
Hace unos años en La intimidad (Andrés Perugini, 2017) se registraba el pasaje de la casa habitada por la abuela del director al vacío que sobrevino a su muerte y a la necesidad de organizar los objetos que habían quedado allí. En El polvo el procedimiento es similar, con la salvedad de que July Regina Romero no aparece registrada en la previa a su muerte. La ausencia de la fragilidad corporal que se presume corolario de una enfermedad que no se nombra, pero se refiere indirectamente –la cantidad de cajas de medicamentos, la referencia al momento en que no podía mover las piernas- es un ejercicio de cierto pudor ante la desaparición física. Ese cuerpo que murió en el año 2016 –porque lo que sí está es la tarjeta del entierro- es apenas ahora, una referencia que aparece en fotos, entre la juventud todavía enmarcada en su identidad original y los años posteriores en los que el cuerpo asumió su cambio genérico.
Porque de eso se trata la película. No de documentar una vida, sino de encontrar la posibilidad de narrar algunos fragmentos de ella a partir de los objetos que quedaron en el departamento que habitaba. Las cajas y las bolsas en las que se van organizando esos objetos, entre lo que puede servir y lo que ya no –lo que ha vencido-, más que servir como parte de un orden, establecen una forma de recuperar la significación de las cosas en función de quien las utilizó en vida. Son en definitiva esos objetos los que cuentan de a retazos la vida de July: sirven como elementos que generan en quienes los miran, en quienes los encuentran entre la maraña de cosas, el recuerdo de la persona que no está.
Entre todos esos elementos –fotos, documentos, cuadernos, ropas- hay uno que tiene un peso y una densidad particular, en tanto el documental se apoya, de alguna manera en él para encontrar un hilo conductor. Es una grabación en video, de fecha imprecisa, de una representación de “La visita inoportuna”, la obra de Copi. Un doble propósito termina encontrándole a esa filmación. El primero, restablecer la imagen de July en movimiento, utilizarlo como registro posible –aun cuando pueda parecer mínimo- de su trabajo artístico. El segundo, trabajar el título y el personaje que encarna en la obra, como un signo que alude al destino de la persona detrás del personaje.
Es la hermana quien devela por primera vez ese significado para ponerlo en la vida de July. “La visita inoportuna es la muerte”, dice, para certificar que allí hay una irrupción inesperada. En la obra, July interpreta al personaje de Regina Mortis (“la reina de la muerte”), como si se tratara de una premonición que pronto la alcanzará. Pero también la visita inoportuna es la que los familiares y amigos establecen sobre la vivienda de July: si una visita –la de la muerte- provoca la otra –la de los amigos y familiares-, el sentido inoportuno se prolonga porque ambas terminan signadas por el mismo elemento, la desaparición física.
El polvo se revela entonces como un proceso doble. El del recuerdo que van enhebrando quienes participan de esa especie de ritual que se produce sobre los objetos. Y también, sobre todo, el del vaciamiento. La casa va perdiendo lentamente su fisonomía, los elementos que identificaban a su morador, aun cuando algunos de ellos parecen resistirse a partir de allí. Primero son los objetos más pequeños, luego los muebles quienes van dejando su espacio sin que sepamos qué se hará de ellos (¿habrán ido a dar al Museo del teatro como se dice en algún momento o su destino habrá sido la calle?). Las habitaciones, las paredes, los pisos, comienzan a desnudarse. Exhiben las marcas de los tiempos de July que habían quedado tapadas. Como si se tratara de una señal aún mayor, como si el quitar lo interior implicara arrancarle parte de la piel, las paredes empiezan a descascararse, los techos exhiben casi con impudicia, los huecos de una ruptura.
Lo notable que consigue Torchinsky es registrar ese proceso doble como una ceremonia casi anónima. Lo que las voces parecen colocar en su lugar –allí aparecen nombres, relaciones, parentescos-, las imágenes desacomodan, en tanto se permiten tomar distancia de los cuerpos que profieren esas frases. Un procedimiento similar al de los recuerdos sobre July: si la construcción se vuelve indirecta en uno, se mantendrá de la misma manera en la forma en que opera la imagen. Vemos los cuerpos de esas personas que emprenden la tarea de juntar, remover y recordar, de llenar la historia y de vaciar la casa, pero no identificamos a quiénes pertenecen. La cámara elude las caras, prefiere tomar de espaldas, desde un perfil que no permite siquiera adivinar los rasgos, y cuando no puede evitarlo recurre a la oscuridad que difumina los rostros. Ellos, a fin de cuentas, no son más que fantasmas que se ocupan de otro fantasma. La única diferencia está en que ese del que se ocupan ya no puede ser un cuerpo presente.
El polvo (Argentina, 2023). Guion y dirección: Nicolás Torchinsky. Fotografía: Baltasar Torcasso. Duración: 73 minutos.
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