Rapado PosterAlgo sobre Rapado (y una breve inclusión feroz). La morosidad consciente y molesta, pero leve. Las actuaciones no naturalistas (un no-actor que no representa su papel, pero que tampoco hace de sí mismo y se “anula” frente a otro actor que exagera su “pesadez”, para generar ningún conflicto). Pocos diálogos, nada explícitos; ningún discurso aleccionador, alguno que otro artificial pero no literario; artificial: de artificio. Una distracción de la cámara, una distracción de los personajes. Una historia banal. Detrás de esa nada hay precisamente eso: nada. Dicho todo esto sin ironía ni afán demoledor. Tampoco como elogio de la nadería. Es, en todo caso, un enfoque para abordar el retrato generacional que consigue la opera prima de Martín Rejtman, Rapado. Datos para una antropología urbana: algunos adolescentes porteños actuales no tienen necesidad de explicarse a sí mismos ni a los otros. Son y parece bastarles con eso (aunque no les baste) pero acaso tampoco les importe mucho. Los personajes de Rejtman (y hablo de personajes, no de puesta en escena, ni de intenciones, que se entienda bien) son como una cruza de los Jarmusch y los Antonioni versión teenager. Como los del norteamericano, poseen la abulia y el deambular sin saber demasiado para qu{e porque el mundo es todo igual. Se diferencian de ellos en que no tienen la capacida de darle un poco de calor al universo helado en que se mueven. De los de Antonioni conservan el profundo aburrimiento. Pero los 60 están lejos y no leen a Kierkegaard ni a Sartre. No saben que deberían angustiarse; sólo se aburren en Buenos Aires. El humor surge pese a ellos; no los toca, apenas los roza el ridículo de las situaciones. Es un humor triste, leve, distraído. Es difícil precisar a qué público puede gustarle Rapado (más allá de los snobs que correrán adonde sea que cante el minigallo –gallo del  minimalismo-). Los adultos quedarán afuera, los adolescentes prefieren verse levemente heroicos, en una vuelta al retrato sesentista del joven como transgresor (versión pasteurizada de Tanguito en Tango feroz). Muchos no se reconocerán en estos lacónicos “marcianos” de videogames, que viven con sus familias con las que apenas cruzan palabra, encerrándose en su único bunker resistente: sus cuartos. Otros no querrán reconocerse. Pero es paradójico pensar que hay más verdad en estos adolescentes clase-media-fin-de-siglo-desganado bajo esa mirada distraída, leve (y un poco aburrida, por qué negarlo) de Rejtman que la pretendida resistencia-con-mensaje de esos rockeros correctísimos inspirado en la leyenda de Tanguito, que aparecen en la película de Piñeyro diciendo frases de Aída Bortnik. Vuelvo a insistir; hablo de personajes (ni siquiera de actores ya que los chicos de Piñeyro se laburan la vida luchando contra parlamentos de una obviedad apabullante y generalmente ganan). Hablo de encontrar un aire de época, un tono y un lugar. Mientras la mayoría de la gente huía despavorida frente a Rapado, yo recordaba los aplausos fervorosos de Tango feroz. No, la película de Rejtman dista mucho de ser una maravilla, pero no trata de venderme anda como una extensión de la publicidad hecha cine. Me deja decidir si comprar o no, sin apelar a mis buenos sentimientos. Y ya es bastante.

Tango-corte-pelo

Publicado en El Amante Nro. 15, Mayo 1993.

Foto de Martín Rejtman: Daniel Baca.


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