21056813_20131112100938106Todo parecía sencillo. Sólo se trataba de ver la última película de la Semana de Cine Turco, Para toda la vida (Hayatboyu, 2013) de Asli Özge, y escribir un texto sobre ella. Sin embargo, ese texto sería atravesado por al menos tres circunstancias que determinarían que el eje del escrito se tornara errático, ya que lo sucedido antes –durante y después de la proyección de la película- se adscribiría mejor a la crónica de índole sociológica con un ingrediente policial significativo.

Empecemos por la película. Una pareja: Ela y Can, ella y él, una artista plástica y diseñadora prestigiosa y un arquitecto exitoso, cursan los cincuenta años. Alrededor de ellos deambula una hija intermitente. La opacidad en el vínculo les da a ambos una tonalidad ceniza en contraste con la iluminación brillante del hábitat, pulcro y simétrico, más pensado como un decorado, una instalación, que como un hogar. Ela frecuenta habituales muestras propias y de colegas tratando de dinamizar una existencia sin sensaciones; tampoco existe una búsqueda de emociones fuertes que reemplacen la carencia afectiva. Un improbable atisbo de adulterio por parte de Can, a partir de una escucha telefónica, apenas logra sacudir de momento la noia de la pareja. Él frecuenta gimnasios con una apelación tácita a convertirse en metrosexual; en ocasiones visita algunas obras en construcción, o en reconstrucción: una secuencia en travelling lo muestra caminando frente a escombros que dan cuenta del último y devastador terremoto que asoló Turquía (en muchas de las últimas películas turcas hay alguna imagen o secuencia que da testimonio de  la catástrofe).

En contraste, la acción se desarrolla en una Estambul glam que es de nula o relativa aparición en otras obras. La lasitud de los protagonistas está subrayada por planos extendidos que pueden resultar tediosos pero son funcionales a lo que ahí ocurre… porque, en realidad, no ocurre nada. La película tiene una indudable filiación sanguínea con el cine de los 60: Godard, Antonioni, Piccoli, Vitti, Ronet o Moreau. Esto no invalida la seriedad de la puesta en escena ni el pulso firme con el que Asli Özge conduce a sus actores. Si bien la película se construye sobre una temática y un tratamiento formal no frecuentados en el cine actual, la incomunicación como tal sigue aún vigente o se despliega en la virtualidad tecnológica.

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El  título de la película, “Hayatboyu” (Para toda la vida), es casi de una irónica ambigüedad, dado que la convivencia de esos dos seres parece ser una condena, perpetua.

Quizás el relato que sigue, la crónica ya aludida, aportó a esa noche singular una vibración visceral, por cierto ausente en la película, y que nos ubica una vez más en el legendario tema de la mutua imbricación ficción-realidad.

Llegué a la sala del Gaumont-Espacio INCAA, sobre el horario fijado y me encontré (sorpresa agradable) con un pandemónium: hall, escalera, larga fila en la vereda de un público integrado por fervorosos integrantes de la colectividad turca y una nube de abejorros zumbantes: los chicos cinéfilos que palpitaban un clima pre-BAFICI, que comenzaba al día siguiente. Sobre el vidrio de la boletería, el desolador cartel: “Localidades agotadas”.

El guardián del acceso a la sala no me permitió entrar a pesar de haber exhibido mi credencial; insistí y me dijo que hablara con los chicos de la Embajada que hacían de anfitriones. Eso hice: encaré a uno de ellos, amabilísimo, y le expliqué mi situación al referir que estaba cubriendo la semana de cine para un medio especializado; sin demora extraje de mi bolso el ejemplar, aún tibio, de Hacerse la Crítica, se lo ofrecí, lo observó con interés y, al toque, con gesto decidido se quitó la credencial que colgaba de su cuello y la colgó del mío: ¡me sentí ungido!

Ya con aire triunfante, encaré al guardián que me espetó: “al final chapeaste, flaco, pasá”, no le contesté una palabra, entré, y sólo pude ubicarme en la segunda fila; la sala estaba repleta. Yo estaba feliz, lo que iba a ver había pasado a un segundo plano. O eso creí.

CINE GAUMONT

La proyección se demoraba, saludé a algunos amigos y observé que, en el estrecho espacio que hace las veces de escenario, había varias sillas y a cada lado instrumentos musicales típicos. Siguieron largos minutos de espera y un público cada vez más impaciente, hasta la aparición de un joven músico que, en un castellano dudoso, anunció que habría un mini-concierto de música tradicional. Entonces aparecieron los integrantes de la banda, entre ellos una chica, que sin duda era la  cantante.

La música, si bien algo exótica para quienes tenemos otra impronta cultural, fue entrando en un crescendo que contagió a toda la sala y al rato yo también me encontraba batiendo palmas. Las canciones de un folclore estilizado llegaron a un punto en que el pedido de bises parecía interminable. La guturalidad de la cantante y la vibración de los cuerpos e instrumentos de los músicos adquirían un contenido ritual. La presentación culminó con una frenética y sensual danza a cargo de la cantante que llevó la atmósfera a punto de ebullición. Los aplausos, gritos y silbidos eran atronadores. Yo sólo fui a ver una película…

Por fin empezó la proyección, alguna falla técnica la suspendió durante algunos minutos originando silbidos furtivos. Uno de los anfitriones pidió disculpas y la proyección se reanudó, aunque continuaban los problemas de sonido. La película se proyectaba en soporte digital y ocurrió algo curioso: el sonido ambiental se percibía con normalidad, pero las voces de los personajes eran inaudibles. El público reanudó la protesta, pero en forma gradual se fue resignando o acostumbrando a la ausencia de voz de los actores. Por cierto, las expresiones desganadas de los personajes eran suficientes, la ausencia de sus voces parecía natural. La gente siguió las alternativas en silencio, se despreocupó de la falta auditiva de los diálogos arreglándoselas con el subtitulado. Algunos pocos se retiraron.

hayatboyu

Finalizada la proyección y ya en el hall, se instaló la polémica: ¿la ausencia de las voces era un recurso funcional de la dirección en tanto esa pareja no tenía ya diálogo alguno entre si o era una falla técnica? La lógica calmó los ánimos: ¿cómo se hubiera proyectado la película en Turquía sin voces ni subtítulos? Finalmente se aclaró: una falla en el proyector (soporte DVD) inutilizó el canal de las voces.

En una atmósfera energizada por la música, el síndrome pre-BAFICI y los avatares técnicos, me encontré con amigos en medio de esa marea excitante y a la vez gratificante para los cinéfilos.

Ya no éramos espectadores pasivos, éramos protagonistas en clave de magia, y así obligamos a los responsables de la película a darle otro desarrollo y otro final a la trama. No había cámara, nuestros ojos eran la lente. No los vimos, pero es probable que Ela y Can estuvieran bailando en la sala o teniendo sexo en algún rincón del Gaumont. Eso sí, no íbamos a figurar en los créditos, detalle menor en relación a lo vivido: un bonus track fascinante.

Con mis amigos decidimos ir a algún lugar, en esa noche había varios motivos para celebrar. Nos abrimos paso hasta llegar a la calle mientras la gente seguía hablando encendida.

la_foto__51__GaleriaInstalados en la mesa de un local próximo, mis amigos y yo hablábamos a coro sin escucharnos, tal era el entusiasmo.

Ese amable cotilleo fue interrumpido por dos sonidos secos provenientes de las mesas instaladas en la vereda, mientras nosotros nos encontrábamos en el interior. Dejamos la mesa para ver qué pasaba; después de las estampidas se sucedieron gritos, roturas de botellas, mesas y sillas volcadas. Nos acercamos y vimos que el problema se había generado en una mesa ocupada por los chicos turcos de la orquesta; pudimos saber que un joven de vestimenta impecable había increpado a los músicos que plácidamente bebían sus cervezas, gritándoles consignas del Che, reprochando sus actitudes burguesas. Uno de los músicos resultó herido en la cabeza. La policía llegó con una rapidez inusual, redujo y esposó al chico que seguía con sus proclamas. Luego vino el SAME y atendió al músico –la herida no revistió gravedad- mientras, a su lado, lo asistía la cantante del grupo: sin maquillaje y sin luces resultó despojada de la sensualidad y la magia explosiva que desplegó en el escenario.

Con mis amigos volvimos a ocupar la mesa, la polémica se instaló en forma espontánea: ¿la realidad invadiendo el cine, imponiendo sus códigos, o viceversa? Por supuesto, no concluimos nada. Ya las figuras de Ela y Can parecían esfumarse en la nostalgia sesentista. Decidimos brindar por “la pasión turca” de “la noche inolvidable”.

El rubí del malbec bailaba en las copas.

Para toda la vida (Hayatboyu, Alemania/Holanda/Turquía, 2013), de Asli Özge, c/Defne Halman, Hakan Çimenzer, Gizem Akman, Onur Dikmen, 102′.


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