Battleship es una película ideal para tipos grandes que quieran sentirse chicos, pero sentirse chicos de la primera mitad del Siglo XX, por lo cual habría que tener al menos 70 años para disfrutarla plenamente. Esa es la edad que tienen los marineros del USS Missouri, un viejo acorazado que en la segunda mitad de la película adquiere importancia fundamental y, con él, la tripulación de antaño, compuesta por unos viejos que avanzan en formación heroica y cámara lenta con rock al mango. Ese momento es conmovedor, como lo son muchos de los clisés conservadores, entre los que se incluye el pedido de la mando de la hija del general por parte del protagonista. La película es tan prepotente y torpe como toda política estatal y corporativa fuerte, con el riesgo de volverse tan imperialista y asesina como lo es la de los EE.UU. o cualquier otra potencia. También es cierto que conmueve con un relato simple e incluso grosero, que es el de la toma de conciencia de sí mismo por parte de un hombre. Así que aquí va otra historia más de crecimiento con primeros planos bestiales, en tanto obvios, dotados incluso de un sentido del humor que roza lo políticamente incorrecto por inconsciencia reaccionaria, especialmente en el caso del soldado negro lisiado. Resulta simpático notar que hasta la fuerza enemiga es vista con esa simpatía -o, más que simpatía, camaradería- propia de los que se reconocen en el enemigo justo antes de matarlo. Película para disfrutar con la sublimación del militarismo y ese orden mítico fuerte, viril, ideal que promete su imaginario heroico, diluido con licencias progresistas que lo vuelven todavía más simpático por aparecer como concesiones apenas disimuladas a la democracia de los mercados.


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