love antes del corte final (en el afán de Anderson de que su película durase noventa minutos exactos), unidas por música de su siempre fiel Jon Brion. Transiciones psicodélicas, planos secuencia a través de pasillos y la realidad fundiéndose en caleidoscopios de amor. Un pequeño viaje para todo aquel que se quedó con ganas de más después de la película.

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r7iGZmaeWRxy3q4U3XoLycbyVPBHard Eight, por Andrés Fevrier.

Plano abierto de un bar a la vera de la ruta. Un hombre se acerca caminando a la entrada. La cámara lo sigue desde atrás, a la altura de la cintura, y no vemos quién es salvo por el fugaz reflejo de su figura en el vidrio de la puerta. Sentado en el suelo hay otro hombre, con los brazos cruzados y la mirada perdida hacia el piso. “¿Querés una taza de café? ¿Un cigarrillo?”, le pregunta el primero. Entran, se sientan, charlan. Uno, el más viejo, parece destilar sabiduría en cada palabra; el otro, más joven, luce desahuciado. Dos años después ya son amigos, en una relación casi paternal. Averiguar por qué el viejo Sydney decidió invitar al joven John, que parece ser un extraño, es el motor de la trama de la película.

Hard Eight (1996), primer largometraje de Paul Thomas Anderson, es una expansión del mundo que había creado para su cortometraje Cigarettes & Coffee, pero bien podría ser una reversión no declarada de Bob le flambeur (1955), de Jean-Pierre Melville. Anderson reemplazó los bares nocturnos de París por los casinos de una Las Vegas sin glamour, pero Bob y Sydney son el mismo tipo de persona: apostadores que ven al juego como un azar que, con rigor personal, puede ser controlado antes de padecerlo como una adicción. Aunque sus finales -y, sobre todo, los de sus hijos adoptivos- serán muy distintos.

Vista hoy, con la ventaja que dan los casi 20 años transcurridos, es sencillo descubrir en Hard Eight casi todos los temas que luego atravesarían la obra de Anderson. Fundamentalmente dos: el azar y la búsqueda de redención. Incluso en sus momentos más oscuros la película se mueve con la fluidez de una Steadicam y se va desenvolviendo con la seguridad y la pulcritud de quien tiene claro qué está haciendo. Y se recuesta permanentemente en la extraordinaria actuación del gran Philip Baker Hall, en uno de sus escasos protagónicos. Su manera de caminar por las bochincheras salas de los casinos, la precisión con que maneja las palabras y las pausas (“No deberías hacer una pregunta como ésa a menos que conozcas la respuesta”), su mirada imperturbable a la que nada parece escapársele convierten a Sydney es uno de los grandes personajes del cine negro contemporáneo.

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Un par de datos finales, que no supe cómo encajar en el resto del texto. El título elegido por Anderson para Hard Eight era Sydney, pero los distribuidores decidieron cambiarlo; en Argentina se editó en VHS, sin pasar por los cines, como Vivir del azar. Además, la película tiene una curiosa conexión -que sólo puedo explicar a partir del azar- con otra pelícua, muy distinta pero también notable: Fuga de medianoche (1988). Allí el personaje de Philip Baker Hall se llama Sidney y también es un misterioso habitante de Las Vegas conectado con el submundo de la mafia.

Hard Eight (Sydney, EUA, 1996), de Paul Thomas Anderson, c/Philip Baker Hall, John C. Reilly, Gwyneth Paltrow, Samuel L. Jackson, 102′.


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