Patricio Guzmán vive su Chile natal desde la lejanía y esta distancia le aporta inmensidad a su memoria, espesura, amplitud. Con 79 años y tras haber materializado su memoria en más de veinte documentales desde la mítica trilogía La batalla de Chile en 1972, y después de recibir cantidad de premios por todo el mundo y obtener el reconocimiento mundial como uno de los documentalistas más importantes de la historia del cine, nos trae un botón.

De documentalista a costurero, Guzmán se puso a coser botones y lo hizo con una hebra hecha de historia, de agua y cuerpos. El botón de nácar, más que un documental, es una insistencia. Guzmán persiste infatigablemente, desde el discurso estético del cine, en reescribir la historia de Chile y, en muchos aspectos, la de toda Latinoamérica. Nos encontramos ante un tejido minuciosamente bordado, que procura que la belleza sea eficazmente política. Los botones sueltos de la historia, sumergidos en aguas heladas, emergen con fuerza, con obstinación, para quedar finalmente cosidos, situados dentro de una determinada lógica política, económica y cultural, en fin, ideológica: la lógica del hombre blanco, del ángel exterminador.

Guzmán organiza su labor y dispone de las particularidades de los distintos dispositivos de imágenes para crear metáforas y construir sentidos. La fotografía acentúa el carácter de pasado de las imágenes, por lo estática y por su unicidad -las fotos no forman parte de una sucesión de imágenes como los fotogramas-; en blanco y negro se despliegan aquí para mostrar a los indios quietos, congelados, inmovilizados, como su vida, allí en el pasado lejano, cuando mutaron en objetos y en animales peligrosos, según quienes escribieron precisamente la Historia.[1]

Mientras que el dispositivo «cine», con la ilusión de movimiento, construye la sensación de un presente constante, de un acontecer actual. Y así, en plena acción, vemos a los colonizadores blancos, vitales, sujetos plenos, llevando a cabo su contienda que justamente todavía continúa en un ahora permanente. Sin embargo, hay dos imágenes en movimiento de los indios navegando en su canoa sobre el agua. La primera es intensamente poética; técnicamente son dos filmaciones superpuestas, por un lado el mar, por el otro la canoa con los indios. Una montada sobre la otra parecieran lograr la comunión separada por el exterminio, deberían permanecer juntas pero según nos cuenta Martín G. Calderón -miembro de la comunidad yagán en la Isla Navarino-, descendiente de estos navegantes, “la Armada se puso difícil, hoy es imposible navegar las aguas con nuestras pequeñas canoas. Parece que nos cuidan pero no, creo que no”, asegura con una duda que invita a la ironía.

¿Esos navegantes ancestrales deberán conformarse con permanecer como espíritus sobre el agua? Al menos Guzmán actualiza aquella imagen en la segunda, también en movimiento, y los trae al presente, lo hace para clausurar la película, como un remedo histórico. Vemos remar en su canoa a quien fuera Gabriela Paterito -descendiente del pueblo kawésqar- de niña, al tiempo que escuchamos su voz actual relatando aquella travesía infantil. La representación va terminando, la artista plástica enrolla su Chile de papel para guardarlo. Solo lo hace con la parte continental, como si esta porción de tierra tuviera que replegarse para entrar en su caja que anuncia frágil en letras rojas. Como si esta parte de Chile necesitara del repliegue, del mirarse para adentro para que, una vez fuerte, cuando haya por fin cosido sus botones sueltos, pueda salir al encuentro de su parte húmeda. 

El botón de nácar es un entramado laborioso que, a fuerza de zurcidos y remiendos, Guzmán va reparando en ese telar angosto y larguísimo llamado Chile, con la inmensidad marina de un lado, la sublime cordillera del otro, y en el medio la historia agujereada de un pueblo. 

Se trata de una insistencia, decíamos, con una fuerza discursiva tan potente como la adherencia del botón al riel, que tras haber resistido una sumersión de décadas, las sacudidas y toqueteos del rescate, se aferra obstinadamente para contarnos la historia que Guzmán cosió una vez más. Pero esta vez la última puntada tiene el sonido de la canoa que se hamaca sobre el agua, mientras la voz de Gabriela y su relato en kawésqar nos cuenta sus recuerdos intactos sobre la memoria que guarda el agua.


[1]          No coincido con la interpretación de María Guadalupe Arenillas, quien plantea que de esta forma Guzmán representa a los pueblos originarios como “objetos” de un relato nostálgico. No estamos ante un paper antropo-sociológico, sino ante un relato audiovisual con fuerte protagonismo de la función poética. Lo veo más bien como una precisa y eficaz estrategia discursiva. https://revista.cinedocumental.com.ar/indigenas-de-la-patagonia-austral-en-el-cine-documental-chileno-de-objetos-a-sujetos-de-derecho/

El botón de nácar (Chile/Francia/España/Suiza, 2015). Guion y dirección: Patricio Guzmán. Fotografía: Katell Djian. Montaje: Patricio Guzmán, Emmanuelle Joly. Duración: 82 minutos. Disponible en YouTube (link a continuación).


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