Elegir el título de una obra, sea cual sea, no es –no debería ser- azaroso ni ingenuo. El título direcciona la mirada sobre la obra, condiciona su posible eje, establece un vínculo con el contenido, que puede oscilar entre la seriedad más estricta y la ironía extrema. El título, en fin, no es un continente vacío: tiene un valor y un sentido, dice –o pretende decir- algo sobre lo que vemos, lo haga desde el laconismo o el cripticismo.

El título del documental sobre Aníbal Di Santi, ex boxeador con pasado de fondista en el Luna Park entre los 40 y los 50, hace alusión a un texto de un libro sobre historias del box. El texto se llama “Una muerte injusta” y es un relato de la pelea que disputó Di Santi en Bahía Blanca contra un boxeador italiano joven e inexperto, que terminó muriendo por una conmoción cerebral producto de la golpiza recibida. El justo una muerte es una apuesta por la inversión, se diría que por la refutación de aquel texto, pero por sobre todo parece estar colocando a ese hecho en el centro de la vida –y el relato que se hará de ella- de Di Santi.

El problema es que el direccionamiento que privilegia una arista del relato por sobre otras, se desbalancea. La referencia aparece –velada, algo elusiva- en el comienzo (la voz que dice “Es el crimen perfecto: matar a alguien y ser absuelto, eso es lo que da el deporte”) y luego en el tramo final, cuando entre el relato en off del texto mencionado y el planteo que hace el hijo de Di Santi se establece la importancia del hecho. Di Santi, entre la conmoción por lo provocado en el otro y el temor a sufrir lo mismo, decide dejar el boxeo, al cual no vuelve ni siquiera como entrenador. Esa relación con la muerte aparece como una suerte de envés de la señalada por el personaje en el comienzo. Si, como dice, cree que un boxeador murió el día de su nacimiento y entonces ese espíritu encarnó en su cuerpo, la muerte del otro, la del joven italiano, parece funcionar como cierre. Como si el espíritu de aquel boxeador original lo hubiera abandonado para siempre, yéndose con el cuerpo de la muerte provocada involuntariamente.

El peso de esa muerte que se carga –el relato del hijo con el recuerdo de esa noche por Aníbal diciendo “Pobre muchacho” retoma la pertenencia del recuerdo, aunque asome providencialmente- se diluye en el resto del documental porque se elige un tono más cercano y familiar, menos investigador sobre el personaje y sus pliegues. Prefiere refugiarse en el relato liviano de las peleas del pasado y en aquella imprevista pelea con Gatica, pero sin animarse a explorar a fondo la idea del destino que lleva a la persona por cierto camino (destino en tanto si no hubiera surgido esa pelea imprevista, nunca hubiera llegado a ser boxeador profesional). Se prefiere abordar casi periodísticamente el origen del boxeo como expresión de clase, pero sin más que sugerir el cambio pronunciado en el componente clasista con el avance popular del deporte.

Una y otra perspectiva coinciden en alejarse del personaje, en tomar distancia para colocarse en la perspectiva del boxeo como actividad deportiva y no como parte central de la vida del personaje. Hay un hueco impreciso que no se explora entre ese momento en que el hombre decide dejar de boxear y sus consecuencias que llegan hasta el presente. Hay una sombra en ese final que se intuye, pero que no se indaga: a Aníbal no parece interesarle volver sobre ello y el documental no lo confronta ni arriesga una especulación. Entonces, la posible espesura del relato que se advierte en ese punto, se difumina. Se conforma con el recuerdo de los artesanos de Plaza Francia o del colectivero de la línea 17 a los que Aníbal les vendía café y les contaba, como si fuera un recuerdo ajeno, demasiado pasado, sus historias en el Luna y poco más que eso. Que la película elija el camino del reconocimiento amoroso y filial –la presencia del hijo de Di Santi es tan fuerte como la del padre, además de tener momentos en los que funciona como guía del relato-, no es cuestionable en sí misma. En todo caso, el reproche es que esa línea de desarrollo obtura profundizar motivos, circunstancias de aquello que el título pretende poner en el centro de la mirada. Ello lleva a la sensación que la película se queda a mitad de camino entre lo biográfico y ese planteo que envuelve las poderosas ideas de la muerte y el destino acechando sobre el cuerpo del personaje, perdiendo en ese territorio indefinido e impreciso, buena parte de su potencialidad.

Aníbal, justo una muerte (Argentina, 2019). Dirección: Meko Pura. Producción: Maria Victoria Malter Terrada. Elenco: Edgardo Nieva, Aníbal Disanti, Julio Disanti. Duración: 60 minutos.


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