Poster-Borrando-Papá-2014Vale diferenciar dos clases (aunque uno podría mencionar infinitas clasificaciones) de películas “revulsivas”: las que causan escándalos argumentados luego de ser vistas, y las que generan trifulcas aún antes de esa instancia. Cuando la polémica presenta la segunda característica, no está de más sospechar de que lo netamente cinematográfico ha sufrido en detrimento del mercadeo banal.

Borrando a papá comienza con el testimonio de un hombre narrando sus problemas personales, relato que termina interrumpido por un llanto quebrado. Ése es el carácter a adoptar por el documental: patético en el sentido retórico de la palabra (Pathos), es decir que apela a las emociones melancólicas para generar empatía y así conseguir la complicidad del espectador en referencia a lo mostrado. Claro está que, desde la elección del tema, lo conmovedor es casi inevitable. Partiendo de esa base, la esperanza de un informe  ecuánime sobre los vaivenes de la justicia y el sistema penal en relación a casos familiares –y, por qué no, de los otros- carece de todo argumento. En ese sentido, el título bien vaticina el punto de vista privilegiado: el de los padres. Demonizar a las madres (todas ellas), y victimizar a los padres (todos ellos), cuando en realidad cada caso es particular, evidencia, por ende, que abarcar el “todo” es un recorte que poco se puede respetar como elemento para una denuncia efectiva sin que quede tiznado por la tendenciosidad.

La película recurre a testimonios pertenecientes a directivos de diferentes organismos, tales como el INADI,  la AFAMSE (Asociación de Familiares Separados), la APADESHI (Asociación de Padres Alejados de sus Hijos), la Oficina de violencia doméstica, Padres del obelisco, así como también a declaraciones de psicólogos e investigadores del CONICET y varios abogados penalistas, para exponer la forma en que los organismos de justicia y sus representantes se mantienen negligentes ante las denuncias masculinas referidas tanto a la violencia femenina como al incumplimiento del régimen de visitas. El documental se propone asumir el punto de vista de los padres, lo que termina generando recelo y resentimiento hacia las madres, en lugar de tomar el punto de vista de los hijos, quienes son las principales víctimas, sobre todo porque son los más indefensos. El hijo es la propiedad (sic) de la madre. Y conforme a esa cualidad de objeto es que se lo trata. Lo curioso es que la película, lejos de denunciar dicha actitud, la adopta como propia. De hecho, una de las psicólogas entrevistadas -la señora Ana Bruso, especialista en familias- resalta que los niños tienen que ir con los padres aún cuando no quieran: “¿Y cuándo te dice que no quiere ir a la escuela… qué hacés?  ¿Y cuando te dice que no se quiere poner una vacuna… qué hacés? ¿No lo obligás?”. La denuncia del documental es, ante la equidad de derechos de los progenitores en referencia a la tenencia de los hijos, algo que termina cayendo en una guerra de poder que se batalla en la psique de los chicos.

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Es recurrente en la película el pedido de igualdad ante la ley y la eliminación de prejuicios, pero el documental adopta esa misma postura: prejuzga, homogeniza conductas y condena. Es cierto que el término “violencia de género” remite generalmente a una agresión cuya víctima es una mujer y que, ante una denuncia, “todos son culpables hasta demostrar lo contrario”. Que las leyes son defectuosas es sabido, pero su ineficacia se aplica tanto para hombres como para mujeres. El documental pone énfasis en la facilidad con que una mujer puede acusar a su marido de violento, levantarle una denuncia y con ella impedirlo de ver a sus hijos- entre otras consecuencias-, pero ni siquiera nombra de manera fortuita o lejana, el hecho de que, a la inversa también es posible que un hombre levante falsas denuncias contra una mujer, por ejemplo. En ninguno de los dos casos se comprueban las acusaciones antes de levantar un acta. Es decir, la ineptitud institucional es de lo más “democrática”. Aparece, sí, un enfoque interesante que no termina de desarrollarse: el hecho de que la perpetuación del conflicto tiene como fundamento la ganancia de todos los agentes estatales involucrados, desde abogados hasta terapeutas de pareja.

El problema no es denunciar algo que, por lo general, escapa a los medios comunicacionales, sino que lo es el hecho de que esa denuncia se presente como la declaración de algo equitativo y justo en tanto es una acusación que se despliega sobre una totalidad ineludible. Es decir, el único universo que se muestra es el de hombres víctimas y mujeres victimarias. Como si ninguna otra relación fuera posible. Con esa impronta como estandarte, Borrando a papá no dilucida posibilidad conciliadora, no expresa una petición por poner fin a la violencia en general o a cambiar el sistema judicial que se muestra corrupto.

A fin de cuentas, la denuncia está más que bien en tanto representa una problemática real y comprobable, lo que falta es, o bien extender su recorte, o bien mostrarla como parte de un todo que es mucho más abarcativo, porque de otra manera se cae en el idéntico maniqueísmo que se está denunciando.

Borrando a papá (Argentina, 2014), de Ginger Gentile y Sandra Fernández Ferreira, ’78. Documental.


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